En mayo de 2025, en plena tormenta macroeconómica —confianza desplomada, precios de los activos volátiles y datos distorsionados—, BCG identifica una variable que, por una vez, se mueve en la dirección correcta: el petróleo. Tras las subidas de producción anunciadas por la OPEP+ aquel fin de semana, el crudo había caído un 24% desde su media de 2024, y aún más para muchos importadores fuera de Estados Unidos por el debilitamiento del dólar. La pregunta es legítima: ¿es el petróleo barato el rayo de esperanza en medio de la tormenta desatada por la guerra comercial?
El Center for Macroeconomics y el Center for Energy Impact de BCG unen fuerzas para responderla con honestidad y, sobre todo, con matices. La conclusión que vertebra todo el informe es esta: sí, el petróleo barato es un viento de cola para la economía, pero conviene no confundirlo con el espejo invertido del shock energético de Ucrania, cuando el gas disparado llevó a Europa al borde de la recesión. En Estados Unidos, el alivio del petróleo no llega a compensar el lastre de los aranceles (aunque ayuda). En economías como la Eurozona, donde la inflación arancelaria es modesta y la caída del crudo en moneda local es mayor, el impacto neto sí puede ser positivo.
¿Hasta dónde puede caer el petróleo?
El primer ejercicio es de prospectiva. Los colegas del Center for Energy Impact dibujan un abanico de escenarios para tres horizontes. El crudo había caído por dos fuerzas simultáneas: un shock de demanda (los aranceles enfriaron las expectativas de crecimiento) y un shock de oferta (la OPEP+ deshaciendo recortes voluntarios, con subidas sucesivas de 411.000 barriles diarios hasta un total potencial de 2,2 millones).
A seis meses, el riesgo es bajista: entre 30 y 40 dólares si una recesión global golpea la demanda, o 60-75 dólares si la economía aguanta. A uno o dos años, los fundamentales retiran lo más extremo de la mesa —un precio de 30 dólares expulsaría oferta del mercado— y el rango plausible se mueve entre 50 y 80 dólares. A dos-cuatro años, todo depende de la cohesión de la OPEP+: desde 50-60 dólares si hay guerra de cuotas hasta 80-100 dólares si los halcones del cártel recortan con disciplina.

El cross-check en términos reales
BCG añade un atajo macroeconómico elegante para validar ese suelo. Mirar solo los precios nominales engaña, porque ignora cuánto ha subido el nivel general de precios con el tiempo. Si se ajusta por inflación, el cuadro cambia. El precio actual de 61 dólares equivale, deflactado a dólares de 1990, a apenas 28 dólares reales: ya es históricamente bajo. Y el escenario de 50 dólares nominales se traduce en unos 23 dólares reales, un nivel propio de principios de los 2000.
Aquí está el argumento que merece subrayarse: aquel mundo de principios de siglo era radicalmente distinto —China aún no era una pieza material de la economía global y el shale estadounidense no existía, con EE. UU. como importador neto—. Volver a ese precio real de forma duradera sería extraordinario. El cross-check macro concuerda con el análisis de escenarios: el petróleo, ya de por sí barato, debería tener un suelo de medio plazo no mucho más bajo.

Deflación del petróleo contra inflación arancelaria
El corazón del informe es la pugna entre dos fuerzas que tiran en sentidos opuestos. Por un lado, el petróleo barato es deflacionista: analizando 45 años de datos, BCG estima que la caída del 20% ya acumulada resta unos 51 puntos básicos a la inflación estadounidense; acercarse a los 50 dólares por barril restaría unos 79 puntos básicos, y un desplome del 50% superaría los 100 puntos básicos de desinflación.
Por otro lado, los aranceles empujan en dirección contraria, y con más fuerza. Según el tipo arancelario efectivo y el grado de traslación a precios, la inflación añadida oscila entre 56 puntos básicos —si los tipos se negocian a la baja y la traslación es leve— y nada menos que 268 puntos básicos si se imponen los tipos previos a la pausa y se trasladan en gran medida. La aritmética es implacable: en la mayoría de escenarios, la deflación del crudo no llega a tapar el agujero arancelario en EE. UU. Sería un efecto macroeconómico relevante, sí, pero insuficiente para cambiar la trayectoria de una inflación que se acelera mientras la economía se debilita.
Europa, la verdadera beneficiada
Donde el cálculo se vuelve esperanzador es en la Eurozona, por dos razones. La primera es cambiaria: con el dólar debilitado, la caída del crudo es bastante mayor en euros, -25% frente al -18% de Estados Unidos. Y como cerca del 60% de los contratos de GNL están indexados al petróleo, el alivio va más allá del propio crudo. La segunda razón es que la inflación de la Eurozona ya parte de un nivel más bajo y el bloque no aplica aranceles generalizados a sus importaciones, de modo que hay muy poca inflación que compensar.
El resultado, según las previsiones de consenso que recoge BCG, es que la inflación de la Eurozona seguiría cayendo, posiblemente por debajo del objetivo del 2% del BCE. Eso daría margen al banco central para seguir bajando tipos, un viento de cola adicional para el crecimiento que EE. UU. no disfruta.

Ganadores y perdedores: sectores y geografía
BCG cierra con dos lecturas de impacto. La geográfica es intuitiva: los importadores netos de energía ganan, los grandes exportadores pierden, y el alivio es mayor para quienes pagan en divisas que se han apreciado frente al dólar (el Brent cae un 22% interanual para el Reino Unido en libras y un 28% para Suecia en coronas). Europa es beneficiaria, pero con una advertencia: su problema estructural de precios energéticos elevados —en algunos casos de cuatro a seis veces los de EE. UU.— no se cierra con esta caída.
La lectura sectorial usa la bolsa como termómetro. Cuando el petróleo cae, la energía es el sector que más sufre en términos relativos al S&P 500, mientras el consumo discrecional y el consumo básico tienden a hacerlo mejor, porque las familias liberan presupuesto para otros gastos. Cuando el petróleo sube, el patrón se invierte y la energía es la gran ganadora.

La lectura BISSAN
Este informe es un buen antídoto contra el titular fácil. La intuición invita a celebrar el petróleo barato como una gran noticia, y BCG demuestra con datos por qué la realidad es más sutil. En Estados Unidos, el alivio existe pero queda sepultado bajo la inflación arancelaria; en la Eurozona, la combinación de divisa y baja inflación de partida sí abre una puerta. Misma materia prima, efectos opuestos según dónde se mire. Esa es justo la clase de matiz que aplicamos cuando construimos carteras: un mismo shock no se reparte por igual entre geografías, y conviene tenerlo en cuenta antes de extrapolar una buena noticia a todo el mundo.
Nos quedamos también con dos disciplinas que el informe ilustra bien. La primera es mirar las cosas en términos reales: un precio que parece bajo en nominal puede serlo aún más al ajustarlo por inflación, y eso cambia por completo el juicio sobre cuánto recorrido le queda. La segunda es recordar que el petróleo pesa cada vez menos en la economía real —la gasolina ronda el 2% del gasto familiar en EE. UU.— por mucho que ocupe titulares y conversaciones. Para el inversor de largo plazo, la lección no es apostar por el barril, sino entender que las grandes variables macro rara vez se comportan como sugiere la primera reacción emocional. Conviene desconfiar de las narrativas de un solo factor y construir la cartera para resistir el matiz, no el eslogan.
