Cada gran salto tecnológico tiene dos actos. En el primero, el dinero corre hacia quienes levantan la infraestructura: las vías del ferrocarril, el cable de fibra óptica, los centros de datos. En el segundo, el protagonismo pasa a quienes la usan. La carta anual a inversores de Sparkline Capital, firmada por su fundador Kai Wu, sostiene que el auge de la inteligencia artificial acaba de cruzar esa frontera. Estamos, dice, entrando en la "fase de adopción".

Es una tesis incómoda para el inversor medio, porque implica que la cartera de la mayoría está posicionada para el acto equivocado. Vale la pena entender el argumento con sus cifras, porque no es una intuición de barra de bar: Sparkline lo apoya en el análisis sistemático de miles de empresas y de millones de transcripciones de resultados.

De la construcción al uso

La idea de fondo es vieja y bien documentada: la tecnología se difunde despacio. El paper la ilustra con la curva clásica de difusión de innovaciones de Everett Rogers, que reparte a los adoptantes en cinco grupos según el momento en que se suben al carro.

Curva de difusión tecnológica de Rogers con las categorías Infrastructure, Early Adopters, Early Majority, Late Majority y Laggards, y una flecha "AI Today?" — eje vertical "Market Share (%)" Figura 1. La difusión tecnológica según Rogers, con la IA aún en los primeros tramos — Fuente: Sparkline Capital.

En la figura, la curva acumulada de cuota de mercado avanza de cero a cien por cien a medida que se incorporan los grupos: los adoptantes tempranos ("Early Adopters") representan un 13,5% del total, la mayoría temprana ("Early Majority") un 34%, la mayoría tardía ("Late Majority") otro 34%, y los rezagados ("Laggards") un 16%. La flecha rotulada "AI Today?" no apunta al centro de la curva, sino a su arranque, en torno al 10-15% de penetración. El mensaje visual es claro: por mucho ruido que haga, la IA todavía está en pañales en términos de adopción real.

Los datos lo confirman. Según la encuesta de tendencias empresariales del censo estadounidense que cita el paper, solo alrededor del 10% de las empresas usa hoy la IA en producción. Han pasado tres años desde el lanzamiento de ChatGPT y seguimos, en palabras de Wu, en las primeras entradas de un proceso de adopción corporativa que será largo y desigual. La electricidad y la propia internet tardaron muchos años en alcanzar la aceptación masiva; no hay motivo para esperar que la IA sea distinta.

Mientras tanto, en los mercados ya se aprecian los primeros síntomas del relevo. Sparkline señala que dos de las firmas de infraestructura de IA más endeudadas, Oracle y CoreWeave, han caído alrededor de un 50% desde sus máximos del año pasado, y que incluso las "Siete Magníficas" se han quedado por detrás del mercado en los últimos meses. La inquietud que late detrás es concreta: que la adopción avance demasiado despacio para justificar el gasto de capital descomunal —y la rápida depreciación de los chips— en que han incurrido los proveedores de infraestructura.

La prueba del algodón: el retorno

Para separar el grano de la paja, Sparkline entrena un modelo de lenguaje que rastrea las llamadas de resultados de empresas de todo el mundo y clasifica las menciones a la IA en tres niveles de exigencia creciente. El primero, amplio, recoge cualquier mención de uso de IA. El segundo exige una cifra de ganancia económica concreta, del tipo "un 23% menos de costes en el centro de atención telefónica". El tercero, el más estricto, requiere que esa ganancia se exprese frente al coste de la inversión: es lo que llaman ROI propiamente dicho.

El recuento de empresas que cumplen estos criterios ha pasado de prácticamente cero a una cifra significativa.

Dos líneas ascendentes "Companies Mentioning AI-Driven Economic Gains (RHS)" y "Companies Mentioning AI-Driven ROI (LHS)" desde 2017, con valores finales de 675 y 155 Figura 2. Cada vez más empresas reportan retornos de la IA — Fuente: Sparkline Capital.

La línea azul (escala derecha) cuenta las compañías que mencionan ganancias económicas atribuibles a la IA: ha trepado hasta 675. La línea roja (escala izquierda), más exigente, recoge las que hablan de ROI verificable: llega a 155. Ambas curvas se mantienen casi planas hasta 2022 y se disparan después. Es una progresión que entusiasma, aunque conviene leerla con perspectiva: esas 155 y 675 empresas representan apenas un 3% y un 15% del universo global de acciones que sigue Sparkline. La tendencia es buena; el nivel, todavía modesto.

Más revelador que el número absoluto es la proporción. Cuando una empresa menciona la IA, ¿lo hace cada vez más para presumir de resultados medibles?

Dos líneas ascendentes, "Companies Mentioning AI-Driven Economic Gains" hasta 32% y "Companies Mentioning AI-Driven ROI" hasta 7%, ambas como porcentaje del total de firmas que mencionan uso de IA Figura 3. Más menciones de IA incluyen ya un retorno — Fuente: Sparkline Capital.

La respuesta es que sí. Entre las empresas que mencionan IA, la cuota que aporta una ganancia económica cuantificada (línea azul, escala derecha) ha subido hasta el 32%, y la que cita un ROI propiamente dicho (línea roja, escala izquierda) hasta el 7%. La adopción está madurando: se pasa de los pilotos con objetivos vagos a los beneficios financieros medibles.

El mercado aún no lo paga

Aquí llega la parte que interesa al inversor. Adoptar IA no es solo una virtud operativa; se traduce en bolsa. Sparkline mide el exceso de rentabilidad anual frente al mercado de tres grupos de empresas desde 2017.

Gráfico de barras "Excess Stock Returns by Category" con tres barras: AI-Driven ROI 5.2, AI-Driven Economic Gains 4.8 y AI Usage 3.2 — eje "Annual Return vs. Market (%)" Figura 4. Exceso de rentabilidad bursátil por categoría — Fuente: Sparkline Capital.

Las empresas que simplemente hablan de usar IA en sus resultados ("AI Usage") han batido al mercado en un 3,2% anual. Las que pueden señalar ganancias económicas concretas ("AI-Driven Economic Gains"), un 4,8%. Y las que exhiben ROI verificable ("AI-Driven ROI"), un 5,2%. El gradiente es nítido: cuanto más tangible es el provecho que la empresa saca de la IA, mejor se comporta su acción. La adopción seria paga, y paga más que el simple ruido.

El detalle más interesante es que, según Sparkline, los adoptantes tempranos reportan más ganancias que los propios proveedores de infraestructura. Estos últimos venden los "picos y palas" de la fiebre del oro, pero muchos no usan la IA de forma intensiva en sus propias operaciones. El que vende las palas no siempre es el que encuentra el oro.

Y, sin embargo, el mercado todavía no recompensa a esos adoptantes con múltiplos más altos. Sparkline afirma que no existe prácticamente correlación entre el grado de adopción de IA de una empresa y su valoración. En cambio, las firmas de infraestructura de IA cotizan a casi el doble de la valoración del mercado. Es la asimetría que articula toda la tesis: se paga generosamente por construir y casi nada por usar.

La trampa del índice

De ahí la advertencia más práctica del paper. El índice que la mayoría de inversores posee no está preparado para la fase de adopción, sino para la de construcción. Como los índices se ponderan por capitalización —y la capitalización premia lo que ya ha funcionado—, un 46% del S&P 500 está hoy en acciones de infraestructura de IA. El inversor pasivo, sin saberlo, está cargado de la apuesta más cara y más arriesgada del ciclo.

La alternativa habitual tampoco resuelve el problema. Los índices de valor, de igual ponderación o internacionales (Russell 1000 Value, S&P 500 Equal-Weight, MSCI EAFE) se van al extremo opuesto y se concentran en los rezagados, con el riesgo de perderse la revolución por completo. Sparkline propone una tercera vía —sus propios fondos ITAN y DTAN, centrados en adoptantes tempranos—, y aquí conviene recordar que el documento es, al fin y al cabo, la carta comercial de una gestora. Pero la lección general trasciende el vehículo: la exposición a la IA y el riesgo de infraestructura no son lo mismo, y la diversificación inteligente consiste precisamente en separarlos.

Lo que nos llevamos

El paralelismo histórico que recorre la carta es el más sugerente. Los grandes ganadores del ferrocarril y de internet no fueron quienes tendieron las vías o la fibra, sino sus clientes: los adoptantes tempranos. En el estallido de las puntocom, las telecos tendieron 80 millones de millas de cable, el 85% quedó sin usar y el precio del ancho de banda se desplomó un 90%; aquello arruinó a constructores como Global Crossing, pero subvencionó el nacimiento de Netflix y Facebook. Sparkline ve hoy una dinámica idéntica, con la infraestructura de IA asumiendo una factura estimada de cinco billones de dólares mientras sus clientes disfrutan de una intensidad de capital decreciente.

Conviene poner la cita de Satya Nadella en su sitio: para que esto no sea una burbuja, los beneficios de la IA tienen que repartirse de forma mucho más amplia, y no limitarse al crecimiento alimentado por el gasto de capital. Esa, en el fondo, es la pregunta del millón. La tesis de Sparkline es razonable y está bien fundamentada, pero descansa sobre una premisa que aún no está demostrada: que la adopción acabará llegando, y a tiempo. La historia juega a su favor; el calendario, nadie lo conoce.

Para el inversor con criterio, la enseñanza no es comprar tal o cual fondo, sino mirar la propia cartera con ojos nuevos. Si una parte cada vez mayor de lo que uno posee es, sin haberlo decidido, una apuesta concentrada por la construcción de la IA, entonces la diversificación deja de ser un tópico y se convierte en una decisión activa. Distinguir entre estar expuesto a una tecnología y estar expuesto a su fase más cara es, hoy, una de las formas más útiles de gestionar el riesgo.