Dos veces al año, los gestores de carteras y altos ejecutivos de inversión de BlackRock se reúnen durante dos días para debatir el rumbo de la economía y los mercados globales. La Perspectiva Global es la destilación de ese debate, y la edición de 2026 lleva un subtítulo revelador: Pushing limits, empujando los límites. La portada —un escalador colgado de una pared de roca sobre el mar— no es decorativa. Es la metáfora central del documento: estamos forzando límites en tres frentes simultáneos —físico, financiero y sociopolítico— y la cuerda que sostiene todo el ascenso es la inteligencia artificial.

El Investment Institute parte de una observación que ya formuló hace años pero que en 2026 se vuelve dominante: vivimos en un mundo de transformación estructural moldeado por unas pocas "mega fuerzas" —la fragmentación geopolítica, el futuro de las finanzas, la transición energética y, sobre todas ellas ahora, la IA—. Lo nuevo es la naturaleza del cambio: el crecimiento está pasando de ser intensivo en conocimiento a ser intensivo en capital. Construir IA exige hormigón, chips, energía y redes eléctricas a una escala sin precedentes. Y eso lo cambia todo en la forma de construir carteras.

Cuando lo micro se vuelve macro

La primera tesis del informe es que el gasto en IA es tan colosal que lo micro es macro. Las estimaciones externas del gasto corporativo en IA oscilan entre 5 y 8 billones de dólares hasta 2030, la mayor parte en EE. UU. Cuando un puñado de empresas concentra ese volumen de inversión, sus decisiones individuales dejan de ser un asunto de analistas sectoriales y se convierten en una variable macroeconómica. El reto para el inversor, dice BlackRock, es reconciliar dos órdenes de magnitud que chocan: el gasto descomunal de hoy frente a los ingresos potenciales de mañana. ¿Cuadran las cuentas?

La respuesta no es trivial. Los analistas estiman que los ingresos anuales de los grandes hyperscalers podrían crecer en 1,6 billones de dólares, una cifra que se quedaría corta para justificar una rentabilidad razonable —del 9 % al 12 %— sobre el tramo alto de la inversión en IA. El cuadre solo aparece si se cumplen dos condiciones: que la IA genere ingresos enteramente nuevos en la economía (BlackRock estima que un repunte de productividad del 1,5 % podría expandir los ingresos agregados en 1,1 billones de dólares anuales) y que el sector tecnológico capture una porción creciente de ese pastel. Es una apuesta de fe razonada, no una certeza, y el propio informe lo reconoce: no hay garantía de que esos ingresos fluyan hacia los constructores de IA. Por eso insiste en que esta es, ante todo, una historia de gestión activa —identificar ganadores y perdedores—, no de exposición pasiva a índices amplios.

La pregunta de los 150 años: ¿puede EE. UU. romper su tendencia de crecimiento?

El segundo pilar intelectual del documento es una pregunta que pocos se atreven a formular con tanta claridad: ¿es posible que el crecimiento estadounidense rompa al alza su tendencia secular del 2 %? La historia invita al escepticismo. Durante siglo y medio —a través del vapor, la electricidad y la revolución digital— la renta per cápita de EE. UU. se ha mantenido extraordinariamente pegada a esa línea de tendencia. Ninguna innovación previa, por disruptiva que pareciera en su momento, logró desviarla de forma permanente.

Gráfico 1 (BlackRock): "Never broken out" — Renta per cápita de EE. UU. y su tendencia de largo plazo, 1870-2024. La serie histórica (línea, en escala logarítmica de 7,5 a 10,5) se mantiene notablemente pegada a una recta de tendencia del 1,9 % de crecimiento anual durante siglo y medio, atravesando guerras, depresiones y revoluciones tecnológicas sin desviarse de forma permanente. El mensaje de BlackRock: a lo largo de 150 años el crecimiento de EE. UU. nunca rompió su tendencia del 2 %, pero consideran concebible —por primera vez— que la innovación acelerada por la IA pueda superarla. Fuente: BlackRock Investment Institute, Bureau of Economic Analysis y Macrohistory Database, datos a diciembre de 2025.

Lo que hace distinta a la IA, argumenta BlackRock, es que no es solo una innovación más: tiene el potencial de innovar el propio proceso de innovar. Si la IA llega a generar, probar y mejorar conceptos por sí misma, el ritmo de descubrimiento podría acelerarse —en materiales, fármacos, tecnología— en un bucle autorreforzado. Es la condición necesaria para el breakout. El Institute es honesto sobre el grado de incertidumbre: lo califican de "concebible por primera vez", no de probable. Y proponen seguir indicadores adelantados —como un repunte en el número de patentes anuales— antes de que cualquier beneficio aparezca en los datos de actividad. Para un asesor, la lección es de calibración: no apostar la cartera a que el breakout ocurra, pero tampoco descartar que el régimen de crecimiento esté cambiando bajo nuestros pies.

Apalancarse: el desfase de financiación de la IA

La tercera tesis es la que más implicaciones directas tiene para la renta fija. El despliegue de la IA sufre un problema de calendario: la inversión está adelantada (computación, centros de datos, infraestructura energética) mientras que los ingresos llegarán después. Para salvar ese "bache" de financiación, los constructores de IA han empezado a endeudarse, como muestran las recientes emisiones de bonos de las grandes tecnológicas. Mayor apalancamiento privado es, según BlackRock, inevitable.

Gráfico 2 (BlackRock): "Debt divergence" — Deuda pública y corporativa de EE. UU., 1950-2025. La deuda federal como porcentaje del PIB (escala izquierda, 0 %-120 %) se dispara hasta máximos de posguerra, mientras la deuda corporativa no financiera medida como ratio sobre beneficios (escala derecha, 0x-24x) se ha moderado. Las dos series, que antes evolucionaban juntas, divergen con fuerza en las últimas décadas. La lectura de BlackRock: los balances público y privado se han separado nítidamente —el Estado muy endeudado, el sector corporativo con margen— y eso explica por qué las empresas tienen recorrido para apalancarse y financiar el despliegue de la IA. Fuente: BlackRock Investment Institute, Congressional Budget Office, Federal Reserve Board, datos a diciembre de 2025.

El gráfico de divergencia de deuda es revelador. La buena noticia es que el punto de partida del apalancamiento privado es saludable: los mayores gastadores en la nube exhiben un ratio deuda/equity medio de apenas 0,54 veces, lo que deja margen para endeudarse. La mala es el contexto: ese endeudamiento privado se añade a un sector público ya muy apalancado —déficits estirados en EE. UU. y Reino Unido, el empuje de defensa de Alemania, los nuevos compromisos de gasto de Japón—. La consecuencia es doble. Primero, más presión al alza sobre los tipos a largo plazo, vía mayor prima por plazo. Por eso BlackRock se pone tácticamente infraponderado en Treasuries de largo plazo. Y segundo, un sistema más apalancado es más vulnerable a shocks —picos de rentabilidad en los bonos ligados a tensiones entre inflación y sostenibilidad de la deuda—, justo cuando los gobiernos endeudados tienen menos capacidad para amortiguar esos golpes.

De esa misma lógica nace la tercera advertencia de cartera, quizá la más incómoda: el espejismo de la diversificación. Tras controlar por los factores habituales de estilo (valor, momentum, tamaño), una proporción cada vez mayor de los retornos de la bolsa estadounidense responde a un único driver común. El mercado está más concentrado y con menos amplitud. Eso significa que muchas decisiones tomadas "para diversificar" —rotar hacia otras regiones, hacia índices equiponderados— son en realidad apuestas activas de gran tamaño. El S&P 500 equiponderado sube apenas un 3 % en el año frente al 11 % del ponderado por capitalización. La conclusión de BlackRock no es renunciar a diversificar, sino reconocer que la diversificación pasiva fácil ya no existe: hay que poseer el riesgo de forma deliberada, con un plan B claro y disposición a pivotar rápido, apoyándose en mercados privados y hedge funds por su componente idiosincrático.

La restricción que de verdad importa: la energía

Si hay un mensaje que el asesor debe retener de toda la Perspectiva, es este: la restricción más vinculante del despliegue de la IA no es el capital ni los chips, sino la energía. Como resume Alastair Bishop, gestor de BlackRock, "las empresas no han tenido problemas para conseguir chips; la verdadera restricción es el suelo y la energía". Los centros de datos de IA podrían consumir entre el 15 % y el 25 % de la demanda eléctrica actual de EE. UU. en 2030, una escala que pondrá a prueba los límites de la red, de las industrias de combustibles y de los materiales.

Gráfico 3 (BlackRock): "Facing constraints" — Demanda eléctrica de los centros de datos de EE. UU. como porcentaje del total, 2024-2030. Las barras grises muestran el rango total de previsiones y las líneas marcan la mediana según el método de estimación (escala 0 %-25 %). La mediana basada en demanda (línea naranja) crece desde cerca del 5 % en 2024 hasta alrededor del 15 % en 2030, por encima de la mediana basada en restricciones de oferta (línea verde, ~8 %); el extremo superior del rango se acerca al 25 %. La lectura de BlackRock: las necesidades eléctricas de los centros de datos podrían suponer hasta una cuarta parte de la demanda actual de EE. UU. en 2030, lo que subraya tanto la escala del reto como la incertidumbre sobre cómo se cubrirá esa demanda. Fuente: BlackRock Investment Institute, basado en fuentes revisadas por BloombergNEF, datos a diciembre de 2025.

El cuello de botella es físico y administrativo a la vez: la demanda creciente choca con una cola de proyectos esperando conexión a la red y con permisos lentos en Occidente. Si esos límites aprietan, los planes de inversión podrían recortarse, frenando la ambición del despliegue. BlackRock señala el contraste con China, que está construyendo generación y transmisión a buen ritmo —nuclear, carbón, hidráulica, renovables— y abaratando solar y baterías, lo que le da ventaja para desplegar infraestructura de IA. De ahí emergen las oportunidades que el Institute considera más claras: sistemas eléctricos, redes, minerales críticos y los potenciales beneficiarios de una reforma de los permisos. Y un actor protagonista para financiarlas: el capital privado, llamado a tender el puente entre la oferta de energía actual y la demanda futura, precisamente porque la deuda elevada limita el gasto público.

El resto del documento desgrana las mega fuerzas restantes y las traduce a posiciones concretas. En geopolítica, BlackRock describe un "tercer orden mundial" desde la Segunda Guerra Mundial, con la rivalidad EE. UU.-China como eje y la IA en el centro; ve oportunidades de medio plazo en tecnología de defensa europea y en utilities europeas. En crédito privado, advierte de una fase más dispar —los impagos de covenants crecen más entre prestatarios pequeños que entre grandes—, lo que eleva la importancia de la selección de gestor. En infraestructura cotizada, detecta un descuento de valoración frente a la renta variable global comparable al del shock del Covid, que interpreta como un punto de entrada atractivo. Y en deuda emergente, gira a sobreponderar el crédito en divisa fuerte, apoyado en una oleada de mejoras de rating soberano y en fundamentales más sólidos, con India como su apuesta estructural de largo plazo.

La lectura de Maya

La Perspectiva 2026 de BlackRock es, en el fondo, un ejercicio de honestidad intelectual poco común en la literatura de outlooks de fin de año. No vende certezas: plantea un escenario en el que casi todo depende de si los órdenes de magnitud de la IA acaban cuadrando, y admite abiertamente que no lo sabe. Para un asesor europeo, esa honestidad es la primera lección: cualquiera que prometa saber si estamos ante una burbuja de IA o ante el mayor salto de productividad de la historia está vendiendo humo. El propio informe recuerda que las burbujas históricas crecieron durante tiempo y solo se hicieron evidentes al estallar.

La segunda lección es operativa y nos parece la más valiosa: en un mercado dominado por unos pocos drivers, no existe la posición neutral. Ni siquiera comprar un índice amplio lo es, porque ese índice está él mismo concentrado en la apuesta de IA. Esto cambia la conversación con el cliente. Cuando alguien dice "yo solo quiero estar diversificado y tranquilo", conviene explicarle que, hoy, estar en el S&P 500 ponderado por capitalización es una apuesta activa por la IA —y salirse de él, también—. La diversificación geográfica hacia Europa o emergentes, o hacia índices equiponderados, no es neutralidad: es tomar partido. Lo correcto no es evitar la apuesta, sino hacerla con consciencia y con un plan B.

La tercera lectura conecta con nuestra metodología de gestión del riesgo de flujos de caja. BlackRock dibuja un sistema más apalancado y más vulnerable a picos de tipos, con los Treasuries largos perdiendo su papel histórico de lastre estabilizador. Para una cartera que debe atender necesidades de gasto reales —no solo maximizar retorno teórico—, eso refuerza dos prácticas: mantener una reserva de liquidez y de activos verdaderamente descorrelacionados para no verse forzado a vender en el peor momento, y ser muy selectivo con la duración. Coincidimos con la infraponderación de bonos largos, pero matizamos que para el inversor en euros la dinámica fiscal alemana y la senda del BCE introducen variables propias que no se pueden importar mecánicamente de la lectura estadounidense.

Y una nota de prudencia sobre la tesis energética, que compartimos en su diagnóstico pero observamos con cautela en su ejecución. Que la energía sea la restricción vinculante no significa que cualquier inversión en utilities, redes o minerales críticos vaya a salir bien: son sectores intensivos en capital, sensibles a la regulación y a los tipos, y con horizontes de maduración largos. El propio informe sitúa al capital privado como vehículo natural, lo que para un inversor minorista europeo implica iliquidez y comisiones que hay que dimensionar bien. La idea es excelente; la implementación exige el mismo rigor de selección de gestor que BlackRock reclama, con acierto, para el crédito privado. En resumen: un documento que recomendamos leer no por sus recomendaciones tácticas concretas, sino por el marco mental —reconciliar órdenes de magnitud, asumir que no hay neutralidad, vigilar la energía— con el que enfrentar 2026.