Desde hace más de cuatro décadas, PIMCO reúne a sus profesionales en su Secular Forum con un propósito deliberadamente incómodo: apartar la vista del ruido de mercado y preguntarse qué fuerzas estructurales moldearán la economía global en el próximo lustro. Rara vez ese ejercicio había resultado tan consecuente como ahora. En su Secular Outlook de junio de 2026, titulado Rupture and Resilience y firmado por Richard Clarida, Andrew Balls y Daniel Ivascyn, la gestora describe el momento con una expresión del primer ministro canadiense Mark Carney: el mundo no atraviesa una transición ordenada hacia un nuevo régimen, sino una ruptura del orden de reglas nacido tras la Segunda Guerra Mundial.
Es la continuación agravada de lo que la casa anticipó en su outlook de 2025, The Fragmentation Era: la relación tradicional entre política y economía se ha invertido, y hoy es la política —proteccionismo, seguridad económica, geopolítica— la que dicta los resultados económicos. Lo nuevo de 2026 es que esa fragmentación se ha vuelto cinética: se manifiesta ya en los precios de la energía, en las cadenas de suministro, en tasas de crecimiento divergentes y en los retornos de la inversión. El coste de la complacencia, advierten, se ha disparado.
De un rango estrecho a una distribución ancha
El mensaje macroeconómico central es un desplazamiento estadístico: la trayectoria de la economía global ha pasado de un rango estrecho de resultados plausibles a una distribución amplia e incierta de escenarios posibles. La casa lo articula en tres ideas. La primera, ruptura, no transición. La segunda, la resiliencia será puesta a prueba, sobre todo porque el margen fiscal es hoy limitado. Y la tercera, quizá la más relevante para quien construye carteras, colas gruesas en ambas direcciones: los riesgos se abren tanto al alza como a la baja respecto del escenario base.
Esa simetría es contraintuitiva. La fragmentación y los choques geopolíticos —una guerra en Oriente Medio que, según el informe, ha desencadenado uno de los mayores choques de oferta de petróleo de la historia— empujan al alza los precios y complican las previsiones. Pero la irrupción de la IA podría comprimir salarios y elevar la productividad hasta convertirse en una fuerza desinflacionaria poderosa. PIMCO no apuesta por un desenlace único: dibuja un abanico. Y su convicción firme es que los bancos centrales harán lo que haga falta para mantener ancladas las expectativas de inflación en el horizonte secular.
Un superciclo de inversión de 14 billones
El elemento más tangible del diagnóstico es la magnitud del ciclo de gasto de capital que se avecina. La infraestructura de IA, sumada al aumento del gasto en defensa y en seguridad energética, podría añadir alrededor de 14 billones de dólares a la inversión global en los próximos cinco años. La IA, sostiene PIMCO, ha cruzado un umbral: ya es lo bastante grande como para mover la actividad macroeconómica, no solo las cotizaciones de un puñado de compañías.

El desglose ilustra el reordenamiento en marcha. El grueso —7,6 billones— corresponde a infraestructura de IA; le siguen 2,6 billones en energía y red eléctrica, 2,4 billones en defensa (si los socios de la OTAN alcanzan el 3% del PIB) y 1,4 billones en relocalización de cadenas de suministro. Ese impulso equivale a cerca de una octava parte del PIB mundial: cifras que reescriben balances corporativos y dinámicas sectoriales enteras.
Estas fuerzas, subraya PIMCO, no son independientes, sino que se retroalimentan: la fragmentación acelera la inversión en IA porque los Estados apoyan a sus campeones nacionales; la IA, a su vez, refuerza la fragmentación al convertir la capacidad de cómputo y la energía en activos estratégicos; y el riesgo geopolítico se superpone a ambas. El resultado es un entorno donde el escenario base debe sopesarse contra colas cada vez más gruesas; para el inversor, la implicación no es solo más volatilidad, sino mayor dispersión de retornos entre clases de activos, sectores y compañías. La energía queda en el centro de esa incertidumbre, inseparable ya de la seguridad económica y de la defensa, con primas de riesgo geopolítico que —advierte la casa— seguirán elevadas durante todo el horizonte secular.
China aparece como pieza de doble filo: prosigue una transición inevitable hacia un modelo de menor crecimiento, con una deuda creciente que limita el estímulo por el lado de la demanda, mientras su capacidad exportadora sigue ejerciendo presión desinflacionaria sobre los precios globales de los bienes.
Margen monetario amplio, margen fiscal escaso
De ahí una asimetría de política económica que vertebra buena parte de las conclusiones de inversión. Por el lado monetario, los bancos centrales disponen hoy de mucho más margen convencional que en la década previa a la pandemia, y PIMCO espera que lo utilicen —que recorten tipos— en una futura recesión. Ese punto no es menor si se recuerda con qué frecuencia llegan las recesiones: según los datos que maneja la casa, el 69% de los periodos quinquenales desde la Segunda Guerra Mundial han contenido al menos una recesión estadounidense. En un mundo así, un bono soberano que da renta hoy y plusvalías potenciales cuando llegan los recortes recupera un papel que durante años se había difuminado.
Por el lado fiscal, en cambio, el margen es escaso en casi todas las economías avanzadas. PIMCO es explícita: en su escenario base no anticipa una crisis fiscal súbita en Estados Unidos ni una pérdida de acceso al mercado para los grandes emisores soberanos. Lo más probable, sostiene, es una volatilidad episódica cada vez que los mercados se refijen en la sostenibilidad de la deuda y la credibilidad fiscal. El dólar, en su lectura, seguirá siendo la divisa dominante, aunque su valoración pueda ajustarse gradualmente a medida que las carteras globales se reequilibran. Ahora bien, la casa no esconde que la trayectoria fiscal estadounidense es insostenible bajo la política actual y que los déficits tendrán que abordarse tarde o temprano; mientras tanto, un telón de fondo fiscal más débil tiende a elevar los tipos de interés reales, algo que, paradójicamente, favorece al inversor en renta fija.
La ventaja del rendimiento se ha reforzado
Aquí el informe conecta la macro con la cartera. En 2024, PIMCO tituló su Secular Outlook Yield Advantage para subrayar un reajuste generacional en los rendimientos de los bonos; dos años después sostiene que la tesis se ha reforzado. La era de tipos bajos posterior a la crisis financiera global fue, dice, una anomalía histórica, y el reajuste reciente ha devuelto a la renta fija su doble papel de generar retorno y amortiguar choques, justo cuando las valoraciones bursátiles y el apalancamiento privado dejan menos margen de error.

Los rendimientos de los índices Bloomberg U.S. Aggregate y Global Aggregate (cubierto a dólar), dos referencias habituales de bonos de alta calidad, se situaban en torno al 4,71% y el 4,75%, respectivamente, a 4 de junio de 2026. Sobre esa base, argumenta PIMCO, un gestor con mandato global puede construir carteras diversificadas con rendimientos del 5%-7% en moneda local sin comprometer la calidad ni la liquidez. Rendimientos de partida elevados permiten que la renta haga más del trabajo en una variedad de escenarios, reduciendo la dependencia de las plusvalías o de acertar con las previsiones macro.
La comparación con la renta variable es, en palabras del propio informe, cada vez más nítida. Las valoraciones bursátiles siguen elevadas frente a su historia, y la prima de riesgo de la renta variable —especialmente en Estados Unidos— se sitúa cerca del extremo bajo de su rango desde la posguerra.

PIMCO matiza que no anticipa una corrección bursátil inminente. Lo que sí afirma es que el ratio de Sharpe prospectivo —el retorno ajustado al riesgo— de la renta fija de alta calidad compara ahora favorablemente con el de la renta variable por primera vez en muchos años. De ahí que reivindique la atención sobre el marco tradicional 60/40, después de que la exposición a bolsa de muchos inversores haya derivado al alza de forma silenciosa. La renta fija, sostiene, puede volver a hacer aquello para lo que estuvo pensada: generar renta, amortiguar volatilidad y aportar lastre en los episodios de aversión al riesgo.
Dónde está la oportunidad, y dónde el peligro
Dentro de la renta fija de alta calidad, PIMCO concentra sus convicciones en unos pocos frentes: los bonos de duración intermedia —el tramo de cinco a diez años, bien remunerado frente tanto al efectivo como al tramo largo, donde la incertidumbre sobre la prima temporal aconseja cautela—; los bonos de titulización hipotecaria de agencia (agency MBS), con diferenciales amplios frente a su historia y alta calidad crediticia; y la deuda pública global, en un mundo de ciclos económicos cada vez más desincronizados que abre oportunidades de selección de país y de posicionamiento en curva. A ello suma los bonos ligados a la inflación y ciertos activos reales; el oro, en particular, sigue actuando —según el informe— como reserva de valor neutral en un mundo de confianza parcial en las divisas fiduciarias.
El contrapunto es el crédito, y aquí el tono se vuelve más severo. Los diferenciales de crédito —en grado de inversión, en high yield y en crédito privado— cotizan cerca del extremo estrecho de sus distribuciones históricas pese a la elevada incertidumbre secular. PIMCO interpreta eso como complacencia, no como fortaleza. Años de capital abundante y de comportamiento buy the dip han alentado, dice, suscripción agresiva, apalancamientos altos y un uso extendido de estructuras a tipo variable. Su conclusión es contundente: el ciclo de pérdidas crediticias ya está aquí. La casa se muestra especialmente cauta en el crédito corporativo de menor calidad y sensible al ciclo, y señala tensiones ya visibles en el crédito privado y en el direct lending del middle market, con extensiones de vencimientos y estructuras payment-in-kind que permiten repagar deuda con más deuda. Frente a ello, encuentra más atractivo en la financiación respaldada por activos —asset-based finance—, cuyos flujos dependen menos directamente de los beneficios corporativos.
PIMCO advierte también sobre la ingeniería financiera, que espera que se acelere a medida que el capital escasea: la observa en el crédito privado, en estructuras adyacentes al capital riesgo, en balances aseguradores y en ciertos ETF especializados. No la considera sistémica ni comparable a lo que precedió a la crisis financiera global, pero sí merecedora de escrutinio. Su cautela se resume bien: una etiqueta de grado de inversión no siempre implica riesgo de grado de inversión, sobre todo cuando la calificación descansa más en la estructura que en la resiliencia del activo subyacente. Los mercados emergentes, en cambio, aparecen como una herramienta de gestión del riesgo infravalorada: no solo por ofrecer rendimientos superiores a duraciones comparables del mundo desarrollado, sino porque, en un régimen donde las propias dinámicas fiscales y monetarias de ese mundo son la principal fuente de riesgo, la exposición emergente puede funcionar como cobertura genuina y no como mero extra de rentabilidad.
Lectura de largo plazo
Conviene recordar que todo lo anterior es el diagnóstico de una gestora —PIMCO— sobre el próximo lustro, no una recomendación de BISSAN. Dicho esto, hay en este Secular Outlook un hilo que dialoga bien con la inversión de largo plazo. La idea de que el error más costoso en un mundo posruptura es estirarse hacia el riesgo cuando ese riesgo está mal remunerado es, en esencia, una llamada a la disciplina de partida; y su insistencia en la diversificación amplia, la calidad y la resiliencia frente a la exposición máxima encaja con una gestión que antepone la coherencia del plan a la tentación del momento.
No hay que leerlo como un pronóstico infalible —la propia PIMCO trabaja con un abanico de escenarios y colas gruesas—, sino como un marco para pensar. Su conclusión, elegante en su sobriedad, sirve de brújula: en un entorno de colas más gruesas importa menos acertar el escenario exacto que estar construido para resistir varios. En los próximos cinco años, resume el informe, la disciplina probablemente pesará más que la audacia, y la resiliencia más que el alcance. Para quien piensa en décadas y no en trimestres, no es una mala síntesis.
