Cada cierto tiempo cae sobre mi mesa el Equity Lens de Schroders, esa recopilación trimestral de gráficos sobre la renta variable global que tanto me gusta porque no opina demasiado: pone los datos delante y te deja pensar. El número de mayo de 2026 (con datos a 30 de abril) llega con un titular que, de hecho, podría firmar cualquiera que lleve quince años acompañando a familias en sus inversiones: las bolsas suben, y aun así las valoraciones están más baratas que a principios de año. ¿Cómo puede ser? Pues porque el motor no ha sido el optimismo, sino los beneficios. Y eso, créeme, es una noticia mucho mejor de lo que parece.
Vale la pena detenerse en esa distinción, porque es la columna vertebral de todo el documento. Cuando un mercado sube porque la gente paga cada vez más por el mismo euro de beneficio, está subiendo sobre arena: tarde o temprano el múltiplo se contrae y la corrección llega. Pero cuando un mercado sube porque las empresas ganan más dinero, la subida descansa sobre roca. La diferencia entre una cosa y otra es la diferencia entre una burbuja y un ciclo sano. Así pues, conviene mirar el descompose con calma.
Quién paga la subida: el descompose de 2026
El primer gráfico del informe es, para mí, el más importante de todos. Descompone la rentabilidad total de cada gran región en sus piezas: dividendos (income), crecimiento de beneficios (earnings), cambio de valoración (valuations) y efecto divisa (FX). Y lo que se ve es elocuente.

Mira el patrón. En Estados Unidos, en el Reino Unido, en Europa, en Japón, la barra azul de los beneficios sube con fuerza mientras la barra verde de las valoraciones, en buena parte, resta o aporta poco. Es decir: el mercado ha rentado, pero a la vez se ha abaratado en términos de múltiplo porque los beneficios han corrido más que los precios. Los emergentes son el caso extremo y el más vistoso, con una rentabilidad total que se acerca al 15% empujada por unos beneficios que se disparan por encima del 30%. Desgraciadamente, casi nadie celebra este tipo de subidas con la misma alegría que las que vienen del puro entusiasmo (las que acaban mal), y sin embargo son las que un inversor de largo plazo debería querer.
¿Por qué esto importa para tu dinero? Porque te dice de qué madera está hecha la subida que llevas en cartera. Una revalorización sostenida por beneficios es, por definición, más resistente. No te garantiza nada (las rentabilidades pasadas no garantizan las futuras, y esto lo repetiré las veces que haga falta), pero cambia la calidad del riesgo que estás asumiendo. Y la calidad del riesgo es, al final, casi todo.
El propio Schroders subraya que esta historia no es de este año: en la última década, el grueso de la rentabilidad de la renta variable mundial ha venido también de los beneficios, no de la expansión de múltiplos. Es un recordatorio sano. La bolsa, a largo plazo, no es una máquina de inflar expectativas; es un reflejo (con mucho ruido por el camino) de la capacidad de las empresas para ganar dinero.
El elefante en la habitación: la concentración
Ahora bien, sería irresponsable quedarse solo con la cara amable. El informe dedica mucho espacio a un fenómeno que llevo tiempo señalando en las cartas a clientes: la concentración. Y aquí hay un dato que me parece verdaderamente relevante, porque rompe un tópico. Taiwán acaba de adelantar a China como el mayor mercado dentro del índice MSCI de emergentes. Corea, además, sube como la espuma.

Hasta aquí, una curiosidad geográfica. El problema viene cuando levantas el capó. TSMC, el fabricante taiwanés de semiconductores, pesa por sí solo un 57% del MSCI Taiwan. En Corea, Samsung (32%) y SK Hynix (22%) suman un 54% del índice. Es decir: si crees que estás comprando "emergentes" diversificados, en realidad estás comprando, en buena medida, una apuesta concentradísima por un puñado de fabricantes de chips, todos ellos correlacionados con la misma cosa: el ciclo de inversión en inteligencia artificial. ¿Tiene sentido llamar a eso diversificación? Yo creo que no del todo.
Y el fenómeno no es exclusivo de los emergentes. En Estados Unidos, el peso de las diez mayores empresas del S&P 500 ha escalado hasta rondar el 38-39%, un nivel que el informe pone en perspectiva histórica desde 1980.

Repara en el detalle: durante cuarenta años, el peso de las diez mayores osciló entre el 17% y el 25%, e incluso en lo más alto de la burbuja puntocom (con todo lo que aquello acabó costando) no llegó a estos niveles. Hoy estamos por encima del 38%. No digo que esto sea necesariamente una burbuja (no lo sé, y quien lo afirme con seguridad miente o se engaña), pero sí digo que el índice que muchos consideran la inversión "segura" y "pasiva" por excelencia es hoy una apuesta tremendamente direccional.
Schroders lo ilustra con un gráfico que da que pensar: siete compañías estadounidenses pesan en el MSCI ACWI mundial casi lo mismo que los siete mayores países que las siguen, juntos.

Nvidia, Alphabet, Apple, Microsoft, Amazon, Meta y Tesla a un lado de la balanza; Japón, Reino Unido, Canadá, Taiwán, China, Corea y Francia al otro. Y la balanza está equilibrada. Piénsalo un momento: siete consejos de administración pesan tanto como las economías cotizadas de siete naciones enteras. Es una fotografía del mundo que merece atención, sobretodo si tu cartera replica índices globales sin que tú lo sepas del todo.
El antídoto que propone el informe: value como cobertura
Aquí es donde el documento de mayo se pone, a mi juicio, especialmente interesante, porque no se limita a describir el problema: sugiere una idea para gestionarlo. La tesis de Schroders es que el value (las acciones baratas, las de toda la vida) puede funcionar como cobertura frente al riesgo concentrado de la IA sin renunciar a estar invertido en bolsa.

El gráfico de la izquierda muestra la correlación móvil a 24 meses entre el value puro del S&P 500 y el índice de semiconductores (que Schroders usa como aproximación a las acciones de IA). Una correlación que baila mucho, entre valores negativos y cifras cercanas a 0,9, pero que en conjunto es baja. El de la derecha es el que de verdad engancha: en los trimestres en los que los semiconductores caen, el value se queda plano (0%) frente al -12% de los semis; y cuando los semiconductores se desploman más de un 5%, el value apenas cede un -1% frente a un -15%. Dicho de otro modo: cuando la apuesta de IA sufre, el value aguanta. No es magia, es descorrelación. Y la descorrelación, en una cartera, es oro (del bueno).
Ahora bien, el informe añade una advertencia honesta que me parece de agradecer, porque desarma la solución fácil. No vale cualquier "value". Buena parte de los índices pasivos de value están plagados, paradójicamente, de nombres tecnológicos y de la propia Magnificent-7. Si compras un ETF de "value" sin mirar qué hay dentro, puedes acabar con la misma exposición que intentabas cubrir. Es el clásico "compra a ciegas y reza", que en BISSAN no practicamos: lo que importa no es la etiqueta del producto, sino lo que realmente llevas dentro.
Caras y baratas a la vez: el mapa de valoraciones
¿Y de precios, cómo andamos? El informe es claro: en conjunto, los mercados están caros. Pero esa frase, dicha así, esconde matices importantes que conviene desgranar.

Estados Unidos es el farol rojo del semáforo: un CAPE (el PER ajustado por ciclo de Shiller) de 38, un 53% por encima de su mediana de veinte años; un precio sobre valor contable de 5,7, nada menos que un 95% por encima. Caro por donde lo mires. Pero baja la vista a los emergentes, al Reino Unido, a Europa: ahí los PER a doce meses vista son mucho más razonables. El forward P/E de los emergentes está en 12, apenas un 2% por encima de su mediana histórica (en naranja, terreno neutral). Europa, en 15, un 12% por encima. No es ganga absoluta, pero está a años luz del estiramiento estadounidense.
Esta brecha entre Estados Unidos y el resto del mundo no es de ahora, y Schroders lo documenta con una serie larga del CAPE.

La línea azul (Estados Unidos) y la verde (resto del mundo) se separan de forma persistente desde 2017, y hoy el hueco sigue siendo enorme: un CAPE cercano a 38 frente a uno alrededor de 20. ¿Significa esto que el resto del mundo va a batir a Estados Unidos a partir de mañana? No necesariamente, y aquí toca humildad. Esta brecha lleva años abierta y los que apostaron por su cierre se han comido un disgusto detrás de otro. El mercado estadounidense ha estado "caro" durante mucho tiempo y ha seguido subiendo, porque sus beneficios han acompañado. Sería un error de novato confundir "caro" con "a punto de caer". Dicho esto, una valoración de partida más baja sí tiende a asociarse, históricamente, con rentabilidades esperadas más altas a largo plazo. No es una ley física, pero es una tendencia que un inversor prudente no debería ignorar.
Beneficios fuera de Estados Unidos: menos espectáculo, parecido fondo
Una de las ideas que más me ha hecho pensar del informe es esta: durante la última década, el crecimiento de beneficios europeo ha ido prácticamente en línea con el de Estados Unidos si excluyes a la Magnificent-7.

Las dos líneas de abajo (Europa y Estados Unidos sin las siete magníficas) caminan casi solapadas, subiendo de 100 a algo más de 200 en diez años. La que se va al cielo, hasta superar 540, es la de la Magnificent-7. Es decir: la famosa "superioridad" de los beneficios estadounidenses sobre los europeos es, en gran parte, la historia de siete empresas. El resto del tejido corporativo americano ha crecido a un ritmo muy parecido al europeo. Esto no quita mérito a esas siete (han hecho cosas extraordinarias), pero sí relativiza el relato de que "Europa no sabe generar beneficios". Sabe; lo que no tiene es una Nvidia.
Y dentro de la propia Magnificent-7 las cosas tampoco son homogéneas. El informe muestra que la dispersión de rentabilidades entre estos siete valores es alta.

En lo que va de año, Alphabet sube un 23% y Amazon un 15%, mientras Tesla y Microsoft caen un 15% cada uno. El propio S&P 500 queda en un +6% y Apple, plano en cero. Así pues, ni siquiera dentro del club selecto hay un movimiento único: hay ganadores y perdedores. Para el inversor que las compra a todas en bloque vía índice, esto significa que el destino de su cartera depende, cada vez más, de cómo le vaya a un grupito muy pequeño de nombres con suertes muy distintas.
El Reino Unido, capital mundial de la recompra
Permíteme una nota más fundamental antes de bajar al terreno del comportamiento, porque me ha sorprendido. Schroders titula uno de sus gráficos diciendo que el Reino Unido se ha convertido en "la capital de la recompra de acciones del mundo".

La proporción de grandes compañías británicas que han recomprado al menos un 1% de sus acciones en los últimos doce meses ha escalado hasta cerca del 58%, por encima incluso del 44% estadounidense. ¿Por qué nos importa esto? Porque una empresa que recompra acciones de forma sostenida está devolviendo capital al accionista y concentrando los beneficios futuros en menos títulos. Es, con frecuencia, señal de equipos directivos disciplinados y de valoraciones razonables (recompras barato, no caro, si haces bien tu trabajo). En un mercado británico que el propio informe sitúa entre los más baratos del mundo, este dato refuerza una idea que defendemos desde hace tiempo: hay vida (y valor) más allá del relato dominante de la tecnología estadounidense.
Y ahora, lo que de verdad mueve tu patrimonio: el comportamiento
Llegamos a la parte del informe que, francamente, me gustaría que se enmarcase y se colgase en la pared de cada inversor. Schroders dedica una sección entera a recordar algo que en BISSAN repetimos hasta la saciedad: el factor más importante a la hora de invertir no es elegir la acción ganadora ni acertar el momento, es el comportamiento del propio inversor. Y lo demuestra con datos que no admiten demasiada discusión.
Empecemos por aceptar la realidad tal cual es. Las caídas de mercado no son una anomalía: son el peaje normal de estar invertido.

En los últimos 54 años, el mercado mundial ha sufrido una caída de al menos el 10% en algún momento del año en 31 de esos 54 años (más años que no), y una caída del 20% o más en 13 de ellos, aproximadamente una vez cada cuatro años. La barra de 2008 baja casi hasta el -50%, por si alguien necesitaba recordar lo que es una de verdad. ¿Conclusión? Que las correcciones son inevitables. No son el cisne negro; son el cisne de todos los días. El inversor que pretenda evitarlas está persiguiendo algo que no existe.
Asumido esto, viene la pregunta del millón: ¿y si fuese listo y me saliera cuando las cosas se ponen feas, para volver a entrar cuando escampe? El informe responde con el gráfico más demoledor de todo el documento.

Cien dólares invertidos en bolsa en 1990 y dejados quietos se convirtieron en 3.941 dólares, un 10,4% anual. Esos mismos cien dólares, pero pasándose a liquidez cada vez que el VIX (el "índice del miedo") superaba el 33 (su 5% más alto histórico), se quedaron en 1.487 dólares, un 7,5% anual. ¿Y si te asustabas con más frecuencia, saliendo cada vez que el VIX estaba por encima de su media? Pues 825 dólares, un mísero 5,8% anual. Lee bien esas cifras: vender cuando el mercado da miedo no te protege, te empobrece. Y te empobrece a lo bestia, porque sales abajo y vuelves arriba, justo lo contrario de lo que habría que hacer. Es el expolio que el inversor se inflige a sí mismo, sin necesidad de que ningún gobierno se lo imponga.
Hay quien dirá: "ya, pero la liquidez es segura y la bolsa no". Aquí el informe le da la vuelta a la tortilla con una idea que es la piedra angular de toda nuestra filosofía: a largo plazo, para batir a la inflación, las acciones han sido menos arriesgadas que el dinero en efectivo.

Desde 1926, en horizontes de un mes, las acciones han batido a la inflación el 60% de las veces y el efectivo, el 60% también: a corto plazo, lotería. Pero alarga el plazo y mira lo que pasa. A veinte años, las acciones han batido a la inflación el 100% de las veces; el efectivo, solo el 64%. Es más: a cinco años el efectivo solo gana a la inflación un 53% de las veces, prácticamente una moneda al aire. Esto es, para mí, la gran tesis que la industria de la banca privada desgraciadamente entiende al revés: confundir volatilidad con riesgo. La volatilidad es el vaivén del precio; el riesgo es la probabilidad de no llegar a tu objetivo, de que tu patrimonio pierda poder adquisitivo de forma permanente. Para una familia con horizonte largo, el activo verdaderamente arriesgado no es la bolsa. Es la liquidez que se la come, calladamente, la inflación. Año tras año.
Mi lectura, con sus matices
¿Qué me llevo, entonces, de este Equity Lens de mayo? Tres ideas, y las matizo con honestidad porque ninguna es una certeza.
La primera: la subida de la renta variable global descansa sobre beneficios, no sobre euforia, y eso la hace más sólida de lo que el alarmismo habitual sugiere. Mi grado de confianza aquí es alto (digamos un 75%), porque el dato de descomposición es difícil de discutir. Pero ojo, los beneficios futuros son una previsión, y las previsiones se incumplen.
La segunda: la concentración es un riesgo real y creciente, sobretodo en torno a la operativa de la inteligencia artificial, y afecta incluso a quien cree estar diversificado vía índices. Aquí mi convicción también es alta, porque los pesos son hechos, no opiniones. Lo que no sé (y nadie sabe) es cuándo ni cómo se resolverá esa concentración. Puede deshincharse con una corrección abrupta o puede justificarse con más beneficios. El tiempo dirá.
La tercera, y la más importante: el comportamiento del inversor pesa más que cualquier acierto de selección o de timing. De esta no tengo dudas, porque no es una predicción sobre el futuro, sino una constatación sobre la naturaleza humana y un siglo de datos. Vender por miedo destruye patrimonio; aguantar con un plan lo construye.
¿Y dónde me puedo equivocar? Pues podría suceder que esta vez la concentración no se resuelva por las malas, que las siete magníficas sigan justificando su peso con beneficios extraordinarios durante años, y que el inversor diversificado se sienta tonto por no haberlo apostado todo a la IA. Es posible. Sería un argumento sólido si los beneficios acompañan. Pero invertir no va de tener razón en el escenario más probable; va de no quedar arruinado en el escenario adverso. Y un patrimonio bien planificado, diversificado por estrategias y con un protocolo claro para los momentos de pánico, es justamente lo que te permite dormir tranquilo sin necesidad de adivinar el futuro.
Porque al final todo vuelve al mismo sitio. La geopolítica te da el contexto, los beneficios te dan la dirección y los mercados te dan, con su ruido habitual, el timing. Nosotros vigilamos las tres cosas, pero sabemos que la batalla de verdad no se libra en ninguna pantalla de cotizaciones, sino en la cabeza del inversor. ¿Se puede subir a un avión sin destino? ¿Se puede invertir sin un plan que te sostenga cuando el VIX se dispara? Yo creo que no.
Nota de cumplimiento: este artículo tiene carácter divulgativo y no constituye asesoramiento financiero ni una recomendación de compra o venta de ningún instrumento. Los datos y gráficos proceden del informe Schroders Equity Lens de mayo de 2026 (datos a 30 de abril de 2026, salvo donde se indique otra fecha), elaborado por Schroders con fuentes como LSEG Datastream, MSCI, S&P, CBOE, FactSet y Morningstar; BISSAN no ha verificado de forma independiente esos datos. Las rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras y pueden no repetirse. Cualquier decisión de inversión debe basarse en un análisis de idoneidad acorde con tu situación patrimonial. BISSAN es una EAF (Empresa de Asesoramiento Financiero) supervisada por la CNMV.
