Cada mes de enero, desde 2015, Vikram Mansharamani —autor de Boombustology y profesor que ha enseñado en Yale y Harvard— se sienta a escribir lo que él mismo llama no una previsión, sino un ejercicio de imaginación disciplinada. Su última entrega, publicada el 7 de enero de 2026, propone veinte desarrollos a vigilar entre hoy y 2031. Y arranca con una confesión desarmante: acertar no es, ni ha sido nunca, su objetivo.
La advertencia no es retórica. Mansharamani diferencia su método del de quienes pronostican a un año vista. Él prefiere la mirada larga porque, sostiene, es el tiempo lo que permite que las señales afloren por encima del ruido ensordecedor del día a día. Las tendencias de fondo —las que conectan acontecimientos en apariencia inconexos— funcionan como una brújula. Citando a John Kenneth Galbraith, recuerda que hay dos tipos de pronosticadores: «los que no saben y los que no saben que no saben». Y deja al lector el veredicto sobre cuál de los dos es él.
Para quien gestiona patrimonio, este encuadre es lo más valioso del texto. No estamos ante una hoja de ruta para posicionar una cartera, sino ante una invitación a ensayar futuros alternativos —incluidos los incómodos o los disparatados— como antídoto contra la falsa certeza. Es, en el fondo, gestión del riesgo en estado puro: no se trata de saber qué pasará, sino de no quedar ciego ante lo que podría pasar.
El hilo financiero: deflación, deuda y el fin del refugio cómodo
Entre las veinte hipótesis, hay un puñado que tocan directamente la fibra del inversor. La más afilada es la segunda: la inteligencia artificial genera deflación, lo que dispara el desempleo estructural y eleva los niveles de deuda. En ese escenario, Mansharamani imagina a todo Wall Street releyendo La teoría de la deuda-deflación de las grandes depresiones, de Irving Fisher. Los Gobiernos responden imprimiendo dinero en busca de inflación, y el resultado es un repunte de bitcoin, oro, materias primas e inmuebles.
El giro más provocador llega después: la percepción de la deuda estadounidense como activo que ofrece «rentabilidad sin riesgo» se invierte hasta convertir a los bonos del Tesoro en algo que ofrece «riesgo sin rentabilidad». Es un juego de palabras —risk-free return contra return-free risk— pero condensa una idea seria sobre la erosión del estatus de refugio de la deuda soberana de referencia. Curiosamente, en su relato el dólar aguanta fuerte, sostenido por entradas masivas en stablecoins ligadas al billete verde.
Conviene leer todo esto con la cabeza fría. Es una hipótesis especulativa, no una recomendación. En BISSAN no invertimos en criptoactivos ni los proponemos en carteras; mencionarlos aquí es analizar el argumento de un tercero, no hacerlo nuestro. Lo que sí merece atención es la mecánica subyacente que dibuja Mansharamani: deflación tecnológica, respuesta monetaria expansiva y reasignación hacia activos reales. Esa secuencia —tecnología que abarata, política que reflaciona— es un marco que vale la pena tener presente, independientemente de los nombres concretos que el autor cuelgue de cada nodo.
Materias primas y energía: el cobre desplaza a Oriente Medio
Otro bloque coherente gira en torno a los recursos. Mansharamani anticipa un auge de las tecnologías nucleares de nueva generación que, combinado con una extracción de hidrocarburos más eficiente, mantendría contenidos los precios de la energía pese a la demanda disparada de las aplicaciones tecnológicas y los centros de datos. En ese mundo, el cobre emerge como el recurso más estratégico del planeta, y el foco geopolítico de las grandes potencias se traslada de Oriente Medio a la región andina.
El nacionalismo de los recursos completa el cuadro: los países priorizan la seguridad de suministro sobre el precio, se acelera el reciclaje y gana terreno la «minería urbana» para obtener materiales difíciles de conseguir sin depender de adversarios. Aquí el autor dibuja una alianza insólita —aislacionistas y ecologistas, extraños compañeros de cama— empujando incentivos fiscales hacia la autosuficiencia.
En el frente del petróleo, plantea que Venezuela y Nigeria abandonen la OPEP con aliento estadounidense, precipitando el lento declive de la organización mientras florece la producción de hidrocarburos liderada por Norteamérica. Pese a los intentos de dictadores y hombres fuertes por encarecer el crudo recortando producción, los precios se mantendrían por debajo de 65 dólares el barril. La cifra es la única referencia numérica concreta que el autor ancla en este apartado, y resume bien su tesis: oferta abundante presionando a la baja.
Demografía, longevidad y el factor humano
Varias predicciones se adentran en lo demográfico y lo sanitario, terreno donde Mansharamani suele encontrar señales largas. El uso global de fármacos GLP-1 se dispara al popularizarse una versión en pastilla cubierta por la mayoría de seguros; el cambio de hábitos de consumo —menos decisiones impulsivas— se convierte en viento estructural en contra para industrias enteras, y la demanda de programas de «compra ahora, paga después» se desploma.
En paralelo, las tasas de natalidad en el mundo desarrollado siguen cayendo. Las mayores economías envejecen, lo que el autor vincula a una inversión más conservadora y cortoplacista, a la disipación de la energía emprendedora y a un goteo decreciente de investigación básica y patentes. Sobre China lanza una afirmación rotunda: la política del hijo único se revela como el talón de Aquiles de la ambición del país por liderar el mundo. Y en el extremo más futurista, imagina biofabricación capaz de imprimir órganos humanos bajo demanda, hasta el punto de que la esperanza de vida de un niño nacido en 2030 ascendería a 151 años.
Tecnología, verdad y poder
El último gran eje es el de la tecnología como fuerza desestabilizadora. La computación cuántica desencadena una crisis geopolítica al volver vulnerables de golpe todas las comunicaciones antes seguras; cada avance empuja al alza el precio del oro por el temor a robos de criptomonedas habilitados por lo cuántico, y la ciberseguridad regresa al primer plano de las preocupaciones de consejos de administración, Estados e individuos.
Los deepfakes, por su parte, se vuelven indistinguibles de la realidad y siembran una confusión cognitiva masiva, abriendo hueco a empresas que prometen autentificar mensajes y «salvar» elecciones. Y en la hipótesis que cierra la lista, a medida que más gente delega su criterio en ChatGPT, Claude y Grok, emerge una sincronía global del pensamiento —una suerte de «mente colmena»— que el autor narra con su característico humor, mezclando el dato verificable con la sátira deliberada.
Esa mezcla es, precisamente, la clave de lectura. Junto a tesis de inversión serias conviven escenarios geopolíticos de altísima improbabilidad y bromas explícitas. Mansharamani no pretende que se las crea: pretende que el lector ejercite el músculo de considerar lo que hoy parece imposible.
Por qué importa esta forma de pensar
El cierre del texto es coherente con su apertura. Si la incertidumbre ante el futuro angustia, dice el autor, no debería: incertidumbre y oportunidad son dos caras de la misma moneda, y es justo en los momentos inciertos cuando la curiosidad y el pensamiento amplio permiten encontrar oportunidades.
Para nosotros, esa es la lección transferible, mucho más que cualquiera de las veinte apuestas concretas. Un buen proceso de inversión no descansa en adivinar el desenlace, sino en preparar la cartera para un abanico de futuros plausibles —algunos benignos, otros adversos— y en no enamorarse de un único escenario. El valor de un ejercicio como el de Mansharamani no está en su tasa de acierto, que él mismo da por baja, sino en la higiene mental de imaginar alternativas antes de que el mercado nos obligue a hacerlo.
Las hipótesis aquí descritas pertenecen al autor del documento original y se reproducen con fines divulgativos y de análisis. No constituyen previsiones de BISSAN ni recomendación de inversión alguna. Rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras.
