Llevo unos días dándole vueltas a una nota de Owen Lamont para Acadian (la firma su columna «Owenomics», abril de 2026) que arranca con una imagen casi cómica: una antigua empresa de calzado, Allbirds, anuncia que «pivota» hacia la inteligencia artificial y se rebautiza como «NewBird AI». ¿El resultado? La acción sube un 582% en un solo día. Y por si fuera poco, otra compañía sin relación con la primera cambia su nombre de Myseum a Myseum.AI y sube un 129%. La pregunta que se hace Lamont (y que merece que le dediquemos un rato) es la misma que se haría cualquier inversor con la cabeza fría: ¿se ha vuelto loco el mundo, o es que aquí no hay tanto que ver?

El cambio de nombre como síntoma (menor) de burbuja

La tesis de Lamont es serena y, por eso mismo, útil. Sí, los cambios de nombre corporativos son un síntoma de posible burbuja —lo vimos con las puntocom a finales de los noventa—, pero son una señal muy ruidosa. De hecho, las dos compañías del arranque son microcaps minúsculas, y en los microcaps los movimientos extraños de precio han ocurrido siempre. Así pues, una lectura razonable no es «el mundo se ha vuelto loco», sino «los microcaps llevan locos toda la vida».

Lo que hace fina la pieza es la distinción entre síntomas. Hay síntomas de burbuja grandes e importantes en términos de dólares: ratios de valoración del mercado, emisión agregada de papel. Y hay síntomas dramáticos pero menores: anuncios en la Super Bowl, primas de los fondos cerrados… y, sí, los cambios de nombre. Lamont coloca los cambios de nombre con honestidad en esta segunda caja: son un síntoma, pero no uno especialmente importante.

El mecanismo tiene nombre académico: «catering». Si el mercado premia a las empresas que tienen la característica X, las empresas buscarán adquirir esa característica X para empujar su cotización. Cambiarse el nombre es la forma más barata y vistosa de hacerlo. Lamont rescata aquí a Baker y Wurgler (2013): en mercados perfectos y eficientes el nombre de una empresa sería tan irrelevante como sus dividendos, pero como hay un coste modesto en cambiarlo, el cambio crea una asociación saliente con una categoría de acciones temporalmente sobrevalorada.

Esto ya lo hemos visto (varias veces)

Y aquí es donde la pieza gana profundidad histórica, que es justo lo que a uno le gusta encontrar. El patrón se repite década tras década con un disfraz distinto.

En los años sesenta fue el «tronics boom»: bastaba con meter una versión garabateada de la palabra «electronics» en el nombre para que los compradores no preguntaran qué fabricaba la empresa. Malkiel cuenta el caso de American Music Guild —cuyo negocio consistía íntegramente en vender discos y tocadiscos puerta a puerta— que se rebautizó como Space-Tone antes de salir a bolsa: las acciones se colocaron a 2 y en pocas semanas subieron a 14.

Después llegó la madre de todos los estudios sobre el tema: Cooper, Dimitrov y Rau (2001), «A Rose.com by any other name». Analizaron 95 empresas que entre 1998 y 1999 añadieron «.com» a su nombre y documentaron retornos anormales acumulados del orden del 74% en los diez días alrededor del anuncio. Y un detalle que no conviene pasar por alto: el efecto era similar con independencia del grado real de involucración de la empresa con internet. La mera asociación bastaba. (Casi todas esas 95 firmas, por cierto, cotizaban en los pink sheets, no en los grandes mercados.)

Y luego está el cripto. Entre 2015 y 2019 hubo 31 empresas que se cambiaron el nombre de forma «cripto-exuberante». El ejemplo de manual es Long Island Iced Tea Corp., cuya acción subió casi un 300% cuando pasó a llamarse Long Blockchain Corp. en diciembre de 2017. Y este caso, como apunta Lamont, pesa más que los de los pink sheets: la empresa cotizaba en el Nasdaq.

Hasta hay un detalle delicioso que el propio autor confiesa no saber explicar: muchos de estos ejemplos involucran empresas de bebidas. International Food & Beverage acabó siendo «Internet Business's International»; SkyPeople Fruit Juice se convirtió en Future Fintech; Innovative Beverage Group pasó a llamarse… Quantum Computing, Inc. ¿Tiene sentido? Ninguno. Pero pasó.

La confusión de nombres, o el mercado comprando humo con etiqueta

El argumento más afilado de la nota es el de la «confusión de nombres», y es un golpe directo a quien defienda que estos movimientos responden a información racional sobre beneficios futuros. Cuando hay frenesí en torno a la característica X, no solo suben las empresas que se cambian el nombre para incluir X: también suben empresas que ya tenían X en su nombre por pura casualidad.

Lamont da dos ejemplos demoledores. Hubo compañías con «quantum» en su nombre, sin relación alguna con la computación cuántica, que vivieron revalorizaciones enormes a finales de 2024 cuando ese sector se puso de moda. Y está el caso de Greenland Technologies, una empresa de maquinaria industrial con sede en Nueva Jersey que no tiene absolutamente nada que ver con el territorio de Groenlandia: sus acciones se dispararon en marzo de 2025 y de nuevo en enero de 2026 al ritmo de los titulares geopolíticos sobre Groenlandia. Si el mercado estuviera valorando flujos de caja futuros, esto no debería ocurrir. Desgraciadamente, ocurre.

Lamont propone dos preguntas limpias para saber si lo que tienes delante es una burbuja en torno a X: ¿están las empresas cambiándose el nombre para parecer X? Y ¿premia el mercado esos cambios con cotizaciones más altas? En la burbuja tecnológica la respuesta a ambas era sí.

Tabla 1: el desfile de microcaps reconvertidas a la IA

Aquí es donde la pieza aterriza en el presente. Lamont encontró 33 cambios de nombre con temática de IA desde 2023 en los grandes mercados estadounidenses: cuatro en 2023, siete en 2024, diecisiete en 2025 y cinco en lo que va de 2026 (incluyendo Allbirds y Myseum). La Tabla 1 muestra una selección de esos nombres, y el ejercicio de leerla es revelador.

Tabla 1 del documento de Acadian: "Selected name changes since 2023", con tres columnas — Announcement Date, Old Name y New Name. Selección parcial: se muestran las primeras filas de la tabla, desde Gravitas Education Holdings convertida en Mynd.ai Inc (18 abril 2023) hasta BIT Mining Ltd en SOLAI Ltd (13 octubre 2025), pasando por The NFT Gaming Co en Gaxos.ai Inc (18 enero 2024), Ault Alliance Inc en Hyperscale Data Inc (29 agosto 2024) y Global Mofy Metaverse Ltd en Global Mofy AI Ltd. El patrón es nítido: empresas que migran de un sector caliente anterior (NFTs, metaverso, minería de bitcoin) al nuevo sector caliente. Fuente: Acadian, con datos de Bloomberg.

Lo que salta a la vista es que muchas de estas firmas no llegaron a la IA desde un negocio neutro: vienen de áreas previamente calientes —NFTs, el metaverso— y simplemente migran al siguiente. «The NFT Gaming Co» pasa a «Gaxos.ai». «Global Mofy Metaverse» se queda en «Global Mofy AI». Es el mismo surfista cambiando de ola. Y, según el propio autor, estos cambios de la Tabla 1 no vinieron acompañados de subidas espectaculares en sus cotizaciones. Probablemente nunca hayas oído hablar de ninguna de ellas, precisamente porque casi todas son microcaps.

La pregunta de los cuatro billones de dólares

Llegamos al núcleo, que es la pregunta que de verdad importa para una cartera de verdad: ¿implica que los microcaps estén locos que también lo estén las megacaps tipo Nvidia?

Aquí Lamont es prudente y honesto, y por eso le doy mucha credibilidad. Pone los números encima de la mesa: Nvidia tenía una capitalización de 4,8 billones de dólares, mientras que Allbirds, tras el anuncio, capitalizaba 148 millones. Podría decirse que están prácticamente en planetas distintos. Y por fundamentales, Nvidia no se parece en nada a un microcap en apuros: factura 216.000 millones de dólares al año, mientras que Myseum —la del +129%— tiene unos ingresos anuales de 550 dólares (quinientos cincuenta dólares con cero céntimos, sí, leído bien). La asimetría es tan brutal que casi da risa.

Y sin embargo Lamont no cierra la puerta del todo, y hace bien. Su matiz es el que separa el análisis serio de la consigna. Que los microcaps cambia-nombres tengan poca relevancia para Nvidia no significa que tengan relevancia cero. Recuerda 1999: Cisco estaba sobrevalorada porque los inversores sobrevaloraban todo lo relacionado con internet. ¿Cómo podías saber que Cisco estaba cara? Pues una pista era que las acciones de internet en los pink sheets se comportaban como locas. No se parecían a Cisco en casi nada, pero daban pistas sobre el tipo de acciones que gustaban a los inversores. Así pues, la conclusión de Lamont es elegante: no sabe si Nvidia está cara, pero el cambio de nombres es un dato relevante que debe formar parte del mosaico de información con el que respondes a esa pregunta.

¿Estamos en una burbuja? La respuesta serena

El cierre de la nota es de manual de prudencia, y enlaza con algo que en BISSAN repetimos sin descanso: los síntomas hay que ponderarlos, no contarlos. Lamont duda que estemos en una burbuja bursátil, y la razón que da es de peso: todavía no ha visto un cambio en los indicadores mayores, como el comportamiento de la emisión de papel. Pero reconoce que los indicadores menores se han ido acumulando durante los últimos dos años: el éxito de los inversores minoristas, el auge de las acciones de brókers, varias violaciones de la ley del precio único. Su frase final lo resume bien: el mercado se está poniendo espumoso, al menos en sus márgenes, si no en su núcleo.

Y aquí Maya añade su lectura. Lo valioso de esta pieza no es la anécdota de Allbirds subiendo un 582% (que es pura espuma de microcap), sino la disciplina mental que propone. La diferencia entre el síntoma grande y el síntoma menor. La diferencia entre el extrarradio del mercado y su corazón. ¿De qué le sirve esto a una familia que tiene su patrimonio invertido a largo plazo? De mucho. Porque la tentación, cuando uno ve estos titulares disparatados, es una de dos: o entrar en pánico pensando que el fin está cerca, o subirse a la ola de la próxima «.ai» de turno. Las dos reacciones son comportamiento, no análisis. Y desgraciadamente el comportamiento es justo lo que arruina a la mayoría de los inversores.

La buena noticia es que un patrimonio bien planificado no necesita acertar si Nvidia está cara o barata. Necesita estar construido para que esa pregunta no le quite el sueño. El cambio de nombres es un dato más del mosaico, como dice Lamont; pero el mosaico se mira con calma, con un café, sin prisa por actuar. El tiempo dirá si esto era la antesala de algo serio o solo unos microcaps haciendo lo que llevan haciendo desde los años sesenta. Mientras tanto, lo prudente no es adivinar la espuma: es no necesitar adivinarla.