Cada trimestre, el equipo de renta variable de Schroders publica el Equity Lens, una especie de chequeo de las bolsas mundiales: valoraciones, beneficios, composición de los índices, estilos y factores. No es una pieza de opinión ni una lista de recomendaciones (de hecho, el propio documento insiste en que no lo es), sino un cuadro de mando con datos a 31 de mayo de 2026. Y precisamente por eso me parece un buen material para pararse a pensar. Cuando alguien pone los números encima de la mesa sin intentar venderte nada, uno puede leerlos con más calma.
La edición de junio de 2026 tiene una tesis central que aparece ya en la primera página del resumen, y que conviene subrayar porque es contraintuitiva: el argumento a favor de la renta variable, con las valoraciones en los niveles actuales tan altos, descansa con fuerza en los beneficios. Dicho de otro modo: sí, las bolsas están caras (sobretodo la americana), pero lo que ha movido los precios en 2026 no ha sido pagar múltiplos todavía más altos, sino que las empresas están ganando más dinero. Es una diferencia que parece técnica y que, sin embargo, lo cambia casi todo cuando piensas en tu patrimonio a diez o veinte años vista. Vayamos por partes.
Un mercado alcista, sí, pero en los beneficios
Empecemos por donde empieza Schroders. Hay un mercado alcista en marcha, pero no es (solo) el de los precios: es el de las estimaciones de beneficios. A lo largo de 2026, el consenso de analistas ha ido revisando al alza el crecimiento esperado de los beneficios en la mayoría de regiones. Y hay una que está, literalmente, ardiendo.

Los emergentes lideran con un crecimiento de beneficios previsto cercano al 55% para 2026 y otro 20% para 2027. No es un dato menor: hablamos de una región que durante más de una década fue la eterna promesa que nunca acababa de cumplir. El motor, como veremos, es la tecnología asiática. Estados Unidos, Reino Unido, Europa y Japón se mueven en un rango mucho más contenido, entre el 23% de Estados Unidos y el 9% de un Japón que queda como el más rezagado, para 2026. Aquí, una primera cautela honesta: son previsiones, y las previsiones de beneficios son notoriamente optimistas y volátiles. El propio Schroders lo advierte en cada página («las previsiones no están garantizadas»). Pero lo interesante no es el nivel exacto, sino la dirección: las líneas suben, no bajan. Cuando los analistas revisan al alza mes tras mes, suele haber algo real detrás.
¿Y por qué digo que esto lo cambia casi todo? Porque cuando descomponemos de dónde ha salido la rentabilidad de las bolsas en 2026, el veredicto es nítido.

Fíjate en la barra de los emergentes. La rentabilidad total ha sido del 26% en dólares hasta finales de mayo, una barbaridad para cinco meses. Pero los beneficios han aportado casi 48 puntos porcentuales, mientras que la valoración ha restado unos quince. Es decir: el mercado ha subido con fuerza y, aun así, se ha abaratado por múltiplos, porque los beneficios han corrido todavía más deprisa que los precios. Ocurre algo parecido en Estados Unidos, donde los beneficios explican prácticamente toda la subida y la valoración incluso resta un poco. Este es el tipo de subida que a un inversor de largo plazo le gusta ver. No toda subida es igual de sana: no es lo mismo ganar un 10% porque las empresas ganan más que ganarlo porque el mercado está dispuesto a pagar múltiplos cada vez más disparatados. Lo primero tiene suelo; lo segundo es aire.
Dentro de este cuadro, hay un sector que va en el asiento del conductor. La tecnología (que Schroders etiqueta como IT) pesa alrededor del 40% tanto del MSCI USA como del MSCI de emergentes, y es el sector con el crecimiento de beneficios más alto y que más se revisa al alza. Su comportamiento en bolsa ha sido espectacular, aunque con una historia de dos actos.

Aquí el matiz es delicioso para quien se fija en los detalles. La tecnología acumula un 31-32% en el año, pero el grueso de esa subida se ha concentrado en apenas dos meses: entre abril y mayo, el sector se disparó un 41% tras un primer trimestre flojo. Es decir, quien se hubiera asustado en el mal comienzo de año y hubiera vendido, se habría perdido justo el rebote. Volveré sobre esto al final, porque es la lección más importante de todo el documento y no tiene nada que ver con la tecnología. La energía, por su parte, hizo un buen año (24%) pero se giró a la baja en los dos últimos meses, y la sanidad —tan castigada— cierra la tabla en negativo. Así pues, debajo del titular «las bolsas suben» hay una rotación sectorial de manual que se paga cara cuando uno intenta adivinarla.
Ahora bien: las valoraciones están altas. Muy altas
Sería irresponsable quedarse solo con la parte buena. Que la subida la expliquen los beneficios no significa que las bolsas estén baratas. No lo están. Y Schroders no lo esconde: dedica su sección de fundamentales a recordarnos que el punto de partida es exigente.

La tabla es una marea roja, sobretodo en la fila de Estados Unidos. El CAPE (el precio/beneficio ajustado por el ciclo, la métrica de Shiller que suaviza los altibajos de una década) está en 40, un 59% por encima de su mediana de veinte años. El precio sobre valor contable está en 5,9, un 101% por encima: se ha duplicado respecto a su norma histórica. Son cifras que, personalmente, me hacen apretar los dientes. La única casilla que respira algo de aire es el P/E adelantado (el que descuenta los beneficios esperados de los próximos doce meses) de los emergentes y del Reino Unido, ambos en 12 y apenas un 3% por encima de su mediana. ¿Y por qué respiran? Precisamente por lo que hemos visto antes: porque el denominador —los beneficios esperados— está subiendo tan rápido que abarata el múltiplo. Es la misma historia contada del revés.
Conviene entender qué mide y qué no mide cada cosa. El P/E adelantado te dice si algo está caro si se cumplen las previsiones. El CAPE te dice si está caro comparado con una década entera de beneficios reales ya cobrados. Cuando las dos métricas divergen tanto (barato por delante, carísimo por detrás), lo que están diciendo es que el mercado se ha creído una historia de crecimiento muy potente. A veces esas historias se cumplen. A veces no. La brecha más llamativa, en todo caso, es geográfica.

Hace quince años, Estados Unidos y el resto del mundo cotizaban a un CAPE parecido, alrededor de 18-20. Hoy, el americano roza 40 y el del resto del mundo apenas ha pasado de 21. La bolsa estadounidense se ha vuelto estructuralmente el doble de cara que las demás. Ahora bien —y aquí toca hacer una concesión honesta a quien defienda a Estados Unidos—, esa prima no es un capricho: las empresas americanas ganan más, crecen más y tienen márgenes más altos y más estables. La pregunta no es si merecen una prima (la merecen), sino si merecen esta prima. El tiempo dirá. Lo que sí puedo afirmar sin arrogancia ninguna es que comprar caro reduce las rentabilidades futuras esperadas. No garantiza una caída mañana —las cosas caras pueden ponerse más caras durante años—, pero sí rebaja lo que uno puede esperar ganar a una década vista. Es aritmética, no adivinación.
El elefante en la habitación: la concentración
Si tuviera que quedarme con un solo riesgo de todo el Equity Lens, no sería la valoración. Sería la concentración. Y me refiero a las dos concentraciones: la de dentro de los mercados emergentes y la del índice global.

Este gráfico cuenta una de las historias más importantes del año, y casi nadie habla de ella (lo digo con prudencia: no que yo la vea y otros no, sino que queda tapada por el ruido diario de Wall Street). China ha pasado de pesar un 37% del índice de emergentes a apenas un 22%, mientras Taiwán y Corea la han adelantado empujadas por sus gigantes del chip. Suena bien: los ganadores de la revolución de la IA suben y arrastran a sus mercados. El problema está en el panel de la derecha. TSMC, por sí sola, pesa un 55% del MSCI Taiwan. En Corea, Samsung (34%) y SK Hynix (29%) suman casi dos tercios del índice. ¿De verdad estás «diversificando» en Taiwán si el 55% de tu dinero está en una sola compañía? No. Estás comprando TSMC con una etiqueta de país. Son mercados extraordinariamente concentrados y, por tanto, extremadamente sensibles a un cambio de humor. Un tropiezo de la cadena de suministro de semiconductores, una tensión geopolítica en el estrecho, un ciclo de la memoria que se gira... y el índice entero se resiente. La concentración es maravillosa a la subida y despiadada a la bajada.
Pero no señalemos a Asia sin mirarnos al espejo. La concentración es un fenómeno global, y el epicentro está en Estados Unidos.

Piénsalo un momento. Siete empresas americanas —las llamadas «Siete Magníficas»— pesan lo mismo, dentro del índice mundial, que los siguientes siete países enteros juntos: Japón, Taiwán, Reino Unido, Canadá, Corea, China y Francia. Siete compañías igualan a siete naciones. Cuando compras un fondo indexado global pensando que estás repartiendo el riesgo por todo el planeta, buena parte de tu dinero acaba, en realidad, en un puñado de valores tecnológicos de California y Seattle. No es necesariamente malo (han sido negocios excepcionales), pero conviene saberlo. La diversificación de un índice ponderado por capitalización es, hoy, mucho menor de lo que parece.
Ahora bien, hay una noticia tranquilizadora dentro de este cuadro, y es que no todas las Magníficas van a una. La dispersión entre ellas es alta: en lo que va de año, Alphabet sube un 22% mientras Microsoft cae un 6%, con Amazon, Apple y Nvidia en positivo y Tesla y Meta en negativo. Ya no se mueven en bloque como en 2023. Eso, para quien selecciona valores con criterio (y no se limita a comprar el índice a ciegas), es más una oportunidad que una amenaza. Y hay un matiz que me parece de justicia recordar: el «milagro» de los beneficios estadounidenses es, en gran medida, un milagro de las Magníficas. Si las separamos del resto, los beneficios del Estados Unidos ex-Mag7 han crecido en la última década prácticamente en línea con los de Europa. La foto del excepcionalismo americano se difumina bastante cuando quitas siete nombres.
La IA: mucho capex y una pregunta incómoda sobre el retorno
El pack de junio incluye un anexo del equipo global de Schroders sobre los fundamentales de las grandes tecnológicas, y en concreto sobre su inversión (el famoso capex). Aquí los números son de vértigo.

Lo que muestra el gráfico es cuánto ha subido, en los últimos dos años, la estimación de lo que estas empresas van a invertir en 2026. Y ha subido a lo bestia: la previsión de capex de Alphabet para 2026 es hoy un 265% más alta que hace veinticuatro meses. Meta, un 210%. Amazon, un 195%. Microsoft, un 155%. Y lo importante es que la revisión no se ha frenado: incluso en los últimos seis meses las estimaciones siguen creciendo. Los hiperescaladores están volcando cantidades ingentes de dinero en centros de datos y chips para la IA.
Esto plantea la pregunta del billón de dólares (nunca mejor dicho): ¿va a haber retorno para tanta inversión? Schroders reconoce con honestidad que persisten las dudas sobre el ROI, y a la vez señala que hay tasas de crecimiento de ingresos verdaderamente impresionantes llegando por el lado de la nube. La verdad es que no lo sé, y desconfío de quien diga saberlo con certeza. Hay un escenario en el que esta inversión construye la infraestructura de la próxima década de productividad. Y hay otro, que sería irresponsable ignorar, en el que buena parte de este capex resulta ser una carrera armamentística que destruye valor, como ocurrió con la fibra óptica a finales de los noventa. Lo que sí sabemos es que estas empresas están sacrificando hoy una parte de su flujo de caja libre para financiar esa apuesta. No todas: Apple, por ejemplo, se ha mantenido notablemente al margen del ciclo inversor en IA y preserva su generación de caja. Distintas casas, distintas apuestas.
El «value» como cobertura frente al riesgo de la IA
Y aquí llega, para mí, la idea más elegante de todo el documento. Si uno cree en la renta variable a largo plazo pero le inquieta la posibilidad de que la apuesta de la IA se tuerza (un riesgo real, no una paranoia), ¿cómo se protege sin salirse de la bolsa? La respuesta de Schroders es tan sencilla como profunda: el value.

Usando los semiconductores como aproximación de «las acciones de IA», el análisis muestra dos cosas. Primero, que la correlación entre el value y los semis es baja e inestable (ha bajado hasta 0,1 en la última lectura): se mueven a ritmos distintos. Y segundo, lo más valioso: en los trimestres en que los semiconductores caen, el value aguanta prácticamente plano (0%), y cuando los chips se desploman más de un 5%, el value apenas cede un 1% frente al -15% de los semiconductores. Es decir, el value ofrece una cobertura frente al riesgo tecnológico sin obligarte a sentarte en liquidez y renunciar a la rentabilidad de la bolsa. Es exactamente el tipo de razonamiento que en BISSAN nos gusta: no se trata de estar dentro o fuera, sino de construir la cartera con piezas que no sufran todas a la vez.
Ahora bien, Schroders añade una advertencia que aplaudo, porque desmonta una trampa habitual: cuidado con creer que cualquier fondo «value» pasivo te protege. Muchos de esos índices de valor están llenos de Magníficas y de otros nombres tecnológicos por la puerta de atrás. Comprar la etiqueta no basta; hay que mirar qué hay dentro. Y esto conecta con una tendencia de fondo que el documento documenta bien.

El value lleva tiempo batiendo al growth fuera de Estados Unidos: acumula más de un 230% de ventaja en el mundo desarrollado ex-EE.UU. y un 130% en emergentes desde el año 2000. Dentro de Estados Unidos, en cambio, ha ocurrido justo lo contrario, y de forma dramática: el value acumula un -320% frente al growth. Toda la leyenda de «el value ha muerto» es, en realidad, una leyenda americana. En el resto del mundo el value ni ha muerto ni lo parece. ¿Tiene sentido, entonces, dar por enterrado un estilo de inversión basándose únicamente en lo que ha pasado en un solo país (por muy grande que sea)? A mí me parece que no.
Ya que hablamos de estilos, un apunte para quien siga los factores de inversión con atención. En lo que va de año, el factor momentum es el que mejor se comporta a escala global (un 12,4% en el año y casi un 21% en los últimos doce meses en carteras largo-corto), por delante del value (un 10% a un año). No son cifras que uno deba perseguir sin más —los factores rotan y castigan al impaciente—, pero confirman que, por debajo de la superficie de un índice cada vez más concentrado, sigue habiendo dispersión y, con ella, oportunidad para quien invierte con método.
La parte que de verdad importa: la experiencia de largo plazo
Schroders cierra su pack con una sección que, siendo la menos «noticiosa», es la que más releo. Porque son los gráficos que cualquier inversor debería tener pegados en la nevera. Y desgraciadamente son los que menos se miran, justo cuando más falta hacen.

Desde 1926, la renta variable estadounidense ha rentado un 7,6% anual por encima de la inflación. Los bonos, bastante menos. Y la liquidez —el dinero «seguro» debajo del colchón o en la cuenta corriente— apenas un 0,4%, y en las últimas dos décadas incluso ha perdido poder adquisitivo (-0,9% a veinte años, -1,1% a diez). Aquí está, en un solo gráfico, la gran tesis que defendemos en BISSAN desde hace años: para una familia con horizonte largo, el verdadero riesgo no es la volatilidad de la bolsa, sino la erosión silenciosa de la inflación sobre el dinero «prudente». El expolio, que diría yo. La liquidez se siente segura porque no se mueve; pero no moverse, cuando los precios suben cada año, es la forma más discreta de empobrecerse.
«Ya, Xavi, pero la bolsa da muchos sustos». Cierto. Y el propio Schroders lo cuantifica sin edulcorarlo: en un año cualquiera, de media, el mercado global sufre en algún momento una caída del 15% y también protagoniza una subida del 23%. Las caídas del 10% ocurren más años que no, y las del 20%, aproximadamente una de cada cuatro años. Los sustos no son la excepción: son el peaje. Y sin embargo, aquí viene el gráfico que resume todo lo que llevamos dicho.

Este es el gráfico que enmarcaría. Cien dólares invertidos en bolsa en 1990 y mantenidos sin tocar se convierten en 3.941 dólares (un 10,4% anual). Pero si cada vez que el miedo se disparaba —cuando el VIX, el «índice del pánico», tocaba su 5% de lecturas más altas— nos hubiéramos pasado a la liquidez «para estar tranquilos», el resultado se habría quedado en 1.487 dólares. Y si nos hubiéramos refugiado en efectivo simplemente cada vez que el VIX estaba por encima de su media, apenas 825 dólares. Casi cinco veces menos por el pecado de intentar esquivar las tormentas. Vender cuando sube la volatilidad —que es justo lo que el cuerpo te pide— ha sido, históricamente, uno de los actos más caros que puede cometer un inversor.
¿Por qué traigo esto a colación después de tanto gráfico sobre valoraciones y semiconductores? Porque conecta con la tecnología del principio. ¿Recuerdas que el sector tecnológico se disparó un 41% en abril y mayo tras un primer trimestre flojo? Pues bien, ese primer trimestre flojo fue exactamente el momento en el que el inversor asustado habría vendido. Y se habría perdido el rebote. El comportamiento del inversor —ni el stock picking, ni el timing, ni la última idea brillante— es el factor que más determina el resultado final. Lo he escrito muchas veces y lo seguiré escribiendo: el mercado transfiere el dinero del impaciente al paciente.
Qué me llevo yo de todo esto
Si intento ordenar la lectura del Equity Lens de junio en pocas ideas para una familia que confía su patrimonio a largo plazo, me quedo con lo siguiente.
Primero: las bolsas están caras, y eso es un hecho, no una opinión (Estados Unidos, sobretodo). Comprar caro no obliga a que el mercado caiga mañana, pero sí rebaja las rentabilidades que uno puede esperar de aquí a una década. Conviene interiorizarlo y moderar las expectativas, sin dramatismos.
Segundo: dentro de esa carestía, hay una diferencia enorme entre pagar por beneficios que crecen y pagar por ilusiones. En 2026, al menos, la subida la han sostenido los beneficios. Eso es más sano de lo que suele reconocerse, aunque no elimine el riesgo de que las previsiones —tan optimistas— acaben decepcionando.
Tercero, y para mí lo más accionable: la concentración es el riesgo del que menos se habla y el que más vigilo. Un índice global «diversificado» esconde hoy una apuesta gigantesca por siete compañías. No se trata de huir de ellas (han sido negocios magníficos), sino de ser consciente de la apuesta y de equilibrarla con piezas que no dependan del mismo guion: value fuera de Estados Unidos, mercados y estilos menos de moda, exposición geográfica real y no solo nominal. La diversificación de verdad no es tener muchas cosas; es tener cosas que no sufran a la vez.
Y cuarto: nada de lo anterior sirve de mucho sin la pieza que Schroders coloca, con buen criterio, al final de su documento. El comportamiento. De poco vale acertar con la valoración o con el estilo si a la primera caída del 15% —que llegará, porque llega casi todos los años— uno se rinde y se refugia en una liquidez que la inflación se come sin prisa pero sin pausa. En BISSAN dedicamos buena parte de nuestro trabajo, precisamente, a construir el plan y la estructura que permiten a una familia no perder la paciencia en el peor momento. Porque la geopolítica y las valoraciones te dan la dirección; los mercados te dan el timing; pero es el comportamiento el que, al final, te da el resultado.
El Equity Lens no dice qué comprar ni cuándo. Es, simplemente, un buen mapa. Y un mapa honesto vale mucho más que un vendedor con prisa. Veremos por dónde acaba.
Este artículo comenta un informe de terceros (Schroders, «Equity Lens», junio de 2026, con datos a 31 de mayo de 2026) con fines exclusivamente informativos y de análisis editorial. No constituye una recomendación de inversión de BISSAN Wealth Management, EAF, ni una oferta o solicitud de compra o venta de instrumento financiero alguno. Las cifras, gráficos y previsiones proceden del documento original y se atribuyen a su fuente; las previsiones de beneficios no están garantizadas. Las rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras y pueden no repetirse. Cualquier decisión debe tomarse en el marco de una planificación adecuada al perfil y los objetivos de cada inversor.
