Llevo unos días dándole vueltas a un informe que, a primera vista, parece de ingeniería y no de finanzas. Va sobre lo que valdrá una tarjeta gráfica dentro de tres años. Y sin embargo creo que dice más sobre el momento que viven los mercados que muchos análisis macro.

El contexto lo conocemos todos. El gasto en inteligencia artificial es descomunal (los grandes de la tecnología invierten centenares de miles de millones al año en centros de datos), y el mercado lo celebra con valoraciones que en algunos casos son, sencillamente, absurdamente caras. La pregunta que casi nunca se hace no es si la IA va a cambiar el mundo (probablemente sí), sino algo mucho más prosaico: ¿a qué precio, y con qué retorno sobre el capital invertido?

Aquí es donde entra la letra pequeña. Una GPU (la pieza que hace funcionar todo esto) es el 76,8% del coste de un servidor de IA. Y su valor cae rápido. El informe, que se apoya en más de 76.000 transacciones reales del mercado de segunda mano, estima que un chip H100 (lanzado a finales de 2022) vale hoy entre el 27% y el 53% de su precio original, y que en 2030 no valdrá más de un 1%-3%. Es decir: el corazón de la máquina se deprecia casi por completo en unos pocos años.

¿Y cómo lo contabilizan las empresas? Pues muchas amortizan estos equipos a cinco o seis años en línea recta. La discrepancia importa. De hecho, es la misma frase del informe la que lo resume: un calendario a tres años lo escribe a cero mientras el mercado todavía paga, y uno a seis años mantiene un valor en libros que el suelo de mercado no soporta. Traducido: si la vida económica real es más corta que la contable, hay beneficios que hoy parecen sólidos y que mañana pueden exigir provisiones y saneamientos.

Y hay una segunda derivada que me parece aún más delicada. Sobre esos valores residuales se ha montado, desde 2023, todo un negocio de financiación de GPUs (préstamos con las tarjetas como garantía). Si los residuales están inflados, la garantía vale menos de lo que se creía. El informe recuerda un precedente inquietante: en 1979 IBM bajó los precios de sus equipos un 69% y el valor del material usado se hundió, arrastrando a la quiebra en pocos meses a las empresas que los habían financiado. Pensemos que hoy Nvidia controla el 90% del mercado con márgenes superiores al 70%. ¿Qué ocurriría con esos residuales si Nvidia decidiera (o se viera obligada a) recortar precios? El propio informe lo cifra: una compresión de márgenes del 75% al 65% se llevaría por delante un 29% del valor residual estimado.

Ahora bien, sería irresponsable no dedicar unas líneas al escenario adverso, es decir, a por qué puedo estar equivocado. Primero, quien publica estos datos es una empresa que precisamente vive de vender información sobre residuales de GPUs, así que algún incentivo a dramatizar tiene (conviene tenerlo presente). Y segundo, hay un matiz técnico que desmonta la narrativa fácil: si los H100 aguantan precios altos no es tanto por la tecnología como por la escasez de centros de datos preparados para la refrigeración líquida que exigen los chips nuevos. Dicho de otro modo, hoy el cuello de botella es el edificio, no el silicio. Eso sostiene los residuales... hasta que llegue la nueva capacidad. Así pues, esto no es una profecía de colapso inminente; es un factor de riesgo que conviene tener en el radar.

¿Y esto qué significa para tu dinero? Esta es la parte que de verdad importa. No se trata de decidir si la IA es una revolución (lo es) ni de intentar adivinar el día del techo (nadie puede). Se trata de recordar una idea sencilla: el problema rara vez es la tecnología; el problema suele ser el precio pagado y los supuestos sobre los que se financia. Cuando una sola narrativa (hoy, la IA) concentra una parte enorme de las subidas del mercado, la renta variable indexada te lleva, sin que lo decidas, a una apuesta cada vez más concentrada en esa dirección. Y la historia enseña que las grandes decepciones inversoras no llegan cuando algo no funciona, sino cuando algo funciona pero se paga demasiado caro.

En BISSAN no jugamos a acertar el momento exacto. Diversificamos por estrategias precisamente para no depender de que una sola tesis (por buena que parezca) siga funcionando indefinidamente. Nos preocupan de verdad pocas cosas (una guerra perdida, una burbuja y el comunismo); lo demás es ruido. Y una burbuja no es un problema de volatilidad a corto plazo, sino de riesgo real: el de no llegar a tus objetivos porque compraste caro en el peor momento. Por eso el comportamiento del inversor, y no el último titular sobre chips, sigue siendo el factor que más pesa en el resultado final.

Yo, personalmente, le doy mucha importancia a este tipo de datos. No porque anuncien un desplome (no lo hacen), sino porque nos recuerdan que detrás de cada gráfico parabólico hay una contabilidad, un balance y unos supuestos que algún día habrá que revisar. El tiempo dirá.


Este texto refleja una opinión con criterio propio y no constituye una recomendación de inversión ni asesoramiento personalizado. Rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras. Toda decisión de inversión debe adecuarse a la situación patrimonial y a los objetivos de cada persona. Maya Corp., S.L. es agente vinculado de BISSAN Wealth Management, EAF, S.L.