Cada cierto tiempo aparece un texto que no pretende vender un fondo ni colocar un producto, sino reordenar de raíz cómo pensamos sobre un sector entero. Energy Predictions 2025, firmado por el ingeniero y emprendedor Casey Handmer, es uno de ellos. Handmer no es un analista de banca de inversión ni un estratega de gestora: es un físico formado en el Jet Propulsion Laboratory de la NASA, reconvertido en fundador de Terraform Industries, una empresa que fabrica gas natural sintético a partir de aire, agua y electricidad solar barata. Su escrito es un manifiesto deliberadamente optimista sobre el futuro de la energía, y precisamente por eso merece una lectura atenta y crítica: mezcla observación técnica de primer nivel con saltos especulativos que conviene saber distinguir. Lo que sigue es un recorrido por sus tesis principales, con el contexto y el criterio que el propio texto, por su naturaleza propagandística, no ofrece.
El punto de partida: una riqueza energética colosal
Handmer arranca con una radiografía del consumo energético estadounidense. Estados Unidos consume cada año unos 100 cuatrillones de BTU (unidades térmicas británicas), de los cuales en torno a 80 nacen como carbón, petróleo o gas, y aproximadamente un tercio del total alimenta la red eléctrica. El dato que más le interesa subrayar es casi antropológico: menos del 1% de esa energía se destina a alimentos, una proporción que mide la abundancia energética de la sociedad industrial frente a la de nuestros antepasados preindustriales, que dedicaban la mayor parte de su esfuerzo a producir calorías.
Figura 1. Consumo energético estimado de EE. UU. en 2023 (93,6 quads) — Fuente: Lawrence Livermore National Laboratory, reproducido en «Energy Predictions 2025» de Casey Handmer.
El diagrama de Sankey que acompaña esta sección —elaborado por el Lawrence Livermore National Laboratory, una referencia clásica en la materia— visualiza ese mapa de flujos: de dónde sale la energía y a dónde va, distinguiendo la fracción útil de la que se pierde como calor residual. Es un buen recordatorio de una verdad incómoda para el discurso de la eficiencia: gran parte de la energía primaria se disipa antes de cumplir función alguna, sobre todo en la generación térmica y el transporte de combustión. Esa ineficiencia estructural es, de hecho, uno de los argumentos de fondo de Handmer: un sistema eléctrico directo, alimentado por sol y baterías, evitaría buena parte de esas pérdidas.
La curva que lo explica casi todo
Si hay un gráfico que sostiene todo el edificio argumental, es el de la curva de aprendizaje de la energía solar. Handmer afirma que la tasa de aprendizaje ponderada por producción del fotovoltaico es del 48%, y que el coste de los módulos está cayendo hasta un 20% al año, el doble del ritmo de hace un lustro. Traducido: cada vez que se duplica la producción acumulada, el coste por vatio se reduce casi a la mitad.
Figura 2. Curva de aprendizaje del coste solar fotovoltaico, 1976-2025 — Fuente: «Energy Predictions 2025» de Casey Handmer.
El gráfico, en escala doblemente logarítmica, recorre medio siglo de datos: desde 1976, con módulos a unos 100 dólares por vatio, hasta 2025, ya por debajo de los 0,1 dólares. La nube de puntos cae en línea casi recta, lo que en una escala log-log indica una reducción de coste exponencial y sostenida. Handmer dibuja dos rectas de ajuste —una histórica del 26% y otra reciente, más empinada, del 48%— para argumentar que el abaratamiento no solo continúa, sino que se acelera. De aquí extrae su primera predicción rotunda: la producción primaria de energía será mayoritariamente solar. El carbón mengua, la nuclear permanece plana y, en sus palabras, «no hace falta ser Sherlock Holmes» para ver hacia dónde sopla el viento.
Conviene matizar. Las curvas de aprendizaje son reales y el descenso de costes del fotovoltaico es uno de los fenómenos económicos más espectaculares de las últimas décadas. Pero extrapolar una recta logarítmica indefinidamente hacia el futuro es un ejercicio arriesgado: el coste del módulo es solo una parte del coste del sistema instalado, donde pesan terreno, conexión, permisos y mano de obra, partidas mucho más rígidas y no necesariamente sujetas a la misma curva.
La red que encoge y el poder que se democratiza
La segunda gran tesis es contraintuitiva. ¿Hace falta expandir drásticamente la red eléctrica para «metabolizar» las renovables? La respuesta de Handmer es un no rotundo. Su argumento es que las baterías —que llevan «ganando» una década con costes en caída libre y producción al alza— resuelven el problema de la intermitencia de forma distribuida, sin necesidad de una red gigantesca. La asignación de baterías per cápita, señala, ha pasado de unos gramos a varias toneladas en una sola generación.
De ahí deriva una visión casi libertaria: baterías en todas partes —en placas solares, detrás del contador, en vehículos, casas, postes, subestaciones, escuelas y electrodomésticos—. El ejemplo que esgrime es revelador: Pakistán habría volcado en apenas dos años buena parte de su consumo doméstico hacia solar y baterías, del mismo modo que muchos países en desarrollo saltaron directamente al móvil sin cablear nunca la telefonía fija. La consecuencia política le entusiasma: el poder de mercado se desplazaría del monopolio de la eléctrica hacia «confederaciones amorfas» de demanda detrás del contador, en forma de baterías en red. Es una idea atractiva, pero también un punto ciego típico del tecno-optimismo: ignora que las redes cumplen funciones de resiliencia, equidad y seguridad que un archipiélago de baterías privadas no replica de forma automática.
Centros de datos: de villanos a proveedores netos
Aquí Handmer se enfrenta de cabeza al gran relato energético de 2025: que los centros de datos de inteligencia artificial disparan los precios y devoran toda la electricidad disponible. Su lectura es otra: los centros de datos no causan el problema, sino que destapan la podredumbre de una industria de generación y distribución incapaz de satisfacer la demanda desde hace años.
Su predicción es provocadora. Ante la escasez de turbinas de gas, los hiperescaladores construirán sus propias plantas cautivas de solar más baterías, ya competitivas frente al gas en las zonas soleadas del planeta. Con un sobredimensionamiento de 10x en paneles y baterías bastaría, según su cálculo, para garantizar más del 99,5% de tiempo operativo a las GPU. Y aquí llega el giro: esas plantas cautivas estarían recortando (curtailing) en torno al 75% de la energía generada, de modo que podrían verter el excedente a la comunidad casi todos los días del año. Los centros de datos, lejos de ser sumideros de energía, se convertirían en fuentes netas para su entorno, con una utilización superior a la de cualquier central térmica convencional. En cinco años, sostiene, el poder de mercado entre eléctricas y centros de datos se invertiría.
Es una de las ideas más sugerentes del texto y, a la vez, una de las más especulativas. El sobredimensionamiento masivo de solar y baterías es técnicamente posible, pero su economía depende por completo de que el coste del almacenamiento siga cayendo al ritmo que Handmer da por descontado.
Calor en la arena, combustibles del aire y minas de roca
El tramo final acumula predicciones de creciente audacia. Para el almacenamiento estacional —el talón de Aquiles de las renovables en climas fríos—, Handmer recuerda una distinción elegante: guardar electricidad durante meses es caro, pero guardar calor es barato. Cita el proyecto de Standard Thermal, que insufla aire caliente en una pila gigante de arena durante el verano y revierte el ventilador en invierno para extraer el calor; una especie de geotermia artificial, autoaislante y escalable. Frente a ello, señala con realismo que las bombas de calor, pese a su eficiencia, tienen baja adopción porque equivalen a «una apuesta a 20 años sobre el precio futuro de la energía» que pocos propietarios quieren asumir.
Llega después a su terreno: los combustibles sintéticos. En Terraform Industries, su empresa, convierten electricidad solar barata, aire y agua en gas natural sintético y otros hidrocarburos vía CO₂ capturado e hidrógeno electrolizado. Su pronóstico es categórico: en cinco años el proceso será preferido en coste en todos los mercados de importación de hidrocarburos, y el petróleo y el gas geológicos «nunca volverán a competir». Aquí el lector debe encender todas las alarmas de objetividad: Handmer está prediciendo el éxito comercial de su propio negocio. Es legítimo que crea en él, pero el texto deja de ser análisis para convertirse en argumentario de inversión, y así debe leerse.
Cierran el documento dos pinceladas geopolíticas y una casi de ciencia ficción. El Reino Unido aparece como la única gran economía industrial incapaz de cubrirse solo con sol —por su alta densidad de población y su latitud— y se le emplaza a elegir entre «un futuro donde la energía es barata y es rico, o uno donde es cara y es pobre», apostando por la eólica vertical integrada a 10 dólares por MWh. Y, ya en el límite de lo especulativo, sugiere que la energía ultrabarata cambiará la minería —refinerías de roca basáltica en la cantera local en lugar de minas en los confines del planeta— y permitirá irrigar desiertos costeros con agua desalinizada, de Australia a Chile o el Golfo. Ideas fascinantes, sin duda, pero que conviene archivar bajo la etiqueta de hipótesis de muy largo plazo, no de previsión a cinco años.
Cómo leerlo
Energy Predictions 2025 es a la vez un documento valioso y un texto que exige cautela. Valioso porque sintetiza, con rigor técnico y claridad expositiva poco comunes, las dinámicas reales que están transformando la energía: el abaratamiento exponencial del fotovoltaico, el avance imparable del almacenamiento y la creciente competitividad de los sistemas distribuidos. Pero exige cautela porque su autor no es un observador neutral: es parte interesada en el desenlace que predice, ignora de forma sistemática las fricciones políticas, regulatorias, de capital y de permisos, y tiende a presentar como inevitable lo que es, a lo sumo, plausible. La transición energética que describe probablemente ocurra en buena medida; pero el calendario, los precios y los muchos obstáculos del camino real raramente se pliegan a la elegancia de una recta en escala logarítmica. Leído con esa lente —entusiasmo informado de un lado, escepticismo saludable del otro—, es uno de los textos más estimulantes que se pueden leer hoy sobre el futuro de la energía.
