La Agencia Internacional de la Energía (AIE) publicó el 12 de noviembre de 2025 su informe insignia, el World Energy Outlook 2025 (WEO-2025). Es el documento de referencia anual del sector y conviene leerlo con una advertencia metodológica que la propia AIE repite hasta la saciedad: ninguno de sus escenarios es una previsión. Son trayectorias condicionadas a distintas decisiones de política energética, construidas sobre datos y modelización, pensadas para que el lector explore implicaciones, no para acertar el futuro. Esa humildad es, en sí misma, una de las lecturas del informe.
El mensaje vertebrador de esta edición se resume en una frase del propio resumen ejecutivo: en un mundo volátil, la seguridad energética pasa a primer plano. A los riesgos tradicionales sobre el suministro de petróleo y gas se suman ahora restricciones que afectan a los minerales críticos, y un sector eléctrico —columna vertebral de las economías modernas— cada vez más expuesto a amenazas cibernéticas, operativas y meteorológicas. La AIE describe un telón de fondo incómodo: fragilidad geopolítica conviviendo con precios del petróleo contenidos (un mercado con un amplio superávit de oferta sobre demanda), países que priorizan seguridad y asequibilidad pero tiran de palancas distintas, fracturas en el sistema internacional y, pese a todo, un comercio energético más relevante que nunca. Y un dato que enmarca el resto: 2024 fue el año más caluroso registrado y el primero en superar los 1,5 °C por encima de niveles preindustriales.
Tres escenarios, ninguna profecía
El WEO-2025 articula tres escenarios principales. El Current Policies Scenario (CPS) parte solo de las leyes y medidas ya en vigor y ofrece una visión cauta sobre la velocidad de despliegue de las nuevas tecnologías. El Stated Policies Scenario (STEPS) incorpora además políticas formalmente anunciadas aunque no adoptadas y documentos oficiales de estrategia, sin asumir que se cumplan los objetivos más aspiracionales. Y el Net Zero Emissions by 2050 (NZE) es de naturaleza normativa: describe una senda para llevar a cero neto las emisiones de CO2 ligadas a la energía en 2050. Hay un cuarto escenario nuevo, el ACCESS, centrado en lograr acceso universal a electricidad y cocina limpia. Conviene notar una ausencia: este año desaparece el Announced Pledges Scenario, porque la AIE prefiere esperar a tener una imagen más completa de la nueva ronda de contribuciones nacionales (NDC).
Más allá de las divergencias, la AIE identifica elementos comunes a todos los escenarios. El primero es obvio: a medida que crecen economías, población y rentas, el mundo demanda más servicios energéticos —movilidad, climatización, iluminación, y crecientemente datos e inteligencia artificial—. A partir de ahí, cuatro denominadores comunes: el cambio de naturaleza de la seguridad energética con los minerales críticos como vulnerabilidad aguda; la llegada de la era de la electricidad; el desplazamiento del centro de gravedad del sistema energético hacia India y otras economías emergentes más allá de China; y el papel creciente de las renovables, acompañado del regreso de la energía nuclear.
Minerales críticos: la nueva vulnerabilidad
Aquí está, a mi juicio, el cambio conceptual más importante del informe. La seguridad energética ya no va solo de barriles y gasoductos. Un único país es el refinador dominante en 19 de los 20 minerales estratégicos ligados a la energía, con una cuota media en torno al 70%. Son minerales imprescindibles para redes eléctricas, baterías y vehículos eléctricos, pero también para chips de IA, motores de aviación o sistemas de defensa. A noviembre de 2025, más de la mitad de esos minerales estratégicos están sujetos a alguna forma de control a la exportación, en un contexto marcado por los nuevos controles de China sobre tierras raras y componentes de baterías.
El diagnóstico de la AIE es que las fuerzas del mercado, por sí solas, no resolverán el problema: desde 2020, casi todo el crecimiento de la producción refinada vino de los proveedores líderes, de modo que la concentración geográfica ha aumentado en casi todos los minerales clave, con especial intensidad en níquel y cobalto. Revertirlo será lento. Hace falta acción deliberada hoy para reforzar la preparación ante posibles disrupciones y, a más largo plazo, construir nuevas alianzas y proyectos que diversifiquen las cadenas de suministro.
A esta vulnerabilidad se añade la resiliencia física. Un nuevo conjunto de datos de la AIE muestra que las disrupciones operativas recientes en infraestructuras energéticas críticas afectaron al suministro de más de 200 millones de hogares. Las redes de transporte y distribución son el eslabón débil: estuvieron implicadas en cerca del 85% de los incidentes. Y el riesgo meteorológico crece en todos los escenarios, que superan 1,5 °C de forma recurrente hacia 2030.
La era de la electricidad
La demanda eléctrica crece mucho más rápido que el uso total de energía en todos los escenarios: alrededor de un 40% hasta 2035 en CPS y STEPS, y más de un 50% en NZE. El gasto en suministro eléctrico y electrificación de usos finales ya representa la mitad de toda la inversión energética mundial. Aun así, la electricidad supone solo el 21% del consumo final total, pero es la energía clave para sectores que pesan más del 40% de la economía global. De ahí la importancia de un suministro seguro y asequible, y el coste económico y social de apagones como los vistos en 2025 en Chile y la península ibérica.
El gran cuello de botella es la red. La inversión en generación se ha disparado casi un 70% desde 2015 hasta alcanzar 1 billón de dólares anuales, pero el gasto en redes ha crecido a menos de la mitad de ese ritmo, hasta 400.000 millones. El resultado es más congestión, retrasos en las conexiones, vertidos crecientes de eólica y solar, precios negativos en los mercados mayoristas y, en conjunto, electricidad más cara. El almacenamiento en baterías mitiga parte del problema —las adiciones anuales superaron los 75 GW en 2024—, pero las baterías no resuelven las necesidades de flexibilidad estacional.
Dos fuerzas tiran de la demanda. La refrigeración: en el STEPS, el aire acondicionado impulsado por rentas añade unos 330 GW al pico de demanda mundial para 2035, y las mayores temperaturas otros 170 GW. Y los centros de datos y la IA: la inversión en centros de datos alcanzará 580.000 millones de dólares en 2025, superando por primera vez los 540.000 millones que se gastan en el suministro mundial de petróleo. Triplicar el consumo eléctrico de los centros de datos hasta 2035 supone menos del 10% del crecimiento total de la demanda eléctrica, pero está muy concentrado: más del 85% de la nueva capacidad se espera en Estados Unidos, China y la Unión Europea.
Renovables, nuclear y el nuevo mapa de la demanda
Las renovables crecen más rápido que cualquier otra fuente en todos los escenarios, lideradas por la solar fotovoltaica. China sigue siendo el mayor mercado, con un 45-60% del despliegue global en la próxima década, y el mayor fabricante de la mayoría de tecnologías. En 2024 había capacidad para producir más del doble de módulos solares de los realmente instalados y casi el triple de celdas de batería: ese exceso de capacidad mantiene precios competitivos pero genera inquietud comercial.
La nuclear vuelve. Más de 40 países la incluyen ya en sus estrategias, hay más de 70 GW en construcción —uno de los niveles más altos en 30 años— y acuerdos por 30 GW de reactores modulares pequeños (SMR), en buena parte para alimentar centros de datos. La capacidad nuclear mundial aumentará al menos un tercio hasta 2035.
En combustibles fósiles, los escenarios divergen. En el CPS, petróleo y gas siguen creciendo hasta 2050; en el STEPS, el carbón hace pico y el petróleo se aplana hacia 2030, mientras el gas sigue creciendo en los 2030 por cambios en la política estadounidense y precios más bajos. La demanda de petróleo se mueve entre 102 mb/d (STEPS, pico hacia 2030) y 113 mb/d en 2050 (CPS), con los vehículos eléctricos superando el 25% de las ventas nuevas en 2025. En gas, una ola sin precedentes de 300.000 millones de m³ de nueva capacidad de exportación de GNL entrará en operación antes de 2030 —la mitad en EE. UU.—, con un posible exceso de 65.000 millones de m³ en 2030 en el STEPS.
Acceso y emisiones
Pese a todo, unos 730 millones de personas siguen sin electricidad y cerca de 2.000 millones —un cuarto de la población— cocinan con métodos dañinos para la salud. El nuevo escenario ACCESS traza una senda país a país hacia el acceso universal: electricidad en 2035 y cocina limpia en 2040, con 80 millones de personas al año conectándose a la red hasta 2035.
Y el dato que cierra el círculo: las emisiones de CO2 ligadas a la energía alcanzaron un récord de 38 Gt en 2024. En el CPS apuntan a casi 3 °C en 2100; en el STEPS, a 2,5 °C. El sobrepaso de 1,5 °C es ya, según la AIE, inevitable: el NZE solo regresa por debajo de ese umbral hacia 2100 apoyándose en tecnologías de eliminación de CO2 todavía no probadas a gran escala. Diez años después del Acuerdo de París —del que EE. UU. se ha retirado—, las nuevas NDC apenas mueven la aguja respecto al STEPS.
La lectura de Maya
Tres ideas para llevarse. Primera: la seguridad ha desplazado al clima como motor del relato energético, y eso reordena prioridades de inversión. El eslabón verdaderamente frágil no es el barril, sino los minerales críticos y, dentro de la electricidad, la red. Donde la AIE señala el desequilibrio entre 1 billón en generación y solo 400.000 millones en redes, nosotros vemos el embudo estructural del sector: la infraestructura de transporte y distribución, junto con almacenamiento y flexibilidad, es la palanca menos sustituible de toda transición, gane el escenario que gane.
Segunda: la era de la electricidad es la tendencia secular más sólida del informe, y los centros de datos son su acelerador. Que la inversión en data centres supere ya al gasto en suministro de petróleo es un cambio de régimen, no una anécdota. Para una cartera, el riesgo no es elegir la fuente ganadora —fósil, renovable o nuclear—, sino quedarse fuera de la electrificación y de quien la hace posible.
Tercera, en clave de prudencia: la concentración geográfica —de minerales, de fabricación solar y de baterías, e incluso de tecnología nuclear— es a la vez oportunidad de precios y riesgo geopolítico de primer orden. Diversificar exposición energética hoy significa también diversificar dependencia de cadenas de suministro. La AIE no da respuestas cerradas, y hace bien: ofrece un marco de decisión basado en datos. Esa es exactamente la actitud con la que conviene leer cualquier outlook a 25 años, también este.
