Morningstar publica en noviembre de 2025 The Future of Oil to 2050, un informe de su área de Multi-Asset y Equity Research que actualiza su estudio de 2021 sobre la demanda de crudo. El subtítulo resume la tesis sin matices: Resilient demand will keep oil prices afloat through midcentury —la demanda resiliente mantendrá a flote los precios del petróleo hasta mediados de siglo—. Es un mensaje deliberadamente contracorriente. En un momento en que buena parte del discurso financiero da por descontado el ocaso del hidrocarburo, la casa de análisis sostiene que el petróleo tiene todavía cuerda para rato, y que el inversor que apueste a su muerte temprana se equivocará de fecha.

Para BISSAN el informe es relevante por dos motivos. Primero, porque la trayectoria del crudo condiciona la inflación, los costes energéticos de medio mundo y la valoración de un sector —energía— que sigue pesando en cualquier cartera diversificada. Segundo, porque Morningstar no cae ni en el optimismo ciego del lobby petrolero ni en el catastrofismo militante del activismo: construye un escenario base, bottom-up, sector a sector, y lo defiende con números. Esa disciplina metodológica es justamente la que valoramos. Vamos a las cifras.

La tesis central: ni colapso ni eternidad, sino una meseta larga

El número titular es nítido. Morningstar espera que la demanda mundial de petróleo crezca desde los 104 millones de barriles diarios (mmbpd) de 2024 hasta un pico de 108 mmbpd a finales de la década de 2030, para descender después de forma gradual hasta 96 mmbpd en 2050. Eso supone una caída acumulada de apenas el 8% respecto a 2024, o un 0,3% anual. Dicho de otro modo: en 25 años la demanda mundial de crudo apenas retrocede una décima parte. No hay desplome, no hay punto de inflexión brusco, sino una meseta prolongada seguida de un declive suave.

La casa es explícita sobre dónde se sitúa en el espectro de previsiones. Reconoce que no existe un "caso base" de consenso, porque los demás pronosticadores se agrupan en dos familias: los escenarios business-as-usual —que tienden a minusvalorar el avance de las tecnologías verdes— y los escenarios bear, que Morningstar considera directamente irrealistas, porque fijan un objetivo de reducción de emisiones y trabajan hacia atrás desde ahí, sin preguntarse si es alcanzable. La conclusión de la casa: están "mucho más cerca del típico business-as-usual que del caso bear".

Gráfico 1 (Morningstar): comparación de previsiones de demanda de petróleo, en millones de barriles por día (2025-2055). La franja sombreada recoge el rango de escenarios de consenso (bear y business-as-usual) con sus respectivas medias, y la línea de Morningstar Forecast se sitúa en la parte alta, mostrando una demanda resiliente que apenas cede hacia 2050 frente a los escenarios bajistas.

El Gráfico 1 lo ilustra de un vistazo: la previsión de Morningstar (línea destacada) se mantiene en la zona alta del abanico de consenso, claramente por encima de las medias bajistas. La metodología que lo sustenta es un modelo bottom-up que descompone la demanda en diez sectores, cada uno con sus propios drivers. La clave del argumento es que solo algunos de esos sectores son vulnerables a la sustitución del petróleo por la electrificación; en los demás, los sustitutos disponibles no alcanzan la paridad de coste con el crudo que sí se espera para los coches eléctricos.

El reparto sectorial: quién baja y quién dispara

Aquí está el verdadero corazón del informe, y la razón por la que la demanda agregada apenas cede. Mientras unos sectores se electrifican y pierden barriles, otros crecen con fuerza y los compensan.

Del lado bajista, los dos grandes son el transporte ligero y el de mercancías. En vehículos ligeros (25% de la demanda de 2024), Morningstar espera una caída del 36% hasta 2050, a medida que los eléctricos pasen del 3% al 55% del parque mundial. En transporte por carretera (16% de la demanda), la caída esperada es aún mayor, del 47%: aquí la casa es más bajista que el consenso, porque considera que el camión de mercancías es, en realidad, un candidato ideal para la electrificación. La lógica es económica: el eléctrico tiene un coste fijo mayor (la batería) pero un coste variable menor (combustible y mantenimiento más baratos), y cuanto más se conduce, más se aprovecha esa ventaja. Un camión recorre de media unos 95.000 kilómetros anuales en sus primeros diez años, frente a los apenas 12.000 de un turismo: el ahorro de combustible es desproporcionadamente mayor.

Gráfico 2 (Morningstar): demanda de petróleo por sector (detallado), en millones de barriles por día (2000-2048). El área apilada muestra la composición sectorial de la demanda —vehículos ligeros, transporte por carretera, petroquímica, aviación, marítimo, etc.— con la línea de inicio de previsiones en 2024; la tabla adjunta detalla los mmbpd y la cuota de cada sector en 2024 frente a 2050.

El Gráfico 2 desglosa el cuadro completo y permite ver el relevo. Del lado alcista, los protagonistas son la aviación y la petroquímica. En aviación (7% de la demanda), Morningstar proyecta un crecimiento del 85%, impulsado por el alza del tráfico aéreo y la práctica imposibilidad de sustituir el queroseno. La razón técnica es la "fracción de combustible": un avión carga entre el 15% y el 25% de su peso en combustible, frente al 3% de un coche, de modo que las baterías —mucho menos densas energéticamente que los líquidos— son inviables. Los combustibles sintéticos derivados del hidrógeno verde, la única alternativa real, resultarían entre tres y cinco veces más caros que el queroseno, con un coste de abatimiento del CO₂ de entre 500 y 1.000 dólares por tonelada: prohibitivo.

En petroquímica (14% de la demanda), el salto esperado es del 72%, de la mano de una casi duplicación del consumo de plásticos (2,6% anual). El plástico es ubicuo —envases, transporte, textil, construcción— y, pese a un avance ambicioso del reciclaje (la producción secundaria crecería un 5,3% anual), Morningstar cree que la oferta de residuo plástico reciclable pondrá un techo claro a esa sustitución. El resultado neto del relevo sectorial es elocuente: aviación, petroquímica y la categoría "otros" pasan del 33% de la demanda en 2024 al 54% en 2050. Más de la mitad del crudo del medio siglo será, sencillamente, resistente a la disrupción.

Los precios: 65 dólares de midcycle y más de 100 en los años 40

La novedad respecto al informe de 2021 es la previsión de precios, que Morningstar construye combinando su propia visión de demanda con las proyecciones de oferta de Rystad. La firma de análisis energético tiene varios escenarios; la previsión de Morningstar es la más cercana al escenario Rystad 2.2 (correspondiente a un calentamiento global de 2,2 grados a 2100).

El razonamiento de oferta es la clave para entender por qué los precios suben. La producción de los yacimientos existentes está siempre en declive, de modo que —aunque la demanda baje tras el pico— hará falta un desarrollo intensivo de nuevos activos para satisfacer el consumo de 2050. En el escenario Rystad 2.2, el 56% de la demanda de 2050 procederá de yacimientos aún sin desarrollar, y dentro de ese grupo, dos tercios de los volúmenes de activos todavía sin descubrir serán shale o proyectos de aguas profundas, más caros que la producción convencional. Más demanda de barriles caros significa, mecánicamente, precios más altos.

Gráfico 3 (Morningstar): precio real del petróleo Brent, en dólares por barril (serie histórica y previsiones hasta 2050). Se muestran la trayectoria histórica del Brent real y las sendas de los distintos escenarios de Rystad junto con la previsión de Morningstar, con los precios estabilizándose en torno a los 65 dólares hasta mediados de la década de 2030 y escalando con fuerza por encima de los 100 dólares reales en los años 40.

El Gráfico 3 traduce todo eso en una senda de precios. Para el periodo 2025-2034, Morningstar espera un Brent real medio de 65 dólares por barril, muy cerca de los 63 dólares de noviembre de 2025 y algo por debajo de la media real de 76 dólares del decenio 2015-2024. Esos 65 dólares son su nuevo precio midcycle, elevado desde los 60 anteriores. La revisión no es menor: para los productores de petróleo, ese cambio se tradujo en un aumento de los valores razonables de un porcentaje de dos dígitos bajo. A partir de ahí, y de cara a la década de 2040, la casa proyecta que el precio real supere los 100 dólares por barril, precisamente por el coste creciente de poner en producción esos nuevos yacimientos. Eso sí, Morningstar advierte de que no incorpora todavía el tramo 2035-2050 a su precio midcycle, por la incertidumbre sobre si los productores actuales tendrán inventario suficiente para capturar esos precios altos.

Las cautelas del propio informe

Conviene subrayar que Morningstar no es alcista por inercia. La casa se declara "decididamente optimista" sobre el coche eléctrico y más optimista que el consenso sobre la electrificación del camión. Su tesis no niega la transición energética: la matiza. Sostiene que la electrificación avanzará rápido donde es económicamente imbatible (turismos, camiones, ferrocarril, autobuses, motocicletas) y se frenará donde no hay sustituto viable (aviación, marítimo, petroquímica, usos no energéticos como el asfalto). Es una visión de transición desigual, no de transición fallida.

También reconoce riesgos a su propio escenario. La electrificación del transporte pesado depende de que se despliegue una red de recarga barata y potente, un clásico problema del huevo y la gallina que quizá requiera coordinación pública. Y la previsión de precios descansa sobre la hipótesis de que no emerja una nueva fuente de oferta disruptiva —como fue el shale estadounidense en la década de 2010— capaz de hundir de nuevo el precio de forma sostenida.

La lectura de Maya

El informe de Morningstar es, en el fondo, un correctivo a la complacencia narrativa en ambos extremos del debate energético. Para un inversor patrimonial, dejamos tres lecturas prácticas.

La primera: el petróleo no es un activo en extinción a corto y medio plazo, pero tampoco es la apuesta eterna de antaño. Es un sector que entra en una meseta larga con declive lento, donde el valor estará en el reparto sectorial fino —quién pierde barriles y quién los gana— más que en la cifra agregada. Para quien tenga exposición a energía, el mensaje es de prudencia matizada: ni vender por dogma, ni comprar por inercia.

La segunda: si Morningstar acierta con su senda de precios —65 dólares de midcycle y más de 100 reales en los años 40—, eso tiene implicaciones de inflación de largo plazo que conviene tener mapeadas. Un crudo estructuralmente más caro en la década de 2040 presiona costes de transporte, de petroquímica y, en cascada, de buena parte de la cesta de consumo. No es ruido de corto plazo; es un factor de fondo.

La tercera, y la más importante para nuestra filosofía: este es un ejercicio de escenarios, no de certezas. Morningstar construye su tesis sobre hipótesis explícitas —adopción del eléctrico, costes del hidrógeno verde, desarrollo de nuevos yacimientos— y las expone para que el lector las juzgue. En BISSAN no perseguimos relatos, ni el del fin del petróleo ni el de su reinado perpetuo: gestionamos el riesgo de que cualquiera de los dos extremos se imponga antes de tiempo. La resiliencia de la demanda de crudo es, exactamente, el tipo de hipótesis de fondo que conviene tener bien identificada, porque toca a la inflación, a la energía y a media cartera diversificada. Y reconocer que es una hipótesis, y no una verdad revelada, es precisamente el trabajo.