Cada enero, los grandes bancos de inversión despliegan sus perspectivas anuales, y conviene leerlas con una ceja levantada: son, a la vez, análisis y carta de presentación comercial. La de Goldman Sachs para Asia en 2026, firmada por el equipo de Andrew Tilton, tiene sin embargo la virtud de organizarse en torno a una idea con fuerza explicativa real para entender la economía global de la próxima década. Esa idea es el "China Shock 2.0": la segunda gran sacudida que China inflige al mundo, esta vez no por su irrupción como fábrica barata —aquel fue el shock de los años 2000—, sino por su negativa a renunciar a esa condición a medida que sube en la cadena de valor. El informe es, en el fondo, un retrato de una Asia que ya no puede crecer copiando el manual de siempre.
Una región que aguantó el golpe, pero que cambia de motor
El punto de partida es relativamente optimista. Las mayores economías asiáticas resistieron bien en 2025 pese a los aranceles estadounidenses. La caída de los precios de los alimentos y la energía mejoró las rentas reales, las condiciones financieras se relajaron con los recortes de tipos, la política fiscal se aflojó y las exportaciones de Asia Oriental fueron potentes —Taiwán y, en menor medida, Corea en semiconductores; China continental en casi todo lo demás—. Sobre un telón de fondo de crecimiento global positivo, Goldman espera que ese éxito exportador continúe en 2026.
El problema, y de ahí el cambio de tono, es que la mayoría de las economías regionales tendrán que apoyarse más en sus motores internos, lo que eleva la presión por estímulos y reformas. Frente al consenso, la casa es más positiva en China continental, India, Taiwán y Australia/Nueva Zelanda, alineada en Japón y más cauta en partes del Sudeste Asiático —Tailandia e Indonesia—. Su escenario de mercado es constructivo: inflación benigna, algún recorte dispar de tipos en Corea y el Sudeste, y apreciación de las divisas regionales frente al dólar, con el renminbi en un lento goteo al alza que sirve de ancla.
China: el plan nuevo se parece mucho al viejo
El corazón del informe es China, y aquí Goldman es deliberadamente escéptico. Pekín lanza su decimoquinto plan quinquenal con problemas estructurales considerables pero también con renovada confianza en sus fortalezas. El más persistente es la vivienda: cinco años después de las "tres líneas rojas" y otras restricciones al endeudamiento de las promotoras, el sector sigue sin encontrar suelo. El ritmo de caída es ahora más gradual, pero un número pequeño y creciente de hogares está en patrimonio neto negativo —deben por su casa más de lo que vale— y los efectos sobre las finanzas locales y la inversión en infraestructuras continúan desplegándose.
Figura 1. La vivienda china replica la caída del ciclo inmobiliario estadounidense y la inversión se desacelera — Fuente: Haver Analytics y Goldman Sachs Global Investment Research.
El paralelismo del primer gráfico es revelador: la trayectoria de los inicios de vivienda en China desde su máximo de finales de 2020 calca casi punto por punto la del derrumbe inmobiliario estadounidense de 2006, salvo por el desplome puntual del confinamiento de 2020. Una manera elegante de sugerir que el ajuste chino tiene aún recorrido. A la vez, el consumo flaquea —las caídas de precios de la vivienda erosionan los balances de los hogares, el mercado laboral débil apenas genera rentas y el impulso de los programas de renovación (trade-in) ha tocado techo—, y la inversión, medida por el rastreador de la casa, se ha enfriado de forma marcada.
Frente a esas grietas, las fortalezas son formidables y todas miran al exterior: las exportaciones son imbatibles, con un superávit comercial de bienes de un billón de dólares ya embolsado cuando aún faltaba un mes de datos de 2025, empresas locales abriendo brecha en industrias tecnológicas emergentes y un volumen exportador todavía creciendo en dígitos altos. Pekín sigue despejando el camino por todas las vías: acuerdos comerciales, Hainan como zona de libre comercio y su cuasi-monopolio en el refinado de tierras raras y la producción de baterías como respuesta a los aranceles estadounidenses. La conclusión de Goldman es que ni la saturación de mercados ni las barreras proteccionistas frenarán de forma decisiva ese empuje en 2026.
Por qué los dragones no vuelan en formación
Aquí llega la tesis que da título al informe. La estructura desequilibrada de la economía china —manufactura musculosa, consumo enervado— no es un accidente, sino un rasgo deliberado de su política macro, con consecuencias globales cada vez mayores. Históricamente, las economías asiáticas que crecían más rápido cedían las actividades manufactureras de menor valor a vecinos más pobres a medida que ascendían por la escalera tecnológica. Es el modelo de los "gansos voladores": las economías menos desarrolladas —Corea, Taiwán y después la ASEAN y la propia China— volaban en formación detrás del líder, que en su día fue Japón.
El problema, sintetiza Goldman con una frase que merece citarse, es que "los dragones no vuelan en formación". China es demasiado grande, y sus dirigentes pretenden construir el ecosistema manufacturero más amplio que puedan y limitar la salida de tecnologías y manufactura nuclear incluso mientras sube en la cadena de valor. Algunas actividades —confección, ensamblaje de bajo valor— se han trasladado al Sudeste Asiático, sobre todo a Vietnam, en parte por la presión arancelaria estadounidense. Pero la política de Pekín es retener el máximo control de los "medios de producción", y muy en especial de las "tecnologías nucleares".
Combinado con el giro proteccionista del mayor mercado exportador del mundo —Estados Unidos— y con la creciente incomodidad europea ante el "vaciamiento" de su industria, esto tiene implicaciones de fondo para el resto de Asia. La consecuencia que extrae Goldman es contundente: los demás exportadores asiáticos quizá tengan que apartarse de China en lugar de seguirla. Sin ventajas competitivas diferenciadas —servicios para India, materias primas para Indonesia y Malasia, alta tecnología para Taiwán y Corea—, el crecimiento exportador será cada vez más difícil. Es una afirmación con peso geoeconómico: el ascensor de desarrollo que durante medio siglo elevó a una economía asiática tras otra podría haberse averiado.
Inflación domada, bancos centrales con poco margen
El frente de los precios ofrece el mayor alivio. Más oferta de petróleo y gas, la moderación de los alimentos y los efectos deflacionistas que derraman las exportaciones chinas han devuelto la inflación media regional a niveles previos a la pandemia. Goldman espera cierta convergencia en 2026: la inflación japonesa debería ceder —un yen más estable y algunos subsidios contienen el dato general—, mientras que China e India verán repuntar su IPC desde niveles inferiores al 1%, por la normalización de los alimentos, aunque ambos seguirán dentro de sus zonas de confort.
Figura 2. La inflación japonesa se modera mientras China y, sobre todo, India repuntan en 2026 — Fuente: Goldman Sachs Global Investment Research.
Con la inflación baja y unas exportaciones menos llamadas a brillar fuera de China, los responsables de política económica sentirán presión para apuntalar la demanda interna. Pero, sin sobresaltos como la covid o el golpe arancelario inicial que justifiquen medidas de "emergencia" y con menos espacio que antes, el alivio adicional será tentativo. Goldman pronostica solo uno o dos recortes en Corea, China, Indonesia, Filipinas y Tailandia, y un ciclo de relajación que se desvanece a lo largo del año. Los déficits fiscales se ampliarán de forma modesta en Japón, China, Taiwán y Vietnam, y el gasto en defensa se perfila como tendencia duradera ante las tensiones geopolíticas y la presión estadounidense sobre sus aliados.
Japón merece capítulo aparte. La subida de tipos del Banco de Japón en diciembre llevó la tasa oficial al 0,75% —máximo en 30 años— y es, según Goldman, la señal más clara de que el país ha salido de su era de inflación subnormal. Los rendimientos a largo se han disparado: el bono a 10 años supera ya el 2%, por encima del chino de vencimiento similar, una imagen impensable hace pocos años. La nueva primera ministra Takaichi es discípula del Abenomics, pero gobierna más restringida: el mercado ya no duda de la reflación, sino que empieza a inquietarse por la sostenibilidad fiscal. Con deuda elevada y presión por más gasto en defensa, queda poco margen para ensanchar el déficit estructural.
La ola de la IA: real, pero estrecha
El último gran tema es la inteligencia artificial vista desde la oferta asiática, y aquí Goldman aporta una de las cifras más vistosas del informe. La oleada de inversión en IA, sobre todo desde Estados Unidos, ha sido una bendición para el PIB de Taiwán y, en menor medida, de Corea: entre 5 y 10 céntimos de cada dólar invertido en IA en EE. UU. terminan en Taiwán. Cerca de la mitad va a capacidad de cómputo, con Nvidia capturando una fracción enorme; buena parte del resto acaba en Asia, con TSMC como mayor proveedor individual. El consenso esperaba un crecimiento del PIB taiwanés del 2,9% para 2025 a comienzos de año; ahora lo sitúa en el 6,7% y Goldman lo eleva al 7,8%, con un nada desdeñable 4,4% para 2026. Casi todo se explica por un crecimiento exportador explosivo —un 56% interanual en noviembre—, dominado por productos tecnológicos.
Figura 3. En Taiwán y Corea las exportaciones se disparan mientras la demanda interna sigue plana — Fuente: Goldman Sachs Global Investment Research.
Los dos gráficos lo dicen todo: las exportaciones disparadas conviven con un consumo interno casi inmóvil. Corea ingresa apenas una cuarta parte de lo que Taiwán por ventas de semiconductores, con un crecimiento empujado por la memoria de alto ancho de banda; pero, con una economía que duplica a la taiwanesa, su impulso desde la IA es mucho más modesto. Y más allá del brillo de las grandes tecnológicas, la competencia china comprime márgenes y crecimiento. A ello se suman los males clásicos del Asia Oriental: poblaciones en edad de trabajar en declive desde hace casi una década y endeudamiento de los hogares elevado, sobre todo en Corea. Es crecimiento auténtico, pero peligrosamente dependiente de un solo motor exterior.
Lo que conviene leer entre líneas
El resto del recorrido regional confirma la cautela selectiva de la casa. India es la apuesta de fondo: tras una desaceleración autoimpuesta en 2023-24, el terreno está fértil para un rebote de la inversión privada, aunque las exportaciones afronten aranceles estadounidenses muy altos. En la ASEAN el panorama es desigual: Malasia bien posicionada y con divisa fuerte, Filipinas lastrada por un escándalo de corrupción y Tailandia atrapada en la incertidumbre política con crecimiento nominal nulo. Australia y Nueva Zelanda reaceleran tras un bache, con el matiz de que el riesgo allí es de subidas de tipos, no de bajadas.
Como toda perspectiva de casa, conviene leerla sabiendo de dónde viene. Goldman se sitúa sistemáticamente por encima del consenso en sus mercados predilectos —China, India, Taiwán— y más cauto donde el relato encaja peor, lo que invita a preguntarse cuánto hay de análisis y cuánto de posicionamiento. Y la propia tesis del "China Shock 2.0", siendo poderosa, tiene un punto autocumplido: si todos los analistas asumen que el resto de Asia no puede seguir a China, los flujos de inversión se reorientan en consecuencia.
Dicho esto, el armazón intelectual es sólido y la advertencia, valiosa para cualquiera que piense en asignación geográfica a largo plazo. La idea de que el viejo ascensor del desarrollo asiático se ha averiado —ya no basta con heredar la manufactura que China desecha porque China no desecha casi nada— obliga a repensar qué economías emergentes tienen una ventaja competitiva genuina y diferenciada, y cuáles solo eran eslabones de una cadena que Pekín ahora quiere fabricar entera en casa. En un mundo de bloques comerciales y reordenamiento de las cadenas de suministro, esa distinción puede acabar importando más que cualquier décima de PIB del próximo trimestre.
