Hay un dato que resume bien dónde está hoy la frontera del dinero privado: en 2025, de cada dólar que el capital riesgo invirtió en el mundo, más de seis céntimos de cada diez fueron a parar a una empresa de inteligencia artificial. La cifra exacta la pone la OCDE en su informe Venture capital investments in artificial intelligence through 2025: 258.700 millones de dólares sobre un total de 427.100 millones, es decir, un 61% del venture capital global. En 2022 esa proporción era del 30%. En tres años, por tanto, se ha duplicado.
No es un detalle anecdótico para entusiastas de la tecnología. Es una de las reasignaciones de capital más rápidas que se recuerdan, y conviene entenderla con calma, porque tiene implicaciones tanto para quien invierte como para quien diseña políticas públicas. El informe se apoya en los datos de la plataforma OECD.AI Policy Observatory, alimentada por la firma británica Preqin, y cubre las inversiones entre 2012 y 2025 en más de 33.000 empresas de IA y cerca de 85.000 transacciones. Conviene, así pues, leerlo como lo que es: una fotografía rigurosa de una sola pieza del ecosistema —la del capital riesgo— y no de toda la inversión en IA.
El venture capital ya es, en buena medida, venture capital de IA
La trayectoria es contundente. La inversión anual de capital riesgo en empresas de IA pasó de unos 8.300 millones de dólares en 2012 a 258.700 millones en 2025. Y lo interesante es que no ha sido una línea recta. El conjunto del venture capital tocó techo en 2021, por encima de los 800.000 millones de dólares, en plena resaca de la pandemia (teletrabajo, telemedicina, comunicaciones), y desde entonces se ha enfriado hasta estabilizarse cerca de niveles prepandémicos. La IA, en cambio, ha seguido un camino propio: cayó desde su pico de 2021 (257.300 millones) hasta los 123.600 millones de 2023 y volvió a dispararse un 109% entre 2023 y 2025.
Figura 1. La IA ya supone más de la mitad del capital riesgo global — Fuente: OECD.AI, datos de Preqin.
Dentro de ese movimiento, el subsegmento de la IA generativa es el que mejor explica el cambio de ritmo. Su financiación saltó de unos 2.800 millones de dólares en 2022 a 15.300 millones en 2023 —del 2% al 12% de toda la inversión en IA—, justo cuando ChatGPT irrumpía a finales de 2022. En 2025 la IA generativa ya movía 35.300 millones, algo más del 14% del venture capital destinado a IA.
Estados Unidos juega en otra liga
Si el primer titular es la concentración por temática, el segundo es la concentración geográfica. Las empresas estadounidenses captan en torno al 75% del valor de las operaciones de capital riesgo en IA —unos 194.000 millones de dólares—, muy por delante de la UE27 (6%, 15.800 millones), China (5%, 13.900 millones) y Reino Unido (5%, 13.800 millones). Y la asimetría no es solo de quién recibe el dinero, sino de quién lo pone: los inversores estadounidenses representan alrededor del 56% del valor mundial del capital riesgo en IA que sale a buscar oportunidades.
Figura 2. Estados Unidos lidera con diferencia la inversión captada por empresas de IA — Fuente: OECD.AI, datos de Preqin.
La OCDE matiza, con la prudencia que le es propia, que el tamaño del capital riesgo respecto al conjunto de la economía sigue siendo modesto: por debajo del 1% del PIB en las principales jurisdicciones, con Israel y Estados Unidos a la cabeza, algo por debajo del 0,4% en 2024. Es decir, mucho ruido relativo dentro del venture capital, pero todavía una porción pequeña del ahorro total de cada país.
"Mega deals" e infraestructura: dónde se acumula el dinero
El tercer patrón es quizá el más relevante para entender el riesgo. El dinero no se reparte de forma homogénea, sino que se concentra en operaciones gigantes. Los llamados mega deals —rondas de más de 100 millones de dólares— ya suponían en 2025 cerca del 73% del valor total invertido en IA. Y dentro de ellos, las operaciones de más de 1.000 millones representaban casi la mitad de todo el valor. El contraste con la mediana es revelador: en 2025 la operación mediana se quedaba en torno a 5 millones de dólares, mientras la media subía hasta 35,8 millones. Unas pocas rondas colosales tiran del promedio.
¿Hacia qué actividad fluye ese capital? Sobre todo, hacia los cimientos. Desde aproximadamente 2023, las empresas de IA dedicadas a infraestructura informática y hosting —que en la metodología de Preqin engloban tanto el cómputo como a los propios desarrolladores de modelos— se convirtieron en el principal destino del capital riesgo. El salto es vertiginoso: 47.400 millones de dólares en 2024 y 109.300 millones en 2025, cerca de lo invertido en todas las demás industrias juntas (149.400 millones). Acumulado entre 2012 y 2025, ese capítulo suma 256.100 millones. Es, en esencia, la carrera por construir la capacidad de cómputo que necesita escalar la IA avanzada.
Figura 3. La financiación de la infraestructura de IA se dispara — Fuente: OECD.AI, datos de Preqin.
Qué leer entre líneas
El informe está pensado para responsables de políticas públicas —de ahí su batería de recomendaciones sobre alfabetización inversora, incentivos fiscales, sandboxes regulatorios o diversificación a lo largo de la cadena de valor de la IA—, pero deja un par de avisos que cualquier inversor haría bien en grabarse.
El primero lo repite la propia OCDE varias veces: los datos son nominales, no ajustados por inflación, y reflejan únicamente el capital riesgo, no el conjunto de la inversión en IA. De hecho, la formación de capital relacionada con IA dentro de la UE27 podría haber alcanzado los 294.000 millones de euros en 2023, unas 2,4 veces el venture capital de ese año, lo que recuerda el peso de la inversión interna de las grandes empresas y del sector público.
El segundo aviso es el más sano. La OCDE subraya que los mercados de inversión son cíclicos y que las tendencias pasadas no anticipan necesariamente las futuras: la propia IA ya ha vivido olas de euforia y desencanto. Que el 61% del capital riesgo del mundo apueste hoy por la inteligencia artificial dice mucho sobre las expectativas del mercado, pero no garantiza el resultado. Una concentración tan extrema —por temática, por geografía y por tamaño de operación— es, leída con frialdad, también una concentración de riesgo. Y eso, para quien gestiona patrimonio, es precisamente el motivo por el que la diversificación deja de ser un tópico y se vuelve una disciplina.
