Hay una intuición tan extendida que casi nadie se molesta en cuestionarla: la de que comprar acciones de buenas empresas es, a largo plazo, un camino fiable hacia la riqueza. La evidencia académica de los últimos años viene resquebrajando esa idea con una insistencia incómoda, y el trabajo que firman Jonathan Fletcher y Michael O'Connell, profesores de finanzas de la Universidad de Strathclyde (Glasgow), añade un capítulo especialmente revelador. Publicado en el Journal of Asset Management a comienzos de 2026, el estudio toma la metodología que hizo célebre a Hendrik Bessembinder —aquel famoso «Do stocks outperform Treasury bills?» de 2018, que demostró que la mayoría de las acciones estadounidenses no superan ni a las Letras del Tesoro a lo largo de su vida— y la aplica a medio siglo de bolsa británica, de enero de 1975 a diciembre de 2024. El resultado, ajustado por inflación, es a la vez fascinante y aleccionador.

La metodología: riqueza, no rentabilidad media

El gran acierto de Bessembinder, que aquí se replica para el Reino Unido, es cambiar la pregunta. En lugar de calcular la rentabilidad media de las acciones —una cifra que las asimetrías brutales del mercado vuelven engañosa—, mide la creación de riqueza: cuánto dinero, en términos absolutos y por encima de lo que habría rentado invertir en Letras del Tesoro, ha generado cada valor a lo largo de su existencia. Los autores trabajan con la base de datos de la London Share Price Database, incorporan todas las acciones británicas (incluidas las pequeñas y las del AIM), corrigen el sesgo de exclusión de las empresas que quiebran asignándoles un -100% en su mes de defunción, y —detalle crucial— ajustan todo por inflación usando el índice de precios al consumo británico. Hablamos, por tanto, de poder adquisitivo real, no de cifras nominales infladas por cincuenta años de subida de precios.

La distinción entre rentabilidad media y mediana lo dice todo. A lo largo de toda la vida de una acción, la rentabilidad media real fue de un espectacular +620%; pero la mediana fue de -13,9%. Es decir: el inversor "típico", el que cae en mitad de la distribución, perdió poder adquisitivo, mientras un puñado de valores extraordinarios disparaba la media hacia arriba. Esa asimetría —lo que los estadísticos llaman asimetría positiva o skewness— es el corazón del fenómeno, y en la muestra británica es enorme.

Cincuenta años: el 3% que lo crea todo

Tabla con los estadísticos de las rentabilidades reales BAH (buy-and-hold) y la creación de riqueza de las acciones británicas, 1975-2024. En horizonte mensual la rentabilidad media de las acciones es 0,98% frente al 0,72% del mercado, con una volatilidad del 20,864% y una skewness de 24,698. En horizonte vital la media es 620,428% pero la mediana -13,934%, con skewness de 30,898 y solo el 46% de valores en positivo. El panel de concentración (Wealth Concentration) muestra Net Wealth de 305.119.778,5 miles de libras y Prop comp de 0,031. Figura 1. Estadísticos de rentabilidad real y concentración de la riqueza, 1975-2024 — Fuente: Journal of Asset Management (Fletcher y O'Connell, 2026).

Las cifras del conjunto del periodo son contundentes. En cincuenta años, la bolsa británica creó una riqueza neta real superior a los 305.000 millones de libras (305.119 millones, para ser exactos). Pero esa riqueza la generó en su totalidad apenas el 3,1% de las empresas —una "Prop comp" de 0,031 en la tabla—. Solo el 46,5% de los valores creó riqueza real positiva; el resto, más de la mitad, destruyó valor en términos reales. Y la mayoría de las acciones rindió, a lo largo de su vida, menos que una simple Letra del Tesoro: solo el 44,5% las batió.

El detalle por horizontes confirma el patrón. Incluso en el horizonte mensual, apenas el 46,8% de los retornos reales de las acciones individuales fue positivo (frente al 59,3% del índice de mercado), y solo el 45,6% superó la rentabilidad de las Letras. La concentración tiene además nombres y apellidos muy reconocibles: las tres mayores creadoras de riqueza de medio siglo fueron Shell (15.900 millones de libras), BP (12.800 millones) y HSBC (11.300 millones), seguidas de British American Tobacco y AstraZeneca. Las diez primeras empresas, ellas solas, capturan una proporción sustancial de toda la riqueza neta del periodo. El mercado británico, como el estadounidense que estudió Bessembinder, descansa sobre los hombros de unas pocas gigantes.

El 'Big Bang' como línea divisoria

La parte más original del trabajo llega cuando los autores parten la muestra en dos, tomando como bisagra el "Big Bang" de octubre de 1986 —la gran desregulación de los mercados financieros del Reino Unido—. El contraste entre las dos épocas es asombroso.

Tabla comparativa de los estadísticos de rentabilidad real y creación de riqueza en los subperiodos pre y post Big Bang. En el panel pre-Big Bang (enero 1975-octubre 1986) la rentabilidad vital media de las acciones es 469,699% con mediana positiva de 157,094% y un 78,4% (Prop>0 0,784) de valores en positivo; la concentración es baja (Prop comp 0,28). En el panel post-Big Bang (noviembre 1986-diciembre 2024) la media cae a 93,522% con mediana de -44,041%, solo 37,5% de valores en positivo y una concentración extrema (Prop comp 0,015). Figura 2. Creación de riqueza antes y después del Big Bang de 1986 — Fuente: Journal of Asset Management (Fletcher y O'Connell, 2026).

En el periodo anterior a 1986, la bolsa británica se parecía a la fantasía del inversor de a pie: la creación de riqueza estaba mucho más repartida. Nada menos que el 78,4% de las empresas creó riqueza real positiva, la rentabilidad vital mediana de un valor fue positiva (+157%), y hizo falta el 28% de las compañías —no un puñado, sino casi un tercio— para generar toda la riqueza neta agregada. Alrededor del 76% de las acciones superó la rentabilidad de las Letras del Tesoro en términos reales. Comprar acciones individuales tenía, entonces, sentido para la mayoría.

Tras el Big Bang, el cuadro se invierte. La rentabilidad vital media cae al 93,5% pero la mediana se hunde hasta el -44%, solo el 37,5% de los valores crea riqueza positiva y la concentración se vuelve extrema: basta el 1,5% de las empresas para explicar toda la riqueza neta del periodo. Las grandes vuelven a ser HSBC, Shell y AstraZeneca. Es un dato que invita a la reflexión: la modernización y globalización de los mercados —más liquidez, más eficiencia, más competencia— coincidió con una concentración brutal de la creación de valor en unos pocos campeones. Los autores constatan, además, que el patrón se mantiene si en lugar del Big Bang se parte la muestra por la Gran Crisis Financiera, y que en los subperiodos recientes —post-Brexit (desde julio de 2016) y post-Covid (desde marzo de 2020)— la concentración sigue siendo altísima: basta el 2,5% y el 1,8% de las empresas, respectivamente, para generar toda la riqueza neta.

Pequeñas y AIM: el peor caladero

Si la concentración ya es severa en el mercado general, entre los valores pequeños y, sobre todo, en el AIM —el mercado alternativo de empresas en crecimiento— roza lo demoledor.

Tabla de estadísticos de rentabilidad real y creación de riqueza para las acciones pequeñas (Small Stocks, panel A) y el mercado AIM (panel B). En las pequeñas la rentabilidad media es 68,192% con mediana de -51,464%, solo el 35,1% de valores en positivo y una creación de riqueza neta de 24.916.553 miles de libras (Prop comp 0,032). En el AIM la media es -2,19% con una mediana de -79,817%, solo el 22,3% de valores en positivo y una riqueza neta agregada NEGATIVA de -2.648.144 miles de libras. Figura 3. Creación de riqueza en valores pequeños y en el AIM — Fuente: Journal of Asset Management (Fletcher y O'Connell, 2026).

Entre las acciones pequeñas, la rentabilidad vital mediana fue del -51,5% real y solo el 35,1% de los valores creó riqueza positiva; bastó el 3,2% de las empresas para generar toda la riqueza neta. Pero el caso extremo es el AIM: una rentabilidad mediana del -79,8% real, apenas el 22,3% de valores en positivo —la proporción más baja de toda la muestra— y, lo más llamativo, una creación de riqueza neta agregada negativa: -2.648 millones de libras. Dicho de otro modo, invertir indiscriminadamente en el AIM británico a lo largo de su historia no solo no creó riqueza: la destruyó en conjunto. Las pocas excepciones —First Quantum Minerals, Western Coal o Plus500— no compensaron el reguero de fracasos. Es la evidencia más cruda de que la promesa de "encontrar el próximo Amazon entre las pequeñas" es, estadísticamente, una lotería con muy mal valor esperado.

¿Y si seleccionamos a las ganadoras?

Llegados aquí, la pregunta natural es obvia: si la riqueza la crean unas pocas empresas, ¿no bastaría con identificarlas y comprarlas? Los autores ponen a prueba precisamente esa idea con una "estrategia de riqueza" (Wealth trading strategy): cada mes seleccionan las 100 acciones que más riqueza han creado en los 120 meses anteriores, y miden cómo se comporta esa cartera frente al mercado, tanto equiponderada (EW, igual peso para cada valor) como ponderada por capitalización (VW).

Tabla de rendimiento de la estrategia de riqueza (Wealth trading strategy) entre 1985 y 2024, con revisión mensual (panel A) y anual (panel B). En el panel mensual, la cartera equiponderada (EW) rinde un 6,132% anual con Sharpe de 1,32, frente al mercado (Mkt) con 4,997% y Sharpe 1,173 y la cartera ponderada por capitalización (VW) con 4,77% y Sharpe 1,15. El valor terminal de 1 libra es 45,639 para la EW frente a 31,571 del mercado. Los alfas anualizados de la EW son positivos (CAPM 0,942%, FF3 1,07%, FF6 1,162%) mientras los de la VW son pequeños o negativos. Figura 4. Rendimiento de la estrategia de riqueza, 1985-2024 — Fuente: Journal of Asset Management (Fletcher y O'Connell, 2026).

El veredicto es matizado, y conviene leerlo con cuidado. La cartera ponderada por capitalización (VW) se comporta prácticamente igual que el índice de mercado —rentabilidad anualizada del 4,77% frente al 4,997% del mercado, Sharpe de 1,15 frente a 1,173, una correlación del 0,974—: no aporta nada, porque al ponderar por tamaño acaba pareciéndose al propio índice, dominado por las mismas gigantes. La versión equiponderada (EW), en cambio, sí muestra cierta ventaja: una rentabilidad anualizada del 6,132%, un Sharpe de 1,32 superior al del mercado, y un valor terminal de la libra invertida de 45,6 frente a 31,6 del índice. Sus alfas son positivos frente a los tres modelos de factores (CAPM, FF3 y FF6), aunque solo alcanzan significación estadística marginal —al 10%— en el modelo de tres factores. La conclusión de los autores es prudente: hay algunos beneficios en seleccionar a las creadoras de riqueza, pero solo cuando se equiponderan, y la ventaja no es estadísticamente robusta. Es decir, no estamos ante una máquina de batir al mercado, sino ante una mejora modesta y frágil.

Lo que un inversor debería llevarse de medio siglo de datos

Este trabajo, por académico que parezca, encierra una lección de inversión de las que conviene grabar a fuego. La primera, y más importante: la creación de riqueza en bolsa es extraordinariamente concentrada y asimétrica. Si la inmensa mayoría de las acciones individuales rinde por debajo de las Letras del Tesoro a lo largo de su vida, y si toda la riqueza la genera un 3% de las empresas, entonces apostar a "acciones sueltas" no es invertir: es comprar billetes de lotería con la esperanza de acertar la próxima Shell o AstraZeneca. La probabilidad, los datos lo demuestran, está aplastantemente en contra.

De ahí se sigue la segunda lección, que es el corazón de cualquier metodología de inversión seria: la diversificación amplia no es una cautela timorata, sino la única forma matemáticamente sensata de asegurarse de tener en cartera ese 3% de valores que lo cambian todo. Quien posee el conjunto del mercado captura, por definición, a las pocas ganadoras gigantescas que sostienen toda la creación de riqueza; quien selecciona un puñado de nombres se juega quedarse fuera de ellas, que es el escenario más probable. La tercera lección, más sutil, es la de la humildad ante las modas: el periodo en que la bolsa británica fue más "democrática" en creación de riqueza no fue la era moderna y eficiente, sino la anterior a la gran desregulación de 1986; y los segmentos que más prometían descubrimientos espectaculares —las pequeñas, el AIM— fueron, en conjunto, los que más valor destruyeron.

Para el inversor de largo plazo, asomarse a cincuenta años de datos británicos es un antídoto contra la ilusión del stock picking heroico. La riqueza, en bolsa, no se construye acertando la acción genial, sino estando presente —de forma diversificada, paciente y disciplinada— allí donde, tarde o temprano, aparecen las pocas que lo crean casi todo.