Hay una sensación incómodamente familiar en los mercados: la de que una oportunidad parece más evidente justo cuando ya es más peligrosa. Schroders lo formula en el título mismo de su análisis —so obvious it hurts, "tan obvia que duele"— y dedica el documento a una idea sencilla pero desagradable: el caso de inversión más convincente suele aparecer cerca del techo del ciclo, cuando el crecimiento fuerte, la rentabilidad elevada y un historial brillante atraen a un público cada vez más amplio dispuesto a comprar lo que parece un impulso imparable a cualquier precio.

Lo verdaderamente pernicioso, advierten los autores, son las oportunidades seculares, esas que se presentan con el disfraz de un "nuevo paradigma" impulsado por la innovación o por un cambio estructural. Cuanto más se alarga el liderazgo, más parece que el relato lo avalan las propias rentabilidades a largo plazo. Y así es como un patrón de mercado acaba confundiéndose con una verdad permanente. Para ganar perspectiva sobre el ciclo actual, Schroders revisita los grandes relatos de crecimiento secular de los últimos 75 años y se pregunta si los patrones de siempre vuelven a asomar o si, esta vez, de verdad es diferente.

Los Nifty Fifty: las acciones de "una sola decisión"

A finales de los años sesenta, las 50 grandes compañías estadounidenses líderes —nombres como General Electric, Coca-Cola o IBM— crecían a buen ritmo apoyándose en su escala y en la fuerza de sus marcas para expandirse a nuevas regiones y líneas de negocio, superando holgadamente a su competencia. Sus valoraciones, con múltiplos precio-beneficio que en algunos casos superaban las 30-40 veces, se justificaban apelando a su trayectoria de crecimiento y rentabilidad superiores. Eran nombres conocidos por todos, con grandes ventajas competitivas y balances sólidos, que llegaron a bautizarse como one-decision stocks: acciones de "una sola decisión", las comprabas una vez y nunca tenías que volver a pensar en venderlas.

Lo que pasó después es conocido. Cuando el crecimiento de beneficios y la cuota de mercado de las empresas estadounidenses cedieron bajo el peso de los altos tipos de interés y la elevada inflación de comienzos de los setenta, los Nifty Fifty empezaron a desplomarse. Aquello inauguró dos décadas de comportamiento inferior del mercado estadounidense frente al internacional, agravado por la mayor competencia extranjera, el colapso de las cajas de ahorro y el crash bursátil de 1987.

Japón: cuando un país valía casi la mitad de la bolsa mundial

El segundo gran relato es Japón a finales de los ochenta. El país dominaba la innovación tecnológica y la eficiencia manufacturera, ganando una cuota enorme en sectores críticos como el automóvil (Toyota, Honda) y la electrónica (Sony, Panasonic, Nintendo). Tenía el mayor mercado bursátil del mundo —llegó a representar el 45% de la bolsa global— y los inversores estaban fascinados por su crecimiento de beneficios, sus fosos tecnológicos y sus excelentes rentabilidades. Tan caro se valoraba todo lo japonés que el terreno bajo el Palacio Imperial de Tokio valía más que todo el inmobiliario del estado de California.

Gráfico de líneas "Japan vs. US: 1963 – 1988" con la serie Japan disparándose hasta un +10,200% y la serie US en +728%, indexadas a Nov '63 = 100 (eje hasta 11,000) Figura 1. La superioridad japonesa parecía obvia en los años ochenta — Fuente: Schroders, S&P, MSCI, Bloomberg.

La magnitud del relato se ve mejor en cifras. Entre 1963 y 1988, indexando ambas series a 100 en noviembre de 1963, la bolsa japonesa se revalorizó un 10.200%, frente al +728% de la estadounidense. Era, literalmente, una historia que parecía no tener techo. Y entonces llegó el techo: la combinación de una divisa más fuerte, tipos de interés más altos y un endurecimiento del crédito bancario provocó una contracción de liquidez que hundió las bolsas y el inmobiliario japonés de forma brusca y prolongada. Al mercado japonés le costó más de 34 años recuperar su pico de 1989. En la década que va de 1988 a 1998, Japón cayó un 44% mientras Estados Unidos subía un 428%: el mismo activo, el relato exactamente invertido.

Del dot.com a China: el relato cambia de protagonista, no de guion

En los noventa el foco volvió a Estados Unidos. La globalización ayudaba a las multinacionales estadounidenses a expandirse y a contener costes e inflación; el país dominaba el incipiente sector de internet y el Gobierno incluso registró superávit presupuestario por primera vez en más de 25 años. Entre 1988 y 2002, indexado de nuevo a 100 en noviembre de 1988, el mercado estadounidense llegó a acumular un +463% frente al +47% del internacional. Después, los fundamentales no aguantaron el ritmo de las expectativas: el Nasdaq se desplomó más de un 80% y tardó más de 15 años en volver a su máximo del año 2000.

El siguiente protagonista fue China. Tras su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001, su economía creció a tasas de dos dígitos durante seis años, unas cuatro veces el ritmo estadounidense, y los inversores se entusiasmaron con el crecimiento de los mercados emergentes y el poder adquisitivo creciente de sus consumidores. Pero el milagro chino resultó estar muy apoyado en endeudamiento insostenible a través de los gobiernos locales y la banca en la sombra, que el Gobierno acabó teniendo que controlar. Hoy, más de 18 años después de su pico de 2007, la bolsa china sigue por debajo de aquellos niveles —un 19% por debajo entre 2007 y 2024, frente a un +409% estadounidense— pese a que la economía del país se ha más que quintuplicado en ese mismo periodo.

2025: ahora le toca a la IA estadounidense

Llegamos al ciclo actual, y aquí Schroders es honesto: casi todos los inversores son muy conscientes de su dinámica. Desde la crisis financiera, los beneficios empresariales estadounidenses se han disparado, impulsados por la financiación barata, los bajos costes y el dominio del sector tecnológico, mientras el resto del mundo lidiaba con la austeridad europea, la crisis inmobiliaria china o la deflación japonesa. Las rentabilidades estadounidenses han empequeñecido a las del resto del mundo, agravado por el giro de más del 50% del dólar respecto a su debilidad del ciclo anterior. Estados Unidos se ha convertido, a ojos de muchos, en "lo único que merece la pena tener".

Gráfico de líneas "International vs. US" indexado a Feb '08 = 100: la serie US alcanza +531% y la International +68% (eje hasta 700) Figura 2. El liderazgo tecnológico estadounidense impulsado por la IA parece obvio y permanente — Fuente: Schroders, S&P, MSCI, Bloomberg.

Los números del ciclo vigente son del mismo orden de magnitud que los relatos anteriores. Indexando a 100 en febrero de 2008, el mercado estadounidense acumula un +531% frente a un +68% del internacional. La pregunta —la que Schroders deja literalmente como un signo de interrogación rojo al final de su gráfico maestro— es si esta vez es distinto. Ya hay algunas señales de que el dominio estadounidense podría haber dado de sí: tras un año por detrás de sus pares internacionales, las acciones estadounidenses vuelven a quedarse atrás a comienzos de 2026. Puede ser un bache pasajero, donde la innovación y la inversión en IA devuelvan el protagonismo a la bolsa estadounidense. O puede ser el inicio de un nuevo ciclo de liderazgo global. Los optimistas hablan de las primeras entradas de un milagro de productividad impulsado por la tecnología; los escépticos señalan la aritmética de unas valoraciones elevadas y unas expectativas de crecimiento inalcanzables. La historia, dice Schroders, sugiere que ambos pueden tener razón, pero en horizontes distintos.

La lección: el inversor persigue el retrovisor

Aquí está el corazón del documento. El problema, escriben los autores, es que el inversor persigue lo que ya ha pasado: se amontona en los activos basándose en una rentabilidad pasada brillante justo cuando los riesgos son mayores. Los ciclos suelen alcanzar su techo con una sensación de inevitabilidad, y a medida que la subida se acelera, hasta los inversores cautos empiezan a perseguir el alza —a menudo apalancándose o usando estructuras novedosas— mientras abandonan la diversificación y la gestión básica del riesgo.

Gráfico maestro "Decoding Markets" con cuatro curvas de comportamiento relativo superpuestas (Japan vs. US, Nov '62 – Apr '98; US vs. Intl, Nov '88 – Oct '07; China vs. US, Jan '01 – Aug '24; US vs. Intl, Feb '08 – Jan '26) y un signo de interrogación rojo al final, todas indexadas a 100 al inicio de cada serie Figura 3. De verdad es cierto: la rentabilidad pasada no garantiza resultados futuros — Fuente: Schroders, Bloomberg, MSCI.

El gráfico que cierra el documento superpone los cuatro grandes ciclos —el ascenso japonés, el dominio estadounidense del dot.com, la era china y el liderazgo estadounidense actual— y la forma de todas las curvas es inquietantemente parecida: una subida que parece interminable, un techo lleno de convicción y una larga travesía por el desierto. Cada época de dominio secular fue seguida por caídas pronunciadas y años, a veces décadas, de comportamiento inferior. Lo que se sentía como un "nuevo paradigma" revolucionario acababa revelándose como un ciclo de mercado más, con independencia de la fortaleza de las empresas o del grado de disrupción. Estos auges recompensaron generosamente a los pioneros y aplastaron a los rezagados que entraron arriba del todo.

La conclusión de Schroders es deliberadamente prudente: cuando un tema se vuelve "tan obvio", conviene detenerse a considerar los riesgos que el mercado quizá no esté valorando. En lugar de esperar a que aparezcan las grietas, el inversor proactivo puede plantearse pivotar ahora, explorar la diversificación más allá de los favoritos del consenso para construir resiliencia ante lo que venga después. Es importante subrayar, como hacen los propios autores, que la diversificación no asegura beneficios ni protege contra la pérdida del capital.

Vale la pena quedarse con esa última idea, porque va más allá del documento. La historia que cuenta Schroders no es un pronóstico sobre la IA ni una llamada a vender Estados Unidos; es un recordatorio sobre cómo funciona la convicción colectiva. Cada generación cree haber encontrado la excepción a la regla —el activo, el país o la tecnología que esta vez sí escapa al ciclo— y precisamente esa certeza es la señal que más conviene mirar con escepticismo. No porque el relato sea falso, sino porque su parte fácil suele estar ya en el precio cuando a todos nos parece evidente.