Cada principio de año, el analista Dan Wang —antiguo residente en China durante la década de 2010, y desde 2025 en Stanford tras su paso por Yale— publica una larga carta de balance. La de 2026, que repasa el año 2025, es menos un informe de inversión que un ensayo de geopolítica tecnológica con voz de cronista. Pero contiene una tesis que cualquier inversor de largo plazo debería tomarse en serio: Occidente, y en particular Estados Unidos, sigue subestimando de forma sistemática el avance industrial chino, y lo hace por las razones equivocadas.
Lo recogemos aquí no porque compartamos cada juicio de Wang —es una opinión personal, no un análisis de casa de valores—, sino porque articula con una claridad poco común el marco mental con el que conviene leer la competición entre las dos mayores economías del mundo. Y porque desinfla con elegancia uno de los relatos más inflamables del mercado actual: el de la inteligencia artificial como carrera con una meta y un único ganador.
Dos potencias humorless
Wang arranca con una provocación: Silicon Valley y el Partido Comunista chino se parecen más de lo que ninguno de los dos admitiría. Ambos son "serios, autocomplacientes y, de hecho, completamente carentes de humor". Ambos hablan en dos registros: el corporativo insulso de las comparecencias y el filosófico-apocalíptico de las profecías sobre la IA. Y ambos, dice, ganan precisamente porque son implacables: sus iniciativas aumentan su propia centralidad mientras debilitan la capacidad de actuación de los estados-nación.
Es una imagen literaria, pero apunta a algo sustantivo para quien invierte: dos de las fuerzas más poderosas que dan forma al mundo actual comparten una cultura insular. San Francisco y Pekín son, según Wang, las dos ciudades más cerradas en las que ha vivido —lugares donde la gente está dispuesta a arriesgar el apocalipsis cada día con tal de alcanzar la utopía—. La diferencia es que las élites de Pekín están obligadas a pensar en el resto del país y del mundo; las de San Francisco, en cambio, dejan de pensar en el mundo en cuanto llegan.
Alucinando el fin de la historia
El núcleo crítico del ensayo es la IA. Wang se declara explícitamente no escéptico de la IA, sino escéptico de un concepto concreto: la decisive strategic advantage (ventaja estratégica decisiva), término acuñado en el libro Superintelligence de Nick Bostrom (2014) y definido como una tecnología capaz de lograr "el dominio mundial completo".
La lógica de quienes creen en la DSA es la siguiente: si una superinteligencia puede, una vez superado cierto umbral, automejorarse "en semanas u horas" y otorgar a quien la controle una ventaja científica insuperable, entonces tiene sentido lanzar casi todo a conseguirla primero —y bloquear al adversario—. Es la justificación, recuerda Wang, de los controles a la exportación de semiconductores que la administración Biden desplegó en 2022.
El problema, advierte, es doble. Primero, epistemológico: el debate colapsa de inmediato en lo utópico o lo apocalíptico —"la IA será lo mejor o lo peor que haya pasado nunca", en la célebre frase de Sam Altman—, lo que fuerza un pensamiento obsesivamente cortoplacista en el que nadie se ocupa ya de los problemas de los próximos cinco o diez años. Segundo, fáctico: aunque un laboratorio estadounidense alcanzara la superinteligencia, no es evidente que EE. UU. pudiera mantener el monopolio, igual que no lo mantuvo con la bomba atómica. Los modelos chinos —DeepSeek, Qwen— van por detrás, "pero no por años", y al ser de pesos abiertos han encontrado clientes receptivos en el extranjero, a veces dentro de las propias tecnológicas estadounidenses.
A esto Wang añade una observación incómoda sobre la concentración del riesgo. Cita a Dean Ball, coautor del plan de acción de la Casa Blanca sobre IA: "la economía de EE. UU. es cada vez más una apuesta altamente apalancada sobre el deep learning". Wang lo considera "impropio de la mayor economía del mundo" estar tan apalancada en una sola tecnología: es una estrategia más adecuada para un país pequeño. Para un gestor de patrimonio, la traducción es directa —cuando una sola narrativa concentra el capital, el riesgo de cola crece, no se diluye—.
El motor tecnológico que zumba
La segunda mitad sustantiva de la carta es la más relevante desde el punto de vista de inversión: por qué China seguirá ganando cuota tecnológica. Wang ofrece datos concretos, no impresiones.
El argumento de la energía es el más contundente. Por capacidad de generación eléctrica, China pasó de ser un tercio de EE. UU. en el año 2000 a más de dos veces y media la capacidad estadounidense en 2024; la de EE. UU. apenas se ha movido desde 2000. Si la superinteligencia exige, como dicen sus arquitectos, una "supercarga" de energía, el cuello de botella no estará en los centros de datos —que EE. UU. construye con solvencia—, sino en la electricidad que los alimenta.
El argumento de la productividad industrial lo ilustra con el coche eléctrico, "la punta de lanza" del éxito chino. Según las propias cuentas de Tesla, un trabajador de su Gigafactory en China produce de media 47 vehículos al año; uno de la planta de California, 20. Una regla aproximada: una automovilística estadounidense, alemana o japonesa tarda unos cinco años en concebir y lanzar un modelo nuevo; en China, unos 18 meses. El caso paradigmático es Xiaomi, que prometió entrar en el negocio del coche en 2021 y cuatro años después ya entregaba vehículos —uno de los cuales batió un récord de velocidad en Nürburgring—, frente a Apple, que dedicó diez años y 10.000 millones de dólares a estudiar si entrar en el mercado antes de abandonarlo.
Aquí Wang lanza su dardo más afilado contra el análisis puramente financiero. El valor de mercado de Xiaomi rondaba, cuando escribió, los 130.000 millones de dólares: alrededor de la mitad del de AppLovin, una empresa de publicidad móvil. Lejos de ser un reproche a Xiaomi, dice, ese desequilibrio es "un reproche a las valoraciones financieras". Es una afirmación deliberadamente incómoda —no compartimos que el mercado se equivoque sistemáticamente—, pero conviene retenerla como advertencia: medir la potencia tecnológica de un país solo por capitalizaciones bursátiles puede llevar a conclusiones erróneas sobre dónde se está construyendo capacidad real.
Tres errores recurrentes de Occidente
Wang sistematiza por qué cree que Occidente infravalora a China:
- Esperar que el motor se quede sin gasolina por sí solo —por la demografía, la deuda o un eventual colapso político—. Wang no descarta los vientos en contra, pero sostiene que la demografía importa poco para la tecnología avanzada: no hace falta una población inmensa para producir semiconductores o vehículos eléctricos, como demuestra Corea del Sur pese a tener una de las poblaciones que más rápido se encoge del mundo.
- Atribuir el éxito chino solo a subsidios ("trampa") o robo de propiedad intelectual ("robo"). Son acusaciones legítimas, dice, pero las ventajas chinas van mucho más allá: infraestructura profunda (puertos, ferrocarril, conectividad de datos, electrificación, conocimiento de proceso) y, sobre todo, la ferocidad de la competencia de mercado. Wang llega a afirmar que China encarna hoy "mayor competencia capitalista y mayor exceso capitalista" que la propia EE. UU. —parte de la razón por la que su bolsa se mueve de lado es que los beneficios se compiten entre sí hasta erosionarse—.
- Mantener la distinción entre "innovación" (Occidente) y "escalado" (China). Wang quiere disolverla: los trabajadores chinos innovan a diario en la planta, y por ser el lugar de producción captan mejoras técnicas continuas. EE. UU. puede liderar en ideas nuevas, pero su base manufacturera ha sido pobre comercializándolas —recuerda que Bell Labs inventó la primera célula solar en 1957, y hoy el laboratorio ya no existe y la industria solar se fue a Alemania y luego a China—.
La metáfora con la que cierra esta sección es la del matemático Grothendieck y la nuez: EE. UU. busca soluciones exquisitas y caras, como insertar un cincel en el punto exacto; el ecosistema industrial chino es "más bien un mar que sube", ablandando muchas nueces a la vez.
Sobrevivir al adversario, no derrotarlo
El cierre geopolítico es matizado y conviene no caricaturizarlo. Wang no predice un triunfo total de China. Al contrario: aunque espera que arrolle en las industrias de tecnología avanzada, sostiene que eso no convertirá al país en un éxito amplio. Lleva cinco años atrapado en un crecimiento desinflacionario, con jóvenes que no encuentran empleo ni pareja, y un sistema político cada vez más opaco —este año Xi destituyó a una docena de generales del Ejército Popular de Liberación—. La estrategia china, dice, es construir "la Fortaleza China piedra a piedra" para sobrevivir al adversario, no necesariamente para derrotarlo.
Sobre Europa el tono es netamente más sombrío. Wang la ve perdiendo una batalla en dos frentes —contra China en manufactura y contra EE. UU. en servicios—, con una década de bajo crecimiento que ya muerde: cita el desplome de la cotización de Novo Nordisk, "incuestionablemente uno de los éxitos tecnológicos de Europa, junto a ASML", por la competencia de la estadounidense Eli Lilly. Su frase lapidaria: "Londres tiene los precios de la vivienda de California y los niveles de renta de Misisipi". Es, de nuevo, una opinión —pero una que el inversor europeo no debería despachar a la ligera—.
Por qué lo recogemos
La idea que da título a este artículo es la corrección de marco que Wang propone: dejar de hablar de "ganar la carrera de la IA" y empezar a hablar de "ganar el futuro de la IA". No hay carrera con final claro ni medalla para el primero. Para EE. UU., ganar el futuro significaría construir más energía, revivir su base manufacturera y averiguar cómo lograr que empresas y trabajadores usen realmente la tecnología —no solo entrenar el mejor modelo de razonamiento—.
Es una tesis de opinión, no un dictamen de inversión, y como tal la presentamos. Pero su utilidad para un patrimonio de largo plazo es doble. Primero, como antídoto contra el cortoplacismo: cuando el relato dominante asegura que "la superinteligencia lo resolverá todo" y empuja a ignorar los problemas de los próximos cinco o diez años, conviene recordar, con Wang, que habrá futuro más allá de cualquier fecha de titular. Segundo, como recordatorio de diversificación: una economía —o una cartera— excesivamente apalancada en una sola tecnología es frágil, por brillante que sea esa tecnología. La capacidad de pensar con exactitud en tiempos exaltados, que Wang reivindica al final, es también una virtud de inversor.
