Hay informes de casa de análisis que se leen en quince minutos y se olvidan en cinco. Y luego hay objetos como este. Stifel —banco de inversión estadounidense fundado en 1890, cotizado en Nueva York bajo el símbolo «SF», con 400.000 millones de dólares en activos de clientes— ha publicado un documento de 236 páginas titulado Women's Health, Volume I: The History of Female Well-Being. Lo firma Tim Opler, Managing Director de su división de banca de inversión sanitaria. Y, contra todo pronóstico para un banco de inversión, no contiene una sola tabla de comparables, ni un múltiplo EV/EBITDA, ni una proyección de flujos. Lo que contiene es un recorrido erudito, a ratos conmovedor, por tres mil años de historia de la salud de la mujer, ilustrado con fotografías de la colección privada de libros médicos antiguos del propio autor —desde una edición de 1478 de Celso hasta el primer ejemplar impreso de Our Bodies, Ourselves—.
La pregunta que un analista honesto debe hacerse desde la primera página no es solo qué dice el informe, sino por qué lo dice un banco de inversión. Y la respuesta, que el propio documento no esconde del todo, es la clave para leerlo bien. Volveremos a ella. Pero antes conviene rendirse a la evidencia: el contenido es sustancioso, los datos están bien elegidos y la tesis de fondo —que la salud femenina ha sido durante siglos un territorio de sufrimiento, malentendido e inversión insuficiente, y que eso está empezando a cambiar— es difícil de rebatir.
Figura 1. Portada del informe, con un grabado anatómico de Vesalius (1543) — Fuente: Stifel.
La propia portada anticipa la ambición y la ambigüedad del documento. El logotipo de un banco de inversión sanitario convive con un grabado anatómico del De humani corporis fabrica de Vesalio, la obra que en 1543 fundó la anatomía moderna. Erudición y negocio, en la misma cubierta. Es la imagen que mejor resume lo que el lector tiene entre manos: un objeto que se mueve, sin pedir permiso, entre la historia de la ciencia y la estrategia comercial.
El arco de mil años: de los treinta a los ochenta y tres
El informe arranca con el dato más contundente de todos. Hace mil años, una mujer en Inglaterra podía esperar vivir, de media, hasta los treinta años. Hacia 1500, esa cifra había subido a treinta y cuatro: la esperanza de vida, como bromea el autor, de un caballo actual. Hoy supera los ochenta y tres. El arco es brutal, y la primera figura del documento lo captura con una precisión que merece detenerse.
Figura 2. Esperanza de vida al nacer en el Reino Unido, 1200-2023, por sexo, con la ventaja femenina superpuesta — Fuente: Stifel, a partir de datos del London Museum Osteological Database, Wrigley y Schofield, ONS y la Human Mortality Database.
Lo más interesante del gráfico no es la subida final —ya conocida—, sino dos detalles que el ojo del analista debe cazar. El primero: durante casi seiscientos años, entre 1200 y 1801, la esperanza de vida apenas se movió. Hombres y mujeres vivían, en promedio, alrededor de treinta y cuatro años, generación tras generación. Toda la mejora se concentra en los últimos dos siglos, y la mayor parte en el último. Esto no es un matiz: es la espina dorsal de la tesis del informe. Cuando Stifel argumenta que la salud femenina es un campo de oportunidad, lo que está diciendo, traducido al lenguaje de la inversión, es que estamos en la fase explosiva de una curva que durante milenios fue plana.
El segundo detalle es más sutil y el propio autor lo subraya: hace mil años, las mujeres británicas vivían menos que los hombres. Es una anomalía histórica, porque en casi cualquier otro tiempo y lugar las mujeres viven más. La razón de aquella inversión era la mortalidad materna —morir en el parto— y la ausencia total de cualquier cuidado ginecológico digno de ese nombre. Hacia 1841, una vez que la higiene, la nutrición y una ginecología incipiente empezaron a reducir las muertes en el parto, la ventaja femenina natural reapareció, alcanzó su máximo —cerca de cinco años— hacia 1951 y desde entonces se ha estrechado hasta los 3,8 años de hoy (83,1 frente a 79,3). La línea amarilla del gráfico cuenta, en realidad, la historia de cómo el progreso médico devolvió a las mujeres una longevidad que la biología les concedía pero que las condiciones materiales les arrebataban.
La paradoja de la estatura: cuando el progreso retrocede
Si la esperanza de vida es la métrica obvia, el informe acierta al introducir una menos evidente y mucho más reveladora: la estatura media. El economista Robert Fogel —premio Nobel— popularizó la idea de que la altura de una población es un termómetro de su estado nutricional. Y la segunda figura del documento muestra algo que desafía la narrativa simplista del progreso lineal.
Figura 3. Estatura media de la mujer británica en pulgadas, 1750-2025 — Fuente: Stifel, a partir de Quantumrun y UK ONS.
La estatura femenina cayó durante la primera mitad del siglo XIX. En 1750, la mujer británica media medía 63,5 pulgadas (algo más de 1,61 m); hacia 1850 había bajado a 60,2 pulgadas (apenas 1,53 m). El culpable, según el informe, fue la propia Revolución Industrial. A medida que las mujeres se trasladaban del campo a las ciudades para trabajar en las fábricas, la cantidad y la calidad de los alimentos disponibles empeoró respecto a la dieta rural de 1750; el saneamiento urbano era deplorable y enfermedades como el cólera asolaban las ciudades británicas. Solo en la segunda mitad del siglo, con la mejora de la riqueza y del abastecimiento, la estatura volvió a crecer de forma sostenida hasta las 64 pulgadas actuales.
Es un dato que conviene retener por su valor de criterio. El progreso humano no es una línea recta ascendente: tiene tramos de retroceso, y a veces la modernización —la industrialización, la urbanización— empeora temporalmente el bienestar antes de mejorarlo. Para un inversor, la lección es transversal: las transiciones estructurales (energética, demográfica, tecnológica) rara vez son monótonas, y el camino corto entre dos puntos de mejora puede pasar por un valle. El informe usa esta «U» de la estatura como metáfora elegante de que el bienestar femenino no avanzó por inercia, sino por intervenciones concretas: nutrición, saneamiento, salud pública.
La aceleración del último medio siglo
El tercer gráfico es, quizá, el que mejor sintetiza la tesis comercial del documento, y por eso merece lectura crítica. Stifel ha compilado una lista de 66 innovaciones «que importaron» para la salud femenina entre 1550 y 2025 —desde la reintroducción de la versión podálica por Ambroise Paré hasta la retirada en 2025 de las advertencias en caja negra sobre la terapia hormonal sustitutiva— y las ha clasificado por importancia y por periodo.
Figura 4. Recuento de innovaciones que impactaron la salud femenina por importancia, 1550-2025 (N=66) — Fuente: Stifel, a partir de los hitos recogidos en Speert y otras fuentes.
El gráfico es elocuente: dos tercios de las innovaciones realmente relevantes se concentran en el medio siglo que va de 1951 a 2000, cuando los métodos científicos mejoraron, la financiación de la investigación se reforzó y el interés por la salud femenina aumentó. Aquí, sin embargo, hay que aplicar el escepticismo del oficio. El propio autor, con honestidad encomiable, admite el sesgo del gráfico: la aparente caída de la innovación en los últimos 25 años «se debe principalmente a la timidez de los historiadores (y la nuestra)». La mayor parte de la lista procede del libro de Harold Speert sobre hitos en obstetricia y ginecología, actualizado por última vez en el año 2000. Los acontecimientos recientes son demasiado frescos para que la historia haya emitido su veredicto, y por eso no incluyen, por ejemplo, fármacos como IBRANCE (palbociclib).
Esta es una de esas confesiones que distinguen un buen informe de uno mediocre. El sesgo de selección —el hecho de que las innovaciones recientes están infrarrepresentadas porque aún no han sido canonizadas— es exactamente el tipo de matiz que un analista debe identificar para no extraer la conclusión equivocada (que la innovación se está frenando). Para el banco, además, ese sesgo es comercialmente conveniente: si las innovaciones de los últimos 25 años están «por escribir», entonces el campo está más vivo que nunca, y ahí es donde Stifel quiere posicionarse como banquero. La línea entre observación honesta e interés propio es, en este documento, deliciosamente fina.
La tabla de la que sale ese gráfico merece una mirada por sí sola, porque condensa medio milenio de progreso en dos columnas de fechas e hitos.
Figura 5. Tabla de innovaciones de referencia en salud femenina, 1550-2025 — Fuente: Stifel, a partir de entrevistas, de Speert y de la propia colección del autor.
La cronología es, en sí misma, una lección de historia económica de la medicina. Repárese en el ritmo: en los tres siglos que van de 1550 a 1850, la tabla apenas registra una innovación por cada par de décadas —los fórceps hacia 1750, la auscultación fetal en 1821, la anestesia en el parto en 1847—. A partir de 1950 el goteo se convierte en cascada: la píldora (1960), la terapia hormonal sustitutiva con Premarin (1965), la mamografía generalizada (1969), la primera terapia hormonal para el cáncer de mama (1975), los agonistas de la GnRH para la endometriosis (1990), la fecundación in vitro de calidad (1992), Herceptin (1998), la vacuna del VPH (2006) y el primer antagonista de neuroquinina para la menopausia (2023). El inversor que sepa leer una serie temporal reconocerá de inmediato el patrón de una curva exponencial cuyo codo se sitúa en torno a 1950. Y reconocerá también que casi todos esos hitos recientes —píldora, THS, mamografía, Herceptin, Gardasil— se tradujeron en mercados farmacéuticos o de dispositivos de miles de millones de dólares. La tabla es, leída con ojos de banquero, un mapa de creación de valor.
La historia no fue amable con las mujeres
El tono del informe no es triunfalista. Una de sus secciones más logradas se titula, sin rodeos, «La historia no fue amable con las mujeres». Y aquí el documento abandona la frialdad de las cifras para entrar en un terreno más incómodo: el de la negligencia, el malentendido y el sesgo de género que han atravesado la medicina durante siglos.
El ejemplo que el autor coloca en el centro es demoledor. La hiperémesis gravídica —vómitos potencialmente mortales en el embarazo— se interpretó durante mucho tiempo como un problema psicológico, un signo de histeria y capricho. El informe reproduce una página de una revista clínica de 1906 que documenta el caso de una paciente cuyos vómitos «se vieron como caprichosos y signo de histeria» y que, sin recibir tratamiento adecuado, «no respondió y finalmente murió».
Figura 6. Página de una clínica hospitalaria de 1906 sobre hiperémesis gravídica, anotada por el autor — Fuente: Stifel; original en The Hospital, 18 de abril de 1906.
Hoy sabemos, gracias al trabajo de Marlena Fejzo, que la hiperémesis gravídica tiene un origen biológico nítido: una hipersensibilidad a las elevaciones de la hormona GDF-15, causante de náuseas. No era histeria. Era endocrinología que nadie entendía. Y el informe extiende el argumento a una afirmación que sobrecoge: en un artículo de 2012, Nezhat y colaboradores sostienen que buena parte de los casos históricos de «histeria» —el trastorno hoy desacreditado que durante siglos se presumió de origen psicológico— eran en realidad endometriosis. Si así fuera, escriben, constituiría «uno de los errores de diagnóstico masivos más colosales de la historia humana, uno que a lo largo de los siglos sometió a las mujeres al asesinato, los manicomios y vidas de dolor físico, social y psicológico incesante», afectando probablemente a varios millones de personas.
El patrón que el informe identifica es recurrente y, para un lector contemporáneo, incómodamente reconocible: cuando la medicina no entendía una dolencia femenina, rellenaba el vacío de conocimiento con una narrativa de histeria. La investigadora Kate Young, de la Universidad de Monash, lo ha documentado: en lugar de reconocer los límites del saber médico, se esperaba que las mujeres «tomaran el control (con sus mentes) de su enfermedad (en sus cuerpos)» aceptando la dolencia y conformándose a sus roles de esposa y madre. Es la patologización del cuerpo femenino convertida en mecanismo de control social. Y el informe la rastrea desde Plinio el Viejo —que describía a la mujer menstruante como «una fuerza destructiva de la naturaleza» capaz de agriar el vino o matar abejas con el tacto— hasta los anuncios de Valium de los años setenta dirigidos a mujeres solteras «con baja autoestima».
La menstruación como excusa: ciencia, prejuicio y PCOS
Pocos temas ilustran mejor cómo el prejuicio se disfraza de ciencia que la historia de la menstruación, a la que el informe dedica un recorrido cuidadoso. Desde Hipócrates, que la entendía como una purga necesaria de sangre excesiva, hasta Aristóteles, que la reinterpretó como prueba de la «imperfección fisiológica» femenina por falta de calor corporal, la menstruación fue durante siglos el eje sobre el que se construyó la idea de que el cuerpo de la mujer era una versión defectuosa del masculino. La medicina victoriana, ya en pleno siglo XIX y con la endocrinología naciente, llegó a patologizar psicológicamente la menstruación, reforzando normas de género restrictivas.
El episodio que el informe rescata —y que tiene un valor casi de parábola— es el de Mary Putnam Jacobi. En el siglo XIX, la supuesta «debilidad» de la mujer durante la menstruación se usaba como argumento médico para excluirla de las universidades y del trabajo profesional: si la mujer quedaba incapacitada varios días al mes, ¿cómo iba a estudiar medicina o ejercer una profesión exigente? Jacobi respondió con datos. Su monografía demostró que el 65% de las mujeres encuestadas no experimentaban dolor significativo ni merma de capacidad durante el periodo, y que cualquier debilidad observada se debía más a la mala nutrición o al sedentarismo que a un imperativo biológico. Probó, en términos del informe, que «no hay nada en la naturaleza de la menstruación que implique la necesidad, ni siquiera la conveniencia, del reposo». Al hacerlo, desmanteló la «excusa biológica» que servía para mantener a las mujeres fuera de las aulas y del mercado laboral.
Es una historia que cualquier inversor debería tener presente como antídoto contra un error recurrente: confundir una narrativa cómoda y socialmente conveniente con un hecho científico. Durante décadas, la «incapacidad menstrual» se dio por probada porque encajaba con lo que la sociedad quería creer. Hizo falta una mujer con método y datos para derribarla. La lección es extrapolable: las tesis que «todo el mundo sabe que son ciertas» merecen, precisamente por eso, el escrutinio más severo.
El otro hito que el documento destaca en este terreno es el síndrome de ovario poliquístico (PCOS), hoy el trastorno endocrino más común en la salud femenina —con más de 10.000 publicaciones médicas dedicadas— y, sin embargo, descrito como entidad clínica solo en 1935, por Irving Stein y Michael Leventhal. Fueron los primeros en describir una serie de pacientes con la tríada de ovarios poliquísticos, hirsutismo y oligomenorrea, conectando rasgos que hasta entonces se veían como dispersos. La comprensión moderna ha virado hacia la resistencia a la insulina y la señalización hormonal compleja, pero el dato relevante para la tesis del informe es la cronología: la dolencia endocrina más frecuente de la mujer no tuvo descripción clínica sistemática hasta bien entrado el siglo XX. El patrón se repite con insistencia casi monótona a lo largo de las 236 páginas: enfermedades antiquísimas y prevalentes que la medicina tardó siglos —o milenios— en nombrar, entender y tratar. Y donde hay comprensión tardía, hay tratamiento incompleto; y donde hay tratamiento incompleto, hay mercado.
La lentísima entrada de la mujer en la medicina
Un hilo que recorre todo el documento es la exclusión sistemática de las mujeres de la propia profesión médica. El dato que el informe destaca es contraintuitivo: hubo menos médicas en Estados Unidos en 1950 que en 1900. La historiadora Mary Roth Walsh documentó cómo la profesionalización formal de la medicina, las normas de género y la exclusión institucional se conjugaron para expulsar a las mujeres de un campo que antes ocupaban con más naturalidad.
El giro llegó tarde y de golpe. Las leyes antidiscriminación abrieron las facultades de medicina estadounidenses a partir de 1972 (con el Título IX como palanca). A partir de ahí, la representación femenina pasó de una minoría exigua a la práctica paridad, y hoy las mujeres son mayoría entre quienes ingresan en las facultades. En obstetricia y ginecología la inversión es espectacular: del 7% de mujeres entre los ginecólogos estadounidenses en 1970 al 62% en 2022, y con el 88% de los residentes actuales de la especialidad siendo mujeres. El informe extrae una conclusión que, viniendo de un banco, tiene su gracia: en diez o quince años la profesión será abrumadoramente femenina, y «los ginecólogos varones van a tener que pelear por su relevancia». Es una de esas frases que recuerdan que detrás del tono académico hay un observador de mercados acostumbrado a pensar en términos de oferta, demanda y posicionamiento competitivo.
El dato de fondo que explica esta exclusión histórica es la alfabetización. La menstruación servía de excusa para apartar a la mujer del saber, pero la barrera más básica era saber leer. El informe recuerda que Suecia fue el primer país en invertir de forma significativa en la educación primaria femenina, y que aun así hubo que esperar a 1780 para que más de la mitad de las mujeres suecas supieran leer; en Inglaterra, la mitad de las mujeres rurales no alcanzó la alfabetización hasta 1840. Sin lectura no había acceso al conocimiento médico, y sin acceso al conocimiento no había forma de cuestionar a quien lo monopolizaba. La cita que el informe rescata de Sorano de Éfeso —el mejor ginecólogo de la Antigüedad— resume con amargura ese silencio de catorce siglos: las mujeres reprochaban a los médicos varones que «hacéis libros a partir de libros sobre la más leve de vuestras propias dolencias, llenáis bibliotecas de volúmenes, mientras tanto de nuestros terribles y dificilísimos sufrimientos no se hace mención alguna, o solo la más mínima». Que un banquero del siglo XXI abra su informe con esa queja del siglo II revela la intención editorial: situar la salud femenina como un campo históricamente desatendido cuya hora, por fin, ha llegado.
El sesgo que persiste: la paciente a la que no se cree
El informe no presenta la discriminación como un fenómeno cerrado del pasado, y aquí gana en honestidad. Dedica espacio a documentar que el sesgo de género en la atención persiste hoy, con datos contemporáneos de Estados Unidos. La encuesta KFF de Salud de la Mujer de 2022 halló que el 29% de las mujeres de entre 18 y 64 años declararon que un profesional sanitario había desestimado sus preocupaciones, frente al 21% de los hombres que dijeron lo mismo; y que al 19% de las mujeres un médico les supuso algo sin preguntar, frente al 16% de los hombres. Son brechas modestas en apariencia, pero consistentes y en la misma dirección: la paciente sigue siendo, con más frecuencia que el paciente, alguien a quien no se acaba de creer.
El documento se apoya en el libro de 2024 All in Her Head, de la oncóloga Elizabeth Comen, para articular el argumento de fondo: «Durante todo el tiempo que la medicina ha sido una práctica, los cuerpos de las mujeres han sido tratados como objetos sobre los que practicar: examinados e ignorados, idealizados y sexualizados, avergonzados, subyugados, mutilados y descartados». Comen sostiene que la noción de que el cuerpo femenino es una «inversión defectuosa» del ideal masculino persiste como un poso cultural, incluso en una era de avances médicos espectaculares.
Para el análisis de Maya, este capítulo tiene un doble interés. Por un lado, es la parte donde el informe se aleja más claramente del registro de catálogo de libros raros para tocar una cuestión viva y políticamente sensible. Por otro, conecta directamente con la tesis económica: si las mujeres son atendidas con un sesgo que retrasa diagnósticos y desestima síntomas, ese coste tiene una traducción en años de salud perdidos —y, por tanto, en oportunidad de mejora—. El informe está construyendo, ladrillo a ladrillo, el argumento de que la salud femenina es un problema real e infraatendido. Que ese argumento sirva también para vender los servicios de un banco de inversión no lo hace falso; lo hace, simplemente, interesado.
El catálogo de una colección: cuando el informe es también una vitrina
Aquí conviene detenerse en la naturaleza física del documento, porque condiciona cómo debe leerse. Buena parte de las 236 páginas no es texto analítico, sino reproducciones de libros médicos antiguos de la colección privada del autor. Cada hito histórico viene ilustrado con la portada y las páginas de un ejemplar concreto —con su procedencia, su encuadernación y sus referencias bibliográficas detalladas, como en un catálogo de subasta—.
Figura 7. Edición de 1585 del 'De Morbis Mulierum' de Hipócrates, el primer tratado sistemático dedicado en exclusiva a las enfermedades de la mujer — Fuente: Stifel (colección del autor).
El De Morbis Mulierum hipocrático —el tratado ginecológico nuclear del corpus, datado a finales del siglo V o principios del IV a.C.— es la pieza que abre la sección de antigüedad. Su valor histórico es real: trata la enfermedad femenina mediante explicaciones humorales y mecánicas, no teológicas ni supersticiosas, lo que en su época representó un avance frente a la Mesopotamia mágica. Pero también acuñó la teoría del «útero errante», la idea de que el útero vagaba por el cuerpo causando enfermedades a su antojo, una noción que envenenó el pensamiento médico durante dos milenios.
Esta dualidad —avance y error conviviendo en el mismo texto— recorre toda la sección histórica. Galeno clasificó las enfermedades con un rigor que dominó Europa durante 1.500 años, pero también consagró el error de que el útero tenía siete cámaras, una falacia tan arraigada que incluso anatomistas renacentistas como Mondino de Luzzi, que diseccionó cadáveres femeninos con sus propias manos, siguieron repitiéndola antes que fiarse de lo que veían. El informe lo resume con una imagen poderosa: la autoridad de los antiguos ejercía un «estrangulamiento sobre el pensamiento» que la evidencia empírica tardó siglos en romper.
Para el analista, el valor de estas páginas no es médico sino metodológico. Documentan algo que también ocurre en los mercados financieros: cómo un consenso establecido —un dogma teórico, una narrativa dominante— puede sobrevivir décadas o siglos a la evidencia que lo contradice, simplemente porque cuestionar la autoridad recibida tiene un coste social. Mondino tenía los datos delante y aun así escribió lo que dictaba Galeno. La historia de la ciencia, como la de los mercados, está llena de Mondinos.
El cuerpo femenino: de secreto a sistema
La tercera sección del informe, «El cuerpo femenino», aborda una cuestión más básica aún: la lentísima comprensión de la anatomía femenina. El argumento central, tomado de la historiadora Katharine Park, es que el cuerpo de la mujer se conoció tarde y mal no porque fuera más complejo, sino porque fue menos observado, menos cuestionado y menos permitido de conocer. Las prohibiciones religiosas, las normas de pudor y las restricciones legales hicieron que la mayor parte de la investigación anatómica se realizara sobre cadáveres masculinos.
Figura 8. La Venus de Milo abre la sección sobre el cuerpo femenino del informe — Fuente: Stifel; original en el Museo del Louvre, París.
El recorrido es un desfile de nombres que la historia de la medicina conoce bien: Vesalio, que en 1543 desmontó el mito galénico del útero multicámara e identificó correctamente una sola cavidad; Gabriele Falloppio, que describió las trompas que llevan su nombre; y, ya en el siglo XX, John Sampson, que identificó la endometriosis como tejido endometrial ectópico, trasladando el dolor pélvico crónico del cajón de lo psicosomático al de la patología anatómica. El informe destaca con acierto que el avance decisivo de los últimos 125 años vino del descubrimiento del sistema endocrino: el trabajo de Pincus y Chang en 1953 sobre la progesterona proporcionó el primer mapa químico del eje hipotálamo-hipófisis-ovario y transformó los ovarios y el útero de «vasijas» estáticas en órganos endocrinos dinámicos que regulan no solo la fertilidad, sino la densidad ósea y la salud cardiovascular.
Hay incluso un guiño a la investigación más reciente y menos pudorosa: los estudios de resonancia magnética de Helen O'Connell (1998 y 2005) que «redescubrieron» el clítoris como un complejo tridimensional masivo, y el trabajo de 2024 del laboratorio de David Ginty en Harvard que identificó los corpúsculos de Krause como los sensores responsables de la respuesta sexual. Que un informe de banca de inversión dedique párrafos serios a la anatomía del placer femenino dice mucho del cambio de registro cultural que el propio documento pretende encarnar.
Endometriosis: la enfermedad que tardó milenios en tener nombre
Si hay una dolencia que condensa toda la tesis del informe —antigua, prevalente, infradiagnosticada, malentendida durante siglos y hoy área de necesidad no cubierta—, es la endometriosis. El documento le dedica una sección entera, y los datos que aporta son los que cualquier inversor en biofarma querría tener subrayados.
La endometriosis afecta aproximadamente al 10% de las mujeres en edad reproductiva: 190 millones de personas en todo el mundo. Causa dolor pélvico crónico, menstruaciones severamente dolorosas y, en el 40-50% de las mujeres infértiles, es la causa subyacente. Y, el dato que define el problema: suele tardarse entre ocho y diez años en diagnosticarla. Ocho a diez años de dolor antes de ponerle nombre.
La historia clínica es un calco del patrón general. Diversos médicos franceses describieron en la década de 1840 un tipo de «histeria mensual» que casi con certeza era endometriosis. Freud llegó a diagnosticar como histéricas a mujeres con la enfermedad e intentó tratarlas con hipnosis. El término «endometriosis» no se acuñó hasta 1925 (por Sampson), aunque Thomas Cullen ya la había descrito con precisión en 1908 y Rokitansky, con su microscopio Brunner y la experiencia de unas 30.000 autopsias —una práctica a la que muchos se oponían en su época—, había caracterizado su histología en 1860. El verdadero punto de inflexión terapéutico no llegó hasta hace medio siglo, con las terapias hormonales (los agonistas de la GnRH) y, sobre todo, con la laparoscopia —desarrollada en Francia en los años cuarenta por Raoul Palmer y aplicada con eficacia a la endometriosis en Estados Unidos a finales de los setenta por Harry Reich—, que convirtió una «curiosidad patológica» en un hallazgo quirúrgico común. Y aun así, el propio informe reconoce que las estrategias actuales siguen «limitadas por los efectos secundarios, la recurrencia tras la interrupción y la erradicación incompleta de la enfermedad». Traducción para el inversor: necesidad médica no cubierta, mercado abierto.
Conviene subrayar el matiz científico que el informe maneja con rigor, porque marca la diferencia entre divulgación seria y simplificación. La teoría clásica de Sampson —la de que la endometriosis se debe a la menstruación retrógrada, el reflujo de sangre menstrual hacia la cavidad pélvica— sigue siendo influyente, pero la biología moderna la ha reformulado como «necesaria pero no suficiente»: el reflujo menstrual es común, mientras que la endometriosis no es inevitable. Los modelos actuales integran disfunción inmune, señalización inflamatoria, contribuciones de células madre, metaplasia celómica y susceptibilidad genética junto al reflujo mecánico. Esta multicausalidad es, precisamente, lo que explica por qué una enfermedad que afecta a 190 millones de mujeres siga sin un tratamiento curativo: cuando una dolencia tiene varias causas entrelazadas, atacar una sola rara vez basta. Para quien siga la biofarma, la endometriosis es el ejemplo de manual de un mercado grande, mal resuelto y biológicamente complejo —el tipo de problema que atrae capital de riesgo y programas de investigación, con las altas probabilidades de fracaso que ello conlleva—.
Cirugía ginecológica: del horror sin anestesia a la robótica
La sección sobre cirugía ginecológica operativa es, probablemente, la más impactante en lo humano. El documento reproduce el relato en primera persona de Conrad Langenbeck sobre la primera histerectomía vaginal documentada con éxito, realizada en 1813 —antes de la anestesia y de la antisepsia—. El cirujano describe cómo, sin ayuda de su asistente (incapacitado por la gota), controló la hemorragia él solo, sujetando la superficie sangrante con la mano izquierda, pasando la aguja con los dedos de la derecha y tirando de un extremo del hilo «con la mano derecha y el otro extremo con los dientes». Cuatro ligaduras, con los dientes, sin anestesia. La paciente, asombrosamente, sobrevivió.
Es un relato que conviene leer entero para entender la distancia recorrida. De ahí a la cirugía robótica actual median apenas dos siglos: la primera ovariotomía exitosa de Ephraim McDowell en 1809, la reparación de la fístula vesicovaginal por James Marion Sims en 1849 —cuyo legado el informe matiza con justicia, recordando que experimentó con mujeres esclavizadas—, la histerectomía radical de Wertheim para el cáncer de cuello uterino, y la revolución laparoscópica que culminó con la primera histerectomía laparoscópica de Harry Reich en 1988.
Figura 9. La obra de Thomas Addis Emmet sobre la fístula vesicovaginal (1868), uno de los hitos de la cirugía ginecológica recogidos en el informe — Fuente: Stifel (colección del autor).
El mensaje implícito es coherente con toda la pieza: la cirugía ginecológica pasó de ser «una medida desesperada de último recurso, a menudo con resultado de infecciones o hemorragias fatales» a una disciplina de alta especialización basada en anestesia, antisepsis, imagen y tecnología mínimamente invasiva. Cada uno de esos saltos fue, en su momento, una innovación con valor económico además de humano. El banco no necesita explicitarlo: el lector que piensa en inversión ya ha hecho la conexión.
Menopausia: la bomba de la WHI y la rehabilitación de la terapia hormonal
La sección sobre menopausia es la que más interés tiene para entender cómo la ciencia, la regulación y los intereses comerciales se entrelazan —y donde el informe roza, sin nombrarlo, un asunto que afecta directamente al negocio farmacéutico—.
El relato histórico es el habitual: durante siglos, la menopausia se interpretó como un momento peligroso y moralmente cargado, no como una transición biológica. El giro llegó con la endocrinología. Fuller Albright demostró que la deficiencia de estrógenos causaba la osteoporosis posmenopáusica, estableciendo el primer vínculo claro entre la menopausia y una enfermedad crónica mayor. Y en 1966, el libro Feminine Forever de Robert Wilson —que el propio informe señala que estuvo «fuertemente criticado por su tono patriarcal y por estar financiado por la industria farmacéutica»— popularizó la idea de la menopausia como «enfermedad por deficiencia» que requería corrección hormonal. El resultado: por los años ochenta y noventa, millones de mujeres en países de renta alta tomaban terapia hormonal sustitutiva a largo plazo, a menudo sin distinguir entre tratamiento sintomático y medicina preventiva.
Entonces llegó la bomba. La publicación de los ensayos hormonales de la Women's Health Initiative (WHI) a principios de los 2000 demostró que la terapia combinada de estrógeno y progestina aumentaba el riesgo de cáncer de mama, tromboembolismo e ictus en mujeres posmenopáusicas mayores. El uso de la THS se desplomó. El informe lo califica, con razón, como «una de las correcciones de rumbo más trascendentales de la salud femenina moderna». Lo interesante para un analista es la coda: en las décadas posteriores, la THS ha sido «rehabilitada» en una forma más matizada —a corto plazo, guiada por síntomas e iniciada cerca de la transición menopáusica—. Y, no por casualidad, la lista de hitos del informe se cierra precisamente con la retirada en 2025 de las advertencias en caja negra sobre la THS y, en 2023, con la aprobación del primer antagonista de neuroquinina para la menopausia.
Aquí el lector debe afinar el oído. Que un banco de inversión sanitaria destaque la rehabilitación de la terapia hormonal y la llegada de nuevos fármacos no hormonales para la menopausia no es neutral: la menopausia, con más de la mitad de las mujeres de los países industrializados viva después de los 50 hacia 2040, es uno de los mercados de mayor crecimiento de la biofarma. El informe lo enmarca como «healthspan» y «experiencia vital femenina después de los 50». Es ciencia legítima y, simultáneamente, una de las tesis de inversión más calientes del sector. Las dos cosas son verdad a la vez.
El episodio de la WHI encierra, además, una advertencia que trasciende la menopausia y que cualquier inversor en salud debería interiorizar: el riesgo de extrapolar de un tratamiento sintomático a uno preventivo de masas sin evidencia robusta. Durante dos décadas, millones de mujeres tomaron THS de forma prolongada bajo la premisa de que prevenía enfermedades crónicas; el ensayo aleatorizado demostró lo contrario y el mercado se desplomó de la noche a la mañana. Fue, en términos de negocio, la destrucción de un producto superventas por un dato clínico. La moraleja es nítida: en biofarma, la diferencia entre «alivia un síntoma» y «previene una enfermedad» vale miles de millones, y solo un ensayo bien diseñado puede zanjarla. Las tesis de inversión que confunden ambas cosas acaban, tarde o temprano, estrellándose contra la evidencia.
El informe no idealiza el presente. Recuerda que la insatisfacción con la calidad de la atención sanitaria femenina persiste: una encuesta global de Gallup de 2022 en 143 países halló que cerca del 68% de las mujeres estaban satisfechas con la disponibilidad de atención de calidad —lo que, como señala con sequedad el autor, significa que un 32% no lo está—. Y una encuesta de Gallup en Estados Unidos en 2024, patrocinada por Hologic, encontró que el 74% de las mujeres jóvenes tienen dificultades para priorizar su salud, sobre todo por motivos económicos. La mitad de las estadounidenses sitúan su salud mental y emocional como su principal preocupación, seguida del sueño (47%), el peso (40%), la nutrición (37%) y las enfermedades crónicas (35%). Son datos que dibujan, de nuevo, un mapa de necesidades no cubiertas —y, para quien los lea con la lente del banco, un mapa de oportunidades comerciales—.
Cánceres femeninos: las victorias y las batallas pendientes
La sección de cánceres femeninos es la que mejor articula la lógica de «área de necesidad no cubierta» que subyace a todo el documento. Y lo hace con una honestidad analítica que merece reconocimiento, porque distingue con nitidez entre las batallas ganadas y las pendientes.
Las victorias son espectaculares. El cáncer de cuello uterino, dice el informe, «ha visto el cambio más revolucionario»: la combinación de la citología de Papanicolaou (1943) y la vacuna del VPH (2006, tras la demostración de Harald zur Hausen de que el virus causa la malignidad) ha reducido su incidencia más de un 75%. De ser uno de los dos principales asesinos oncológicos de la mujer ha pasado al puesto número 14. Es, en palabras del documento, «uno de los únicos cánceres que teóricamente podríamos eliminar del planeta». En el cáncer de mama, la mamografía y la terapia dirigida —del «cortar y quemar» de las mastectomías radicales de Halsted a la medicina de precisión con tamoxifeno o Herceptin tras la identificación de la amplificación de HER2 por Dennis Slamon— han elevado la supervivencia a cinco años del cáncer de mama localizado al 99%.
Pero las batallas pendientes son las que el banco quiere que el inversor recuerde. El cáncer de ovario sigue siendo el más letal de los ginecológicos: unos 20.000 nuevos casos en EE. UU. en 2025 con cerca del 65% de mortalidad. El problema fundamental no es el tratamiento, sino la detección: no existe un «Papanicolaou» para el ovario, y alrededor del 75% de las mujeres se diagnostican en estadio III o IV, cuando el cáncer ya se ha extendido. Los inhibidores de PARP ayudan, pero solo en mujeres con mutaciones BRCA o deficiencia de recombinación homóloga. Y el cáncer de útero presenta un dato que rompe la tendencia general: es uno de los pocos cánceres cuya tasa de mortalidad está aumentando (alrededor de un 1,5% anual), impulsado por el alza de los tumores «tipo 2» agresivos y no hormonales que no responden a los tratamientos estándar. El informe ofrece esperanza —Pembrolizumab (Keytruda) y Dostarlimab han mostrado resultados «sin precedentes»—, pero el mensaje es inequívoco: aquí hay enfermedad sin resolver, y donde hay enfermedad sin resolver hay mercado, ensayos clínicos y operaciones corporativas. Es decir, hay banco de inversión.
Liberación femenina: cuando la salud se volvió política
La penúltima sección da un giro de registro y aborda el movimiento de liberación femenina de los años setenta, que reformuló la salud de la mujer como una cuestión política y no meramente médica. El informe es notablemente generoso con este capítulo, quizá para subrayar que la salud femenina no es solo un asunto de moléculas y quirófanos, sino también de autonomía y poder.
El concepto central es el de autonomía corporal: el derecho de la mujer a tomar decisiones informadas sobre su propio cuerpo sin coerción ni paternalismo. El documento recuerda que los médicos a menudo ocultaban diagnósticos a las pacientes por considerarlas «demasiado emocionales», que el tratamiento estándar del cáncer de mama era la mastectomía radical practicada con frecuencia sin biopsia confirmatoria ni consentimiento sobre el alcance de la cirugía, y que en 1970 solo el 7% de los ginecólogos estadounidenses eran mujeres. De ese caldo de cultivo surgió el movimiento de autoayuda —en 1970 nació el primer grupo de autoayuda en salud femenina; en 1973 ya había más de 1.200 grupos en EE. UU.— y, sobre todo, Our Bodies, Ourselves, publicado por primera vez en 1970 con el título Women and Their Bodies por el Boston Women's Health Collective. Aquel libro, del que acabarían vendiéndose más de cuatro millones de ejemplares, encarnó el ethos del movimiento: información médica accesible y centrada en la mujer, y el aliento a cuestionar a los médicos y exigir consentimiento informado.
El informe no esquiva la actualidad política, aunque la trata con cautela. Señala que el activismo en favor de la autonomía corporal «ha revivido en los últimos años» tras la anulación de la sentencia Roe contra Wade por el Tribunal Supremo de EE. UU. en 2022, y menciona el «momento trumpiano» actual. Para un documento firmado por un banco estadounidense, son frases con cierta carga; el autor las maneja con el equilibrio justo para no convertir el informe en panfleto, pero dejando claro que la regulación —de la anticoncepción, del aborto, del acceso a la atención— es una variable que afecta directamente al mercado de la salud femenina. Un inversor en el sector no puede ignorar el riesgo regulatorio y político, y el informe, sin decirlo con esas palabras, lo está señalando.
Enfermedades de predominio femenino: la nueva frontera
La última sección es la más orientada al futuro y, no por casualidad, la que mejor revela hacia dónde apunta la apuesta de Stifel. En 2021, los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU. (NIH) empezaron a hablar del concepto de «enfermedad de predominio femenino»: dolencias que afectan a ambos sexos pero ocurren con mucha más frecuencia en mujeres. El informe identifica tres pilares: las enfermedades autoinmunes (cerca del 80% de los pacientes son mujeres), las condiciones crónicas debilitantes como la fibromialgia, la migraña y el síndrome de fatiga crónica (hasta el 90% mujeres), y las condiciones asociadas al envejecimiento como el alzhéimer y la osteoporosis.
Figura 10. Prevalencia de la autoinmunidad por enfermedad y país, desglosada por sexo — Fuente: Stifel, a partir de Ngo et al. (2014).
El gráfico de la autoinmunidad es uno de los más informativos del documento. Muestra que algunas condiciones —Sjögren, lupus, Graves— son marcadamente femeninas con notable independencia del país, mientras que otras, como la colitis ulcerosa, no presentan ese sesgo de género. El informe repasa con rigor las teorías que tratan de explicar por qué las mujeres sufren más autoinmunidad: las fluctuaciones hormonales, los factores genéticos ligados al cromosoma X (las mujeres tienen dos, y el gen Xist se ha vinculado a la autoinmunidad), una respuesta inmune más vigorosa, posibles orígenes virales y el microbioma. El autor se moja —algo poco habitual— y declara que su lectura de la literatura «tiende a apoyar la teoría de los dos cromosomas X» recientemente desarrollada por Diana Dou y Howard Chang en un artículo de 2024 en Cell. Que un banquero tome partido en un debate inmunológico de frontera es revelador del nivel de inmersión científica de la firma, y también de su intención de proyectarse como interlocutor creíble ante las compañías biotecnológicas que investigan precisamente esas dianas.
El dato que cierra el círculo, y que es probablemente el más importante de todo el informe para entender su propósito, es de financiación. Citando a Veronica Barcelona (2025), el documento recoge que «entre 2013 y 2023, solo el 8,8% de los fondos de investigación de los NIH se destinaron a la investigación en salud femenina». Ahí está, en una sola cifra, la tesis: un campo enorme, prevalente, con necesidad médica masiva y, sin embargo, históricamente infrafinanciado. La conclusión que Stifel quiere que el lector extraiga es evidente: donde hay infrafinanciación e infradiagnóstico, hay margen para que el capital entre y genere retorno —para los pacientes y para los inversores—.
El argumento económico: el billón de McKinsey (y su contrapunto)
Conviene desgranar con cuidado el corazón económico del informe, porque es donde la erudición histórica se transmuta en tesis de inversión. El documento se apoya en un estudio del McKinsey Health Institute de enero de 2024 que aporta el dato estrella: la mujer pasa de media nueve años de su vida en mala salud, lo que equivale a un 25% más de tiempo que el hombre, y abordar esa brecha «no solo mejoraría la salud y la vida de millones de mujeres, sino que podría impulsar la economía global en al menos un billón de dólares anuales hacia 2040». Más de la mitad de ese exceso de carga sanitaria femenina se experimenta en los años laborales de la mujer, y más del 40% se relaciona con enfermedades de predominio femenino como la depresión, la autoinmunidad y la cefalea.
Es un argumento poderoso y, para un banco que asesora a compañías de salud, comercialmente perfecto: convierte un problema de equidad en una oportunidad económica cuantificada en billones. Pero —y esto honra al informe— el propio documento introduce el contrapunto. En noviembre de 2025, el IQVIA Institute publicó un estudio, Quantifying Differences in Female and Male Healthcare, que concluyó que la carga de las enfermedades femeninas no era desproporcionadamente alta respecto a la de los hombres, y que la industria farmacéutica está generando, si acaso, más fármacos nuevos para condiciones de prevalencia femenina que masculina. El informe yuxtapone ambos estudios sin resolver la contradicción, y concluye con prudencia que «lo que queda claro de ambos es que las enfermedades de las mujeres son una carga importante y que sigue existiendo una oportunidad sustancial de mejora».
Esta honestidad metodológica —presentar el estudio que apoya la tesis y también el que la cuestiona— es exactamente lo que distingue un buen análisis de un argumentario de ventas. Un analista riguroso debe quedarse con la lección: la magnitud exacta de la «brecha de salud femenina» depende fuertemente de la metodología, y cualquier cifra redonda de billones merece escepticismo. La oportunidad existe; su tamaño preciso es objeto de debate legítimo. Que el informe lo reconozca le da credibilidad; que aun así destaque el billón de McKinsey en lugar del contrapunto de IQVIA revela dónde está su interés.
El sesgo del emisor: quién escribe la historia, y por qué
Llegamos al punto que un análisis de Maya no puede eludir. ¿Por qué un banco de inversión publica un tratado de 236 páginas sobre la historia de la salud femenina, ilustrado con una colección privada de libros raros? La respuesta está, con elegancia corporativa, en las últimas páginas del propio documento.
Figura 11. La serie de informes de liderazgo intelectual de la banca sanitaria de Stifel sobre historia de la medicina — Fuente: Stifel.
Este informe no es un caso aislado: forma parte de una serie regular de «liderazgo intelectual» (thought leadership) que la banca de inversión sanitaria de Stifel viene publicando —sobre el cáncer de mama, sobre la biología del envejecimiento, sobre medicina e inteligencia artificial—. La sección «About Stifel» que cierra el documento es transparente sobre el negocio que hay detrás: el grupo de banca de inversión sanitaria de Stifel cuenta con más de 100 profesionales, levantó más de 80.000 millones de dólares para sus clientes entre 2020 y 2025 en más de 300 operaciones, y trabajó en más de 190 asesoramientos. Y el preámbulo del autor lo dice sin ambages: «Mi esperanza última es inspirarle a participar e invertir en un área crítica para la humanidad: la salud de las mujeres».
La pieza decisiva, sin embargo, está en la página de divulgación legal, escrita en cuerpo pequeño. Allí Stifel aclara que el material «fue preparado por Stifel Investment Banking y no es producto del Departamento de Análisis de Stifel. No es un informe de análisis y no debe interpretarse como tal». Y, crucialmente, que «Stifel puede ser creador de mercado en algunos de estos valores y puede haber prestado servicios de banca de inversión a algunas de las compañías mencionadas». Es decir: lo escribe el departamento que cobra por colocar acciones y asesorar fusiones de compañías de salud femenina, no el que emite recomendaciones de compra o venta sujetas a las normas de independencia del análisis. La distinción no es trivial; es la línea que separa el análisis regulado del marketing corporativo.
Nada de esto invalida el contenido. La historia que cuenta es real, los datos están bien documentados, las matizaciones son honestas y la calidad intelectual es muy superior a la de la mayoría de informes que circulan por el sector. Pero el lector —y el inversor— debe leerlo con la lente correcta: es una pieza de content marketing de altísima gama, diseñada para posicionar a Stifel como el banquero culto y comprometido del sector de la salud femenina, ante un público de fundadores, directivos y fondos que algún día necesitarán levantar capital o vender su compañía. La erudición es el envoltorio; la relación comercial, el contenido. Es marketing intelectual en su forma más refinada: tan bueno que casi olvidas que es marketing.
Qué se lleva el inversor de Maya
Más allá del juicio sobre el emisor, el documento deja varias enseñanzas que un inversor o asesor patrimonial puede aprovechar, siempre con criterio propio y sin recomendación de inversión alguna.
La primera es de método. El informe es un ejercicio magistral de cómo una narrativa histórica bien construida puede vender una tesis de inversión sin necesidad de un solo número financiero. No hay valoraciones, no hay nombres de compañías cotizadas, no hay precios objetivo; y sin embargo, al cerrar la última página, el lector ha interiorizado que la salud femenina es un campo enorme, infraexplotado y en aceleración. Eso es persuasión de alto nivel, y conviene reconocerla para no dejarse llevar acríticamente por ella.
La segunda es de fondo. Las áreas de necesidad médica no cubierta que el informe identifica —cáncer de ovario, cáncer de útero en aumento, endometriosis con su diagnóstico tardío, las enfermedades autoinmunes de predominio femenino y el mercado de la menopausia y el healthspan— son reales y están respaldadas por datos sólidos. Para quien siga el sector de la biofarma y la medtech, son vectores de innovación y de actividad corporativa que conviene tener en el radar, con la cautela de que «mercado grande» no equivale a «inversión rentable»: la biofarma es un sector de alta mortalidad de proyectos, donde la mayoría de los ensayos fracasan y la oportunidad de mercado no garantiza el retorno.
La tercera es de prudencia ante las cifras redondas. El billón de dólares de McKinsey es un titular irresistible, pero el propio informe ofrece el contrapunto de IQVIA. Cuando una tesis de inversión se apoya en una estimación de mercado de magnitud espectacular, el analista debe preguntar por la metodología y buscar el estudio que la contradice. Aquí, excepcionalmente, el emisor lo ha hecho por nosotros; en la mayoría de los informes de venta, esa tarea recae en el lector.
La cuarta, y quizá la más valiosa, es transversal a cualquier campo. La historia que cuenta este documento —la de un consenso erróneo que sobrevive siglos a la evidencia, la del progreso que retrocede antes de avanzar, la de las enfermedades que existían pero a las que la medicina no sabía mirar— es también, en clave metafórica, la historia de los mercados financieros. Mondino diseccionó dos cadáveres y aun así describió siete cámaras uterinas porque la autoridad recibida pesaba más que sus propios ojos. Cuántos inversores hacen lo mismo cada día: ven los datos delante y aun así repiten el dogma. Si este informe de banca de inversión sirve para recordarlo, habrá cumplido una función que su autor probablemente no buscaba, pero que un lector con criterio sabrá agradecer.
En suma: un documento extraordinario por su ambición y su calidad, que merece leerse por el placer intelectual que proporciona y por los datos que reúne, pero que conviene enmarcar siempre en su naturaleza —una vitrina elegante construida por quien aspira a ser el banquero de un sector en auge—. La salud de las mujeres es, en efecto, una causa crítica para la humanidad, y celebrar el progreso de los últimos cincuenta años es de justicia. Que ese progreso sea además una oportunidad de negocio para Stifel no lo hace menos real; solo obliga al lector a separar, con la disciplina de siempre, lo que es ciencia de lo que es estrategia comercial. Las dos cosas conviven en estas 236 páginas, y leerlas bien consiste, precisamente, en no confundirlas.
