Hay informes de perspectivas que se limitan a repasar el año que viene clase de activo por clase de activo. El Private Markets Outlook 2026 de BlackRock hace eso, pero lo cuelga de una idea que merece la pena retener porque cambia la forma de pensar la cartera: el continuum. Durante décadas hemos enseñado a los inversores a ver dos mundos separados por un muro. A un lado, los mercados cotizados: líquidos, accesibles, transparentes. Al otro, los privados: ilíquidos, difíciles de acceder, opacos. La tesis del documento es que ese muro se está convirtiendo en un degradado. Nuevas estructuras de fondo, nuevas soluciones de liquidez y, sobre todo, mucha más información están colocando a los activos privados en una relación menos binaria con los cotizados —"y en algo más parecido a un continuum", en palabras del propio informe.
El dato que mejor ilustra el cambio de fondo es estructural y poco glamuroso: en Estados Unidos el número de compañías cotizadas domésticas ha caído desde unas 8.000 a mediados de los noventa hasta menos de 4.500 hoy. Las empresas se quedan privadas más tiempo, se financian más tiempo en el mercado privado y, cuando salen, lo hacen tarde. Para un inversor que quiera capturar el conjunto completo de oportunidades —y muy en particular la inteligencia artificial, cuyos líderes emergentes son accesibles sobre todo vía venture, growth equity y crédito privado— quedarse solo en lo cotizado equivale a renunciar a una parte creciente del universo. De ahí el desplazamiento que BlackRock describe: del clásico 60/40 hacia carteras 50/30/20, donde ese 20% son activos privados.
Crédito privado: la volatilidad como aliada estructural
El primer eje del informe, y probablemente el más accionable, es el crédito privado. La tesis de BlackRock no es coyuntural sino de mecanismo: cada episodio de volatilidad elevada acaba trasladando cuota de financiación de la banca y del mercado sindicado hacia los prestamistas privados, y esa cuota no vuelve atrás cuando la calma regresa. Lo vivido en 2025 lo ilustra. El repunte de volatilidad por la política arancelaria secó el mercado de préstamos sindicados tras un primer trimestre fuerte: la nueva emisión de préstamos ampliamente sindicados en abril de 2025 fue la más baja desde agosto de 2024, apenas 7.000 millones de dólares, y se retiraron del mercado 13 operaciones por 10.700 millones.
El argumento que conviene entender es por qué el efecto es permanente. Cuando el mercado sindicado se cierra, el prestamista privado ofrece algo que el prestatario valora por encima del precio: certeza de ejecución. Y una vez que una empresa ha financiado una operación de M&A o ha resuelto un vencimiento crítico recurriendo al crédito privado, queda dispuesta a pagar la prima de financiación asociada incluso después de que la volatilidad ceda. BlackRock lo formula como un cambio de mentalidad acumulativo: cada susto añade prestatarios a la base estructural del crédito privado. El gráfico que sintetiza esta dinámica superpone la cuota de mercado del crédito privado en la actividad de préstamo con el índice VIX desde 2014, y la lectura es difícil de discutir: la línea de cuota ha trepado del 3% a cerca del 10%, con saltos que siguen a los grandes picos de volatilidad.

Dentro del crédito privado, BlackRock destaca dos frentes de crecimiento para 2026. El primero es la financiación basada en activos (asset-based finance), un mercado que estima en torno a los 26 billones de dólares y donde la penetración privada todavía es mínima frente al más del 10% que ya alcanza en el crédito corporativo. Son flujos de caja contractuales sobre activos de vida larga —desde centros de datos y flotas de vehículos hasta regalías musicales—, con correlaciones bajas frente al préstamo corporativo y, por tanto, buen complemento de cartera. El segundo es el private high-grade, el crédito privado de alta calidad, cuya emisión en 2025 va camino de superar los 150.000 millones de dólares tras el récord de 125.000 millones de 2024. Aquí la oportunidad más atractiva, según el informe, está en la originación directa: negociar con el prestatario sin intermediarios permite capturar no solo mayor rentabilidad sino protecciones a medida —covenants, gatillos de amortización, garantías de la matriz—.
Private equity: la liquidez se resuelve en el secundario
El segundo eje es el private equity, y el diagnóstico de BlackRock es honesto: la clase está en transición. Tras años de captación y rentabilidad sólidas, el foco se ha desplazado a la liquidez. Con las salidas a bolsa y el M&A renqueando, los partícipes necesitan recuperar capital para poder comprometerlo en nuevas añadas, y la herramienta que ha pasado de recurso de emergencia a instrumento de gestión ordinaria es el mercado secundario.
Los números del primer semestre de 2025 son elocuentes. Los limited partners representaron 56.000 millones de dólares de volumen cerrado en secundarios, un 40% más que en el mismo periodo de 2024 —que ya había sido récord—. Los general partners, por su parte, lideraron 47.000 millones, un 68% más interanual, en buena medida a través de vehículos de continuación que les permiten seguir gestionando activos de alta convicción mientras dan salida a los inversores existentes. Y lo más relevante para entender la madurez del mercado: la motivación dominante de los vendedores ya no es la liquidez forzada, sino la gestión proactiva de cartera. El gráfico de motivaciones de venta lo muestra con claridad —la gestión de cartera pasó a ser el primer motivo en 2024, con un 51% frente al 33% que pesaba la búsqueda de liquidez, justo al revés de lo que ocurría en 2023—, señal de que el secundario se ha normalizado como herramienta de rebalanceo, no como último recurso.

Ese auge del volumen tiene un efecto colateral que conviene vigilar: la pólvora seca disponible de los gestores de secundarios cayó a 171.000 millones de dólares a mitad de año, desde los 216.000 millones de cierre de 2024. Comparada con los 197.000 millones de volumen de los últimos doce meses, equivale a menos de un año de capacidad. Es decir, hay más oferta de carteras a la venta que capital para comprarlas, un desequilibrio que tiende a abaratar las valoraciones para el comprador disciplinado. A ese desequilibrio se suma una base compradora concentrada: los ocho mayores compradores del secundario controlan el 50% de la pólvora seca disponible. Para BlackRock, el segundo gran frente del private equity, junto al secundario, es el growth equity —compañías maduras que se quedan privadas más tiempo, muchas de ellas nativas de IA— y las coinversiones directas, que ganan terreno porque dan al inversor control, transparencia y eficiencia de costes.
La lectura de cartera: cada clase, su propia regla
Donde el informe deja la aportación más fina para quien construye carteras es en su capítulo de soluciones de cartera. El mensaje es contraintuitivo y por eso vale la pena subrayarlo: los activos privados no se diversifican todos igual, y aplicar la misma regla de "más posiciones es mejor" a las tres grandes clases es un error. BlackRock modeló 100.000 simulaciones sobre buyouts, crédito privado e infraestructura, y el resultado es que cada clase tiene un perfil de riesgo-retorno distinto que exige un tamaño de operación distinto.

La intuición detrás del gráfico es elegante. En crédito privado el recorrido al alza está naturalmente acotado —un préstamo, como mucho, te devuelve el principal más el cupón—, de modo que lo que se hace al añadir operaciones es diversificar el riesgo de impago: cada préstamo adicional reduce la probabilidad de que un evento idiosincrático arruine la rentabilidad. Por eso el beneficio marginal de aumentar el número de posiciones es el mayor de las tres clases. En buyouts, en cambio, los grandes ganadores tiran de la media hacia arriba pero la mediana se queda más abajo: una sola operación concentra un riesgo elevado de pérdida de capital, mientras que carteras de 15 a 20 operaciones convergen hacia la media y reducen la probabilidad de malos resultados. Y en infraestructura la lógica se invierte: conviene concentrar en menos operaciones pero de mayor tamaño. Alinear el tamaño de la inversión con la distribución de retornos de cada clase, concluye BlackRock, permite a la vez mayores retornos medianos y menor volatilidad.
La lectura de Maya
El continuum de BlackRock es una buena metáfora comercial, pero conviene leerla con la cabeza fría de quien gestiona patrimonio, no de quien vende producto. Tres matices.
Primero, el argumento del crédito privado es genuinamente sólido en su mecanismo —la volatilidad desplaza financiación hacia lo privado y no la devuelve—, pero precisamente por eso hay que vigilar la otra cara: la prima que el prestatario paga por "certeza de ejecución" es el reverso de un mercado donde la competencia por colocar capital aprieta los diferenciales y relaja las condiciones. Cuando un informe de un gestor que está expandiendo agresivamente su plataforma de crédito privado —BlackRock integró HPS en 2025— nos dice que su clase de activo va a crecer, la tesis puede ser correcta y el conflicto de interés existir a la vez. Ambas cosas son ciertas.
Segundo, la pólvora seca menguante del secundario es a la vez la oportunidad y la advertencia. Que haya más carteras a la venta que capital para comprarlas abarata el activo para el comprador paciente; pero un mercado donde ocho compradores controlan la mitad del capital disponible no es un mercado profundo, y la liquidez que hoy parece estructural puede estrecharse rápido en el próximo episodio de estrés. La promesa de los vehículos evergreen y semilíquidos —suscribir y reembolsar con regularidad— solo se sostiene mientras nadie quiera reembolsar todos a la vez.
Tercero, y es lo más útil del documento, la idea de que cada clase privada tiene su propia regla de diversificación. Es exactamente el tipo de disciplina que diferencia una asignación a alternativos bien hecha de una colección de fondos comprados por moda. Diversificar mucho en crédito, concentrar en infraestructura y buscar el punto medio en buyouts no es un eslogan: es construcción de cartera. Para el inversor con el tamaño y el horizonte adecuados, el 20% privado de la cartera 50/30/20 puede tener sentido. Pero el acceso, los costes, la iliquidez real —no la prometida— y la selección del gestor siguen siendo las variables que deciden el resultado, mucho más que el relato del continuum.
