Llevo unos días dándole vueltas a un gráfico del último informe de Boston Consulting Group sobre el futuro de las finanzas, titulado «Time to Shift Gears?» (junio de 2026). El dato de partida es sencillo y, sin embargo, dice mucho: en 2025 las entidades financieras del mundo ofrecieron a sus accionistas una rentabilidad total (el TSR, dividendos incluidos) del 30,2%, por encima de todos los demás sectores. Incluido el tecnológico, que se quedó en el 26,8%. Es el mejor año de la banca desde la crisis financiera de 2008.

Para quien lleva tiempo oyendo que los bancos son un mal negocio (cíclicos, apalancados, condenados a cotizar por debajo de su valor en libros), la imagen tiene su punto. La línea verde de las entidades financieras, que durante casi una década fue a rebufo de la tecnológica, la adelanta por primera vez. Y no parece un espejismo de un trimestre: según BCG, desde finales de 2022 la capitalización del sector ha crecido alrededor de 5,5 billones de dólares, camino de los 7 billones de oportunidad de valor que la propia consultora dibujó en la primera edición de este informe, en 2024.
Pero conviene entender de dónde sale esa rentabilidad, porque no todas las subidas se construyen igual. La de la banca no ha venido de que el mercado haya decidido pagar más por cada euro de beneficio. Ha venido de que los beneficios, sencillamente, se han vuelto más de verdad. La rentabilidad sobre recursos propios ha subido de forma sostenida por encima del coste de capital en la mayoría de los mercados, y con ella el precio sobre valor contable. Es decir: lo que ha mejorado es el reconocimiento de que el capital de un banco vale, por fin, algo más que su valor en libros. Por primera vez en muchos años, la mayoría del capital bancario cotiza por encima de libros (un 80% si excluimos a China, según BCG). El matiz importante es que la dispersión sigue siendo enorme: más de la mitad de los bancos individuales, sobretodo los pequeños, todavía cotizan por debajo.
¿Y los múltiplos sobre beneficios? Ahí está la tensión que recorre todo el informe. Pese al año espectacular, las entidades financieras siguen siendo el sector más barato del mercado por beneficios.

Doce veces beneficios esperados, empatadas con los seguros en el furgón de cola, frente a una media de mercado de 18,7 veces y frente a las 25 veces de la tecnología o el consumo discrecional. BCG lo resume en una idea que me parece la clave de todo: el mercado está poniendo a los beneficios de la banca el mismo precio que antes. Es decir, se cree la recuperación de la rentabilidad, pero no se cree el crecimiento. Y sin crecimiento, sostener una rentabilidad para el accionista como la de 2025 es imposible; a partir de aquí, defender los múltiplos actuales no basta. Cotizar con un descuento cercano al 40% sobre los beneficios frente a la media del mercado es, en el fondo, un veredicto: los inversores todavía no están convencidos de que un banco pueda componer crecimiento año tras año.
¿Es sólida esta recuperación o es un rebote más de ciclo? BCG se moja: cree que la mejora de rentabilidad es más duradera de lo que muchos temen. Los márgenes de intereses no se han comprimido tanto como se esperaba con las bajadas de tipos (buena parte de la banca ha cubierto estructuralmente sus posiciones), el ciclo de costes regulatorios parece haber tocado techo (el cumplimiento se ha estabilizado en torno al 1,1%-1,7% de los costes totales) y una eventual desregulación en Estados Unidos podría liberar hasta 2,6 billones de dólares de capacidad de préstamo. A ello se suma la inversión pública en infraestructuras y defensa como fuente de demanda de crédito, con el programa NextGenerationEU (hasta 650.000 millones de euros) como mayor ejemplo. Dicho esto, el propio informe reconoce que las acciones bancarias cayeron en los primeros meses de 2026 y señala un riesgo muy concreto: la exposición al crédito del sector tecnológico, canalizada a menudo a través de vehículos de crédito privado, justo cuando las valoraciones de la tecnología están tensas.
De ahí el título. La tesis de BCG es que la banca ha ganado el derecho a ser ambiciosa (a invertir desde una posición de fuerza en lugar de limitarse a devolver capital vía dividendos y recompras), pero que ese derecho solo se convierte en valor si de verdad cambia de marcha hacia el crecimiento. Para un banco que cotiza por encima de libros, cada euro invertido con disciplina en crecer renta una prima; para uno que cotizaba por debajo, crecer destruía valor. Ese cambio de régimen es, quizá, lo más interesante del informe. ¿Cómo se cambia de marcha? BCG apunta a tres palancas, y las tres merecen la mirada de un inversor de largo plazo.
La primera es la productividad, y aquí el diagnóstico es incómodo. Pese a años de inversión tecnológica descomunal, el gasto operativo sobre activos (la medida más honesta de productividad) apenas ha mejorado, y las plantillas del sector han seguido creciendo, en torno a un 2% anual en los últimos tres años. Dicho de otro modo: la banca ha digitalizado mucho la fachada y poco la cocina. La apuesta de BCG es que la IA permite ahora un salto estructural, no incremental, y lo acompaña de casos concretos: un banco asiático que ha liberado más de un 30% de la capacidad de sus banqueros de patrimonios (con un 30% más de ingresos por comisiones); una entidad europea que ha subido un 50% la productividad de su área de riesgo de crédito y ha bajado el «tiempo hasta el sí» a 24 horas; equipos de ingeniería con mejoras del 30% (y de hasta el 60% en los mejores). El sector planea invertir alrededor del 2% de sus ingresos en IA en 2026, en línea con la tecnología. El matiz, muy BCG, es que lo que separará a los ganadores no será cuánto gastan, sino si rediseñan el modelo operativo de raíz o se limitan a poner una capa de IA sobre los procesos viejos.
La segunda palanca es reequilibrar el capital hacia el crecimiento en vez de hacia la recompra. El crecimiento orgánico del negocio principal es modesto (BCG estima un 4% anual en banca minorista, un 5% en banca corporativa y de inversión y un 6% en la comercial), y palidece frente al de los retadores digitales. El ejemplo que usa el informe es Revolut.

De dos millones de clientes en 2018 a setenta millones a principios de 2026, con licencia bancaria británica de por medio. No hace falta creerse que Revolut vaya a comerse a la banca tradicional para entender el mensaje: cuando un atacante con esa base de clientes gana la confianza como banco principal, el mapa de los depósitos se mueve. Los incumbentes, dice BCG, no tienen más remedio que seguir su estela, y la IA les da una vía inesperada: bajar el umbral de rentabilidad de servicios que antes no salían a cuenta (asesoramiento y gestión de patrimonios para el cliente de rentas medias, tesorería para la pequeña empresa, crédito de tique pequeño en mercados emergentes). Es decir, ampliar el mercado, no solo repartírselo.
La tercera palanca es el M&A. Por primera vez en más de una década, sostiene BCG, se alinean valoraciones, holgura de capital y expectativas de los inversores a favor de una gestión activa de la cartera de negocios; de hecho, el financiero es el sector que mayor apetito de operaciones muestra de todos. Las rutas son las de siempre (ganar escala en el núcleo, entrar en nichos de valor como la gestión de patrimonios, desinvertir lo que no diferencia), y el riesgo también es el de siempre: la integración. Después de años de sequía, muchas entidades han perdido el músculo para ejecutar bien una compra, y ahí es donde tantas operaciones prometedoras acaban destruyendo el valor que iban a crear.
Hasta aquí, el relato optimista. Pero sería irresponsable quedarse solo con él, porque el propio informe dedica su capítulo más extenso a las tres fuerzas que escapan al control de cualquier banco: la IA (que comprime márgenes a la vez que abre negocio), los no bancos y los activos digitales. Y es aquí donde un inversor prudente debe afinar el oído.
Me detengo en los no bancos, porque es donde veo el riesgo más concreto. Las entidades financieras no bancarias ya suponen alrededor del 20% de los ingresos de la banca corporativa y de inversión (venían del 9% en 2019 y del 16% en 2024). Dentro de ese bloque está el crédito privado, esa clase de activo que ha crecido a lo bestia sin haber pasado todavía por una recesión de verdad. BCG lo dice con una honestidad que agradezco: la calidad de los créditos, los covenants y las hipótesis de recuperación siguen sin probarse a lo largo de un ciclo completo. El propio informe menciona episodios de reembolsos a principios de 2026 en algunos fondos minoristas y, aunque su lectura es que ese estrés parece de liquidez y no de fondo, deja la pregunta abierta. Para el ahorrador, la traducción es directa: buena parte de lo que hoy se ofrece como «renta fija alternativa» con rentabilidades apetecibles es, en realidad, crédito ilíquido que nunca ha visto una tormenta. No digo que haya que huir; digo que hay que saber qué se tiene.
De los activos digitales, BCG hace un análisis frío que conviene leer como lo que es: un escenario, no una recomendación. Con MiCA en Europa y la GENIUS Act en Estados Unidos tomando forma, la capitalización de las stablecoins habría pasado de unos 26.000 millones de dólares en 2020 a cerca de 300.000 en 2025, con una horquilla amplísima hacia 2030 según cómo evolucione la regulación. Interesante de seguir, desde luego. Nada sobre lo que un patrimonio familiar deba precipitarse.
Un apunte sobre la ejecución que me parece revelador: BCG cifra en un 10-20-70 el reparto del éxito de estas transformaciones. Un 10% depende del algoritmo, un 20% de la tecnología y un 70% de las personas y los procesos. Traducido para un inversor, el cuello de botella no es la IA, es la capacidad de una organización para reorganizarse alrededor de ella. Por eso el informe insiste en concentrar la apuesta en seis u ocho iniciativas de alto impacto y en que sea el propio consejero delegado quien lidere la transformación, no que la delegue. La tecnología está disponible para todos; la disciplina para usarla, no.
Así pues, ¿qué me llevo de todo esto como inversor de largo plazo? Tres cosas. La primera, que la recuperación de la banca es real y probablemente duradera, pero que la parte fácil (recobrar la rentabilidad) ya está hecha y la difícil (convertirla en crecimiento que el mercado pague) está por demostrar. Ese descuento cercano al 40% sobre beneficios es, a la vez, la oportunidad y el aviso: el mercado no regala múltiplos bajos sin motivo. La segunda, que la dispersión manda. En un sector donde más de la mitad de las entidades aún cotizan por debajo de libros, el índice dice poco; lo que importa es distinguir al que ejecuta del que solo se calienta al sol de la confianza inversora. Y la tercera, la de siempre en BISSAN: el mayor riesgo rara vez está donde apuntan los titulares. Hoy no lo veo tanto en la banca cotizada como en las cañerías de crédito privado que la rodean.
BCG cierra recordando que la ventana para acometer estas transformaciones está abierta, pero no lo estará indefinidamente. Es una buena forma de decirlo. Los bancos han pasado cinco años ganándose el derecho a actuar con ambición; queda por ver cuántos se atreven y cuántos se limitan a disfrutar del buen año. El tiempo dirá.
Este texto es un análisis editorial de MAYA CORP sobre un informe de Boston Consulting Group. No constituye una recomendación de inversión ni refleja necesariamente el posicionamiento de BISSAN Wealth Management, EAF. Todas las cifras proceden del informe citado. Las rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras.
