Hay estudios que importan no por lo que descubren sino por lo que confirman. El ETFs and Beyond Study que Charles Schwab publica cada año —elaborado con la firma independiente Logica Research, con la que lleva más de una década midiendo el comportamiento del inversor en ETFs— es uno de ellos. La edición de 2025 encuestó a 2.000 inversores estadounidenses entre el 25 de julio y el 14 de agosto de 2025: 1.000 inversores en ETFs (que habían comprado o vendido un ETF en los dos años previos) y 1.000 no-inversores en ETFs (al menos familiarizados con el producto). Todos con un mínimo de 25.000 dólares en activos invertibles y entre 25 y 75 años.
El resultado no es una sorpresa, pero sí una confirmación con número detrás: el ETF ha dejado de ser un producto que se elige frente al fondo tradicional y se ha convertido en el vehículo por defecto del inversor que ya lo ha adoptado. Para una EAF como BISSAN, que construye carteras y asesora sobre asignación de activos, el interés no está en el marketing del vehículo sino en lo que el dato revela sobre expectativas, comportamiento y los puntos donde el asesoramiento sigue aportando valor.
El ETF ya no compite: es el default
El titular del estudio es contundente. El 93% de los inversores en ETFs está de acuerdo con que los ETFs son una parte necesaria de su cartera, y el 82% los declara directamente su vehículo de inversión preferido. Estas no son cifras de adopción incipiente; son cifras de un producto normalizado, instalado en el centro de la cartera del inversor que lo usa.

La lectura correcta de este dato exige matizar la base: la encuesta pregunta a quien ya invierte en ETFs, de modo que mide intensidad de adopción, no penetración sobre el total del mercado. Pero ahí está precisamente la señal. Cuando un inversor cruza el umbral del primer ETF, no lo trata como una posición táctica más: lo integra como pilar estructural. El 66% de los encuestados compró su primer ETF en 2020 o después —son inversores "nuevos"— y, sin embargo, ya dedican una proporción de cartera similar a la de los inversores más veteranos. La curva de adopción y la curva de convicción se han comprimido: hoy el inversor pasa de descubrir el ETF a apoyarse en él en cuestión de pocos años, no de una década.
Esto tiene una consecuencia directa para quien asesora. La conversación de "fondo de inversión frente a ETF" está, en gran medida, zanjada en la mente del cliente que ya ha entrado. El terreno donde el asesor aporta valor se desplaza: ya no se trata de justificar el vehículo, sino de decidir qué exposición, a qué coste y con qué papel dentro del conjunto —y de evitar que la facilidad operativa del ETF degenere en sobreoperativa o en una colección inconexa de apuestas tácticas.
Más asignación, y la expectativa de seguir subiendo
La segunda señal es de momentum, no solo de nivel. El 61% de los inversores en ETFs aumentó su asignación a estos productos en 2025, y el 75% afirma que es "extremadamente probable" que compre un ETF en los próximos dos años. No es un mercado que se haya estabilizado tras adoptar: es un mercado que sigue reasignando hacia el vehículo.

Las expectativas a futuro refuerzan la dirección. La proporción media de cartera invertida en ETFs pasa del 27% actual al 34% esperado a cinco años, según los propios encuestados. Y un dato que conviene leer con cautela pero que marca tendencia: el 62% se plantearía poner toda su cartera (excluyendo liquidez) en ETFs, frente al 50% en 2020. Entre los inversores más nuevos esa cifra sube al 70%.
¿De dónde saldría ese dinero? Según el estudio, principalmente de acciones individuales (62%) y fondos de inversión tradicionales (52%), seguidos de bonos individuales (40%) y dinero nuevo aún por invertir (38%). Es decir, el ETF crece sustituyendo la selección directa de valores y el fondo activo tradicional —exactamente el patrón de migración hacia vehículos de bajo coste y diversificación inmediata que lleva años caracterizando al mercado estadounidense.
Para BISSAN, este apartado tiene una lectura de gestión del riesgo más que de entusiasmo. Un inversor que aspira a tener "toda la cartera en ETFs" sigue necesitando decidir qué hay dentro de esos ETFs: la diversificación de envoltorios no equivale a diversificación de riesgos. La aparente sencillez del vehículo puede ocultar concentraciones —geográficas, sectoriales o de factor— que solo emergen al mirar las posiciones subyacentes. La metodología de control del riesgo no cambia porque cambie el envoltorio.
Hacia dónde apunta el dinero: las clases de activo
Más allá de cuánto crece el vehículo, el estudio detalla qué clases de activo piensan comprar vía ETFs los inversores el próximo año. El reparto dibuja una cartera clásica, con sesgo doméstico y alguna novedad que conviene leer con cabeza fría.

La renta variable estadounidense sigue siendo, con diferencia, la clase de activo número uno: el 52% planea invertir en U.S. Equities vía ETFs. Detrás aparece un empate revelador entre la renta fija (Bonds/Fixed Income, 45%) y las criptomonedas (Cryptocurrencies, 45%), seguidas de mercados emergentes (41%), activos reales (Real Assets, 40%), mercados desarrollados ex-EE. UU. (29%) y alternativos (26%).
Dos lecturas para el asesoramiento. La primera, el peso de la renta fija: que casi la mitad de los encuestados planee comprar bonos vía ETFs confirma el regreso de esta clase de activo al centro de la cartera, algo que retomamos en el siguiente apartado. La segunda, y más llamativa, es el empate de las criptomonedas con la renta fija. Conviene situarlo en contexto: se trata de inversores minoristas estadounidenses y la cifra mide intención declarada, no asignación efectiva ni adecuación a un plan. Es un dato del estudio que ilustra el apetito del minorista norteamericano, no una recomendación. En BISSAN las criptomonedas no forman parte de las carteras que asesoramos: su elevada volatilidad, la ausencia de flujos de caja y la dificultad para anclar una valoración las dejan fuera de un marco de gestión del riesgo orientado a objetivos patrimoniales.
La renta fija vuelve, y el ETF activo deja de ser una rareza
Si hay un dato que un asesor europeo debe subrayar de este estudio es el de la renta fija. El interés por los bonos sigue siendo fuerte: el 40% de quienes ya invierten en renta fija piensa aumentar posiciones el próximo año (frente al 37% en 2024), el 50% las mantendrá igual y solo un 7% prevé reducirlas. Y la razón que más crece para reforzar bonos es la expectativa de un entorno de tipos altos durante un tiempo prolongado (48% lo cita, frente al 37% en 2024), por delante de los motivos clásicos de renta (61%) y diversificación (59%). Es una señal de que el inversor minorista ha interiorizado el cambio de régimen de tipos y vuelve a tratar la renta fija como fuente de renta y diversificación real, no como un activo residual.
Sobre la composición de la cartera de ETFs, el estudio aporta otro matiz que merece atención profesional. El 62% de los inversores ya posee ETFs de gestión activa, que representan de media un 32% de su cartera de ETFs, y dos tercios planean invertir tanto en ETFs indexados (66%) como activos (65%) el próximo año. El ETF activo ha dejado de ser una rareza. Esto desmonta la ecuación simplista "ETF igual a indexación pasiva": el envoltorio se ha desacoplado de la estrategia, y dentro del formato ETF conviven hoy réplica de índice, gestión activa, exposiciones temáticas y estrategias de nicho. La decisión relevante ya no es el vehículo, sino la estrategia que viaja dentro de él.
Más de la mitad de los inversores (53%) describe su cartera de ETFs como "principalmente core con algunos ETFs tácticos o de nicho", y un 18% la mantiene enteramente en ETFs core de largo plazo. Es una composición sensata: el grueso estructural en exposiciones amplias y baratas, y un margen acotado para apuestas tácticas. El riesgo, desde la óptica del asesoramiento, aparece cuando esa proporción se invierte y la cartera se llena de productos de nicho que el inversor no sabría justificar dentro de un plan coherente.
Cómo eligen: el coste sigue mandando
Si hay un hilo que recorre todo el estudio es el del coste. Preguntados por los factores que pesan al elegir un ETF, el coste total (Total cost) es el más citado como "extremadamente importante" (59%, arriba desde el 57% en 2024), por delante de la reputación del proveedor (55%) y de la rentabilidad histórica (53%). Un 94% está de acuerdo con que los ETFs les ayudan a mantener los costes bajos en su cartera.
El matiz generacional es útil: son los millennials quienes con más frecuencia señalan el coste como el factor más importante (28%, frente al 16% de la Generación X y el 7% de los boomers). La sensibilidad al coste, lejos de relajarse, se intensifica en las cohortes más jóvenes —las mismas que más rápido aumentan su asignación a ETFs.
Aquí aparece, no obstante, una tensión que un asesor debe nombrar con honestidad. El mismo inversor obsesionado con el coste declara estar dispuesto a pagar más por gestión activa cuando busca batir al índice (63%), acceder a estrategias o clases de activo no disponibles en ETFs indexados (51%) o protección a la baja en mercados volátiles (45%). Es la contradicción de siempre: se quiere lo barato y, a la vez, lo que promete más. El papel del asesoramiento es precisamente arbitrar esa tensión con datos —cuándo el coste adicional de la gestión activa está justificado por la exposición que aporta y cuándo es simplemente coste que erosiona la rentabilidad esperada.
La lectura de Maya
El estudio de Schwab confirma lo que ya intuíamos, pero conviene extraer las implicaciones operativas para el asesoramiento patrimonial, más allá del titular de adopción.
Primero: el vehículo ha ganado, la decisión de cartera sigue abierta. Que el 93% considere el ETF imprescindible y el 62% se plantee meter toda la cartera dentro no resuelve ninguna de las preguntas que de verdad determinan el resultado de un inversor: qué clases de activo, en qué proporción, con qué horizonte y con qué control del riesgo subyacente. La facilidad del ETF puede crear una falsa sensación de simplicidad. Un cliente con "toda la cartera en ETFs" puede estar tan concentrado o tan mal diversificado como uno con acciones sueltas si no se mira el interior. El valor del asesoramiento no desaparece con el ETF: se desplaza del envoltorio al contenido.
Segundo: el dato de renta fija es la señal macro más relevante. Que el 40% de los inversores en bonos piense aumentar posiciones, y que lo haga porque espera tipos altos de forma prolongada, indica que el inversor minorista estadounidense ha normalizado el nuevo régimen de tipos. Tras una década de represión financiera, la renta fija vuelve a ser una fuente legítima de renta y de diversificación. Es coherente con el enfoque de gestión del riesgo de flujo de caja que practicamos: cuando los bonos vuelven a pagar, la construcción de cartera recupera una palanca que estuvo anestesiada años.
Tercero: el coste es necesario pero no suficiente. El obsesivo foco en el coste total —reforzado entre los más jóvenes— es sano y alineado con la evidencia. Pero el propio estudio muestra que el inversor está dispuesto a pagar por gestión activa cuando cree que aporta. El riesgo es que esa disposición se canalice mal: persiguiendo rentabilidades pasadas o modas temáticas. Aquí, el asesor independiente cumple su función más genuina —separar el coste que compra exposición valiosa del coste que solo compra narrativa.
En suma, un estudio que vale como termómetro de hacia dónde va la cartera del inversor minorista. El ETF ha ganado la batalla del formato. La batalla que sigue importando —la de construir una cartera coherente con los objetivos y el riesgo de cada familia— no la gana ningún vehículo: la gana el criterio.
