Pocos informes de materias primas se leen como un tratado de geopolítica, pero el outlook de 2026 del equipo de Goldman Sachs —encabezado por Daan Struyven, su responsable de materias primas— lo es. Su lema lo resume: "cabalgar la carrera por el poder y las olas de oferta". Detrás de esa frase hay dos convicciones. La primera, que las materias primas se han convertido en munición de la rivalidad entre Estados Unidos y China por el poder geopolítico y la supremacía tecnológica. La segunda, más técnica, que dos grandes olas de oferta energética —una corta en petróleo, otra larga en gas— dictarán el precio de la energía durante años.
Un 2025 de metales
El punto de partida es un año sólido. El índice de materias primas BCOM rindió un 15% en 2025, pero la media engaña: los metales preciosos e industriales firmaron retornos muy fuertes —ambos se benefician de los recortes de la Reserva Federal— y compensaron con holgura unas pérdidas modestas en la energía. Para 2026, el escenario base de Goldman —crecimiento global firme y 50 puntos básicos de recortes de la Fed— sigue siendo favorable, pero la casa espera que los retornos del índice se moderen, con una diferenciación "significativa" entre unas materias primas y otras. Dicho de otro modo: 2026 será un año para elegir, no para comprar el índice entero. Las cifras de la propia casa lo ilustran: tras ese 15% de 2025, Goldman proyecta un modesto 4% para el BCOM en 2026, con los metales preciosos un escalón por encima del resto de la cesta.
La carrera por el poder
La parte más original del informe es su marco geopolítico.
Figura 1. La carrera por el poder y las olas de oferta — Fuente: IMF, IEA, Wood Mackenzie, Kpler, Goldman Sachs Global Investment Research.
Goldman describe un "ciclo de control de las materias primas" en cuatro fases que se repiten conforme la globalización se frena y los países miran hacia dentro: primero reubican sus cadenas de suministro (donde están hoy el cobre y el aluminio), luego expanden la producción (petróleo y gas), después concentran la oferta forzando a salir a los productores caros, y por último usan ese dominio como palanca de presión —exactamente lo que ha hecho China con las tierras raras, vitales para chips, IA, baterías y defensa—. Y el dominio chino no se limita a esas tierras: el país refina la mayor parte del litio (clave para almacenar energía), del cobre (para distribuirla localmente) y del aluminio (para transportarla a larga distancia), una concentración geográfica que multiplica el riesgo de cortes de suministro y la tentación de usarlos como arma. De ahí nace una idea que va más allá de las materias primas: su "valor como seguro" dentro de una cartera. Cuando una disrupción de oferta golpea a la vez al crecimiento y a la inflación, las carteras clásicas de acciones y bonos quedan mal protegidas, mientras las materias primas suben. Es un argumento de diversificación que merece atención, aunque conviene recordar quién lo firma: un banco con negocio en estos mercados.
El oro, la apuesta favorita
Si hay una convicción por encima de todas, es el oro. Goldman espera que las compras de los bancos centrales sigan fuertes en 2026, en torno a 70 toneladas mensuales —cuatro veces la media previa a 2022—, y que aporten unos 14 puntos porcentuales a la subida prevista del precio. El detonante de fondo fue la congelación de las reservas rusas en 2022, que cambió para siempre cómo perciben el riesgo geopolítico los gestores de reservas de los emergentes, desde el banco central chino para abajo. Y aún queda combustible: los ETF de oro representan apenas un 0,17% de las carteras financieras privadas estadounidenses, seis puntos básicos por debajo de su máximo de 2012. Goldman calcula que cada punto básico que recupere esa cuota —por compras, no por revalorización— eleva el precio del oro un 1,4%. La traducción para el inversor es sencilla: si el dinero privado se suma a la fiebre compradora de los bancos centrales, hay recorrido. Goldman lo cuantifica: prevé que el oro alcance los 4.900 dólares la onza hacia diciembre de 2026. Su marco distingue entre "compradores de convicción" —bancos centrales, ETF y especuladores, que compran al precio que sea por motivos macro o de cobertura— y "compradores oportunistas" —los hogares de los emergentes, que entran solo cuando el precio acompaña—. Lo que ha acelerado el rally de 2025 es que esos compradores firmes han empezado a competir entre sí por un metal escaso.
Cobre sí, aluminio no
En los metales industriales, el informe es quirúrgico.
Figura 2. Cobre frente a aluminio: demanda de electrificación y oferta de Indonesia — Fuente: CRU, Wood Mackenzie, SMM, Goldman Sachs Global Investment Research.
El cobre sigue siendo el metal industrial favorito de la casa, con un precio que prevé consolidar en torno a 11.400 dólares la tonelada en 2026. La razón es estructural: la electrificación —centros de datos, renovables, coches eléctricos y red— explica casi la mitad de su demanda, y la oferta de mina tropieza con límites únicos. Por eso Goldman cree que el acaparamiento estratégico de China (y quizá de Estados Unidos) pondría un suelo al precio incluso si el crecimiento global flaqueara. La cara opuesta son el aluminio, el litio y el hierro, donde la casa es claramente bajista —prevé caídas del 19%, 25% y 15% hasta finales de 2026— por la enorme oferta que las inversiones chinas en el exterior van a volcar al mercado: aluminio en Indonesia, litio en África, hierro en Guinea. El propio cobre tiene este año una mecánica peculiar: su precio ha repuntado de 10.600 a 11.700 dólares ante la expectativa de un arancel estadounidense que ha atraído metal hacia Estados Unidos y vaciado los inventarios del resto del mundo. Goldman cree que esa subida se consolidará una vez que Washington empiece a deshacer, ya en 2027, el millón y medio de toneladas que habrá acumulado.
La electricidad, el cuello de botella de la IA
Quizá el hallazgo más interesante para entender el año conecta las materias primas con la guerra tecnológica. El auge de los centros de datos en Estados Unidos ha disparado la demanda eléctrica casi un 3% anual, por encima del PIB, y ha dejado a la mayoría de los mercados regionales en o por debajo de su capacidad sobrante crítica. La concentración es extrema: el 72% de los centros de datos del país se apiñan en el 1% de los condados, con Virginia como capital mundial, lo que ya ha provocado picos de precios. China, en cambio, nada en la abundancia: Goldman proyecta que para 2028 su capacidad eléctrica sobrante equivaldrá a más de tres veces la demanda eléctrica mundial de centros de datos (unos 360 gigavatios frente a 105). La conclusión es contraintuitiva y de calado: los cuellos de botella eléctricos podrían frenar a Estados Unidos en su carrera con China por la IA. La energía, y no solo los chips, es un campo de batalla. La amenaza es concreta: a medida que las jubilaciones de plantas de carbón superen a las nuevas instalaciones de renovables y gas, Goldman ve riesgo de precios mucho más altos e incluso de apagones en los mercados locales donde más crecen los centros de datos, empezando por el mercado PJM que abastece a Virginia.
Petróleo a la baja, gas al alza
En energía, Goldman separa los dos hidrocarburos.
Figura 3. Escenarios de precio del Brent para 2026-2027 — Fuente: Goldman Sachs Global Investment Research.
El petróleo afronta el último año de su ola de oferta: Goldman prevé que el Brent baje hasta una media de 56 dólares el barril en 2026 (el WTI, a 52), con un exceso de oferta de unos dos millones de barriles diarios. El principal riesgo al alza es la producción rusa, sujeta a sanciones e incertidumbre. El gas es otra historia: su ola de oferta es mucho más larga —la firma prevé un salto de las exportaciones mundiales de gas licuado de más del 50% entre 2025 y 2030— y reordena, sin reducir, la dependencia europea: el continente sustituirá el gas ruso por cargamentos estadounidenses y cataríes, que podrían pasar a cubrir el 70% y el 10% de sus importaciones en 2030. Una dependencia nueva que, advierte Goldman, recrea el riesgo de que el gas vuelva a usarse como arma geopolítica. El roce ya ha empezado: Catar ha llegado a advertir de que podría suspender sus entregas a Europa si la Unión Europea no flexibiliza sus normas de sostenibilidad corporativa, mientras la Administración estadounidense presiona para que Bruselas exima a sus petroleras de una ley que limita las emisiones de metano. La energía vuelve a ser, también aquí, un instrumento de negociación tanto como una materia prima.
La lectura de conjunto es coherente y, para un inversor de largo plazo, útil al margen de los precios concretos. En un mundo donde la oferta de materias primas está cada vez más concentrada y politizada, estas dejan de ser solo una apuesta cíclica para convertirse en una pieza con valor de seguro dentro de la cartera: protegen precisamente en los escenarios —disrupciones de oferta, inflación con crecimiento débil— en que las acciones y los bonos fallan a la vez. No es una invitación a comprar materias primas a ciegas, sino un recordatorio de que la geopolítica ha vuelto a sentarse en la mesa de la asignación de activos.
