Llevo unas semanas dándole vueltas a un informe de Allspring Global Investments que, a primera vista, parece otro documento más sobre clima y sostenibilidad (y de esos hay a mansalva). Pero cuando uno se sienta a leerlo con calma, lo que cuenta es bastante menos abstracto de lo que el título sugiere. No habla de osos polares ni de cumbres internacionales: habla de cuánto cuesta arreglar una red eléctrica después de un huracán, de quién paga esa factura y de qué empresas están preparadas para absorberla sin que se les resienta la cuenta de resultados. Es decir, habla de dinero.
La tesis de fondo es sencilla de enunciar y nada sencilla de gestionar: el riesgo climático físico ha dejado de ser una externalidad a largo plazo (algo que pasará algún día, lejos) para convertirse en una cuestión inmediata de balance. Y dentro del universo de sectores expuestos, las utilities reguladas (la electricidad, el gas, el agua) son las más directamente afectadas. ¿Por qué precisamente ellas? Porque sus redes cubren territorios enormes, sus activos son de larga vida y están físicamente clavados al suelo, y su obligación de dar servicio no desaparece porque haya una tormenta. No pueden mudarse ni cerrar el local un mal día. Cuando el clima golpea, lo pagan ellas, operativa y financieramente, mientras operan dentro de marcos regulatorios que a menudo van por detrás del ritmo del riesgo.
La factura ya está sobre la mesa
Conviene empezar por las cifras, que son las que ordenan el debate. Según el informe, Estados Unidos registró una estimación de 138.000 millones de dólares en impactos financieros ligados al clima solo durante 2025. No es una proyección lejana: es lo que ya ocurrió. Y la aceleración de los eventos extremos (incendios, inundaciones, tormentas severas, ciclones tropicales, olas de calor) no da señales de calmarse. De hecho, entre enero y principios de abril de 2026 se declararon en el país cerca de 19.000 incendios forestales, unos 6.900 por encima de la media de la última década. California, el estado más poblado, entraba en su estación seca con apenas el 18% de la nieve habitual en sus montañas, lo que agrava la sequía y el riesgo de incendio.

El gráfico de arriba es, a mi juicio, el corazón del documento. Cruza dos cosas a la vez: el número de eventos mayores año a año (las barras, desglosadas por tipo) y el coste del daño (la línea). La pendiente habla por sí sola. Y el dato que Allspring proyecta hacia adelante es el que de verdad importa para un inversor: el daño acumulado entre 2025 y 2030 podría alcanzar los 900.000 millones de dólares, concentrado en estados costeros muy poblados como California, Texas, Florida y Nueva York. Pensemos un momento en lo que eso significa. Cuando el daño se concentra geográficamente, también se concentra el problema de financiación, de regulación y, en última instancia, de valoración bursátil. No todas las utilities están igual de expuestas, ni de lejos.
Un ciclo de inversión, no un gasto puntual
Aquí es donde el informe se vuelve interesante para quien mira carteras y no titulares. Frente a este panorama, las utilities americanas no están simplemente reaccionando tormenta a tormenta: están metiendo el endurecimiento de sus redes dentro de los planes de capital de base. Es un cambio estructural en cómo despliegan el dinero. En 2024, el conjunto de inversión en transmisión y distribución rondó los 90.000 millones de dólares, de los cuales unos 30.000 millones se destinaron específicamente a resiliencia y endurecimiento de red. Y ese capítulo de gasto creció a un ritmo superior al 8% anual compuesto entre 2020 y 2024. No es un gasto que se hace y se olvida: es un ciclo de inversión sostenido.
El informe ilustra el punto con cuatro casos concretos (NextEra Energy, Dominion Energy, Duke Energy y American Electric Power), que juntos suman más de 420.000 millones de dólares de capitalización, sirven a unos 30 millones de cuentas de clientes y dan electricidad a más de 60 millones de personas. Son, por tamaño, sistémicamente importantes. NextEra, a través de su filial Florida Power & Light, está muy expuesta a huracanes; de hecho, el huracán Ian de 2022 le costó alrededor de 1.100 millones de dólares en restauración y dejó sin servicio a más de dos millones de clientes. Pero (y este matiz lo cambia todo en términos de inversión) FPL es también uno de los ejemplos de mejor ejecución en resiliencia, con inversión sostenida en endurecimiento de red, soterramiento de líneas y capacidad de recuperación. Misma exposición, distinta respuesta.
Los planes de capital que recoge el documento son, francamente, descomunales: Dominion ha ampliado el suyo más de un 30% hasta 2030; Duke maneja un plan de 73.000 millones de dólares para 2024-2028; NextEra destina entre 13.000 y 15.000 millones a transmisión y distribución más unos 12.000 millones a solar. La pregunta natural es: ¿y todo esto cómo se traduce en rentabilidad? La respuesta, importante, es que el capex no genera beneficio inmediato. Los frutos llegan con el tiempo, vía menores costes de restauración, menos cortes, más fiabilidad, menor volatilidad de beneficios y, donde la regulación lo permite, crecimiento de la base de activos regulada que sostiene los retornos futuros. Es un activo de larga duración, y se comporta como tal.
La parte que de verdad importa: no es el sector, son las empresas
Y aquí llegamos a lo que, para mí, es la conclusión más honesta del informe (y la que más se aleja del marketing climático habitual). Allspring no dice «compre utilities porque el clima sube». Dice algo más fino: lo relevante para un inversor no es si el riesgo climático existe (existe, y nadie discute eso), sino si uno es capaz de identificar qué compañías están mejor posicionadas para gestionarlo. La oportunidad, en sus propias palabras, va menos de una gran dislocación de mercado y más de selección relativa de compañías.
¿De qué depende esa selección? El documento la reduce a tres factores: la escala de la exposición física, la calidad de la respuesta de la dirección y la capacidad de financiar y recuperar la inversión en resiliencia a lo largo del tiempo. Dicho en plata: las utilities con marcos regulatorios constructivos, planes de capital creíbles, buena ejecución y apalancamiento manejable pueden ofrecer flujos de caja más duraderos. Las que tienen mucha exposición, balances frágiles o estrategias de adaptación tardías están, sencillamente, más vulnerables. Desgraciadamente, el mercado tiende a meter a todo el sector en el mismo saco, y ahí es donde un enfoque activo (mirar empresa por empresa, regulación por regulación) puede marcar la diferencia.
Esto conecta con una de las tesis que más repito a las familias con las que trabajamos: el riesgo de verdad no es la volatilidad de la cotización, sino la fragilidad del negocio que hay debajo. Una utility cuya cotización baja un día por un huracán no es necesariamente arriesgada; lo arriesgado es la que no tiene balance ni plan para reconstruir la red cuando le toca. Si bien es cierto que el sector entero está expuesto al mismo cielo, no todas las empresas tienen el mismo paraguas. Y separar unas de otras es precisamente el trabajo.
Y esto qué significa para tu dinero
Permíteme aterrizarlo, porque sin ese aterrizaje el análisis se queda en una conferencia bonita. Lo que este informe describe es, en el fondo, un ciclo de capital regulado de larga duración con viento estructural a favor (la demanda eléctrica americana se proyecta acelerando muy por encima de la última década) y, a la vez, con un riesgo físico que castiga sin piedad a los que no se preparan. Es un terreno de selección, no de apuesta sectorial a ciegas.
¿Significa esto que haya que salir corriendo a comprar utilities? No, sería irresponsable leerlo así, y desde luego no es lo que hacemos en BISSAN. Nosotros no perseguimos temas de moda ni nos enamoramos de un sector porque salga en los informes. Lo que sí extraemos de una lectura como esta es una pieza más para el rompecabezas: dentro de una asignación de activos bien planificada, los sectores de infraestructura regulada pueden aportar flujos estables y de larga duración, siempre que la selección distinga entre la empresa que invierte con cabeza y la que va por detrás del riesgo. La geopolítica (o aquí, el clima) te da la dirección de fondo; la disciplina y la planificación te dan el resto. El tiempo dirá qué utilities aciertan, pero la lógica del documento (mirar balance, regulación y ejecución antes que titulares) es difícilmente discutible.
Nota de cumplimiento: este contenido es divulgativo y no constituye asesoramiento financiero ni una recomendación de inversión. Las cifras, proyecciones y casos citados proceden del informe de Allspring Global Investments «Eye of the Storm: Investing in Adaptation and Resilience», elaborado a partir de fuentes como NOAA, Edison Electric Institute, Bloomberg Intelligence y los informes anuales de las compañías mencionadas; los datos de proyección de daños son estimaciones del autor de la fuente y están sujetos a su propia metodología (el dato de 2025 está ajustado por IPC). Las rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras y el valor de cualquier inversión puede subir o bajar. Cualquier decisión debe enmarcarse en una planificación patrimonial adecuada al perfil de cada inversor.
